lunes, 18 de agosto de 2014

El olvido que seremos de Abad Faciolince Opinión o el reverso de La virgen de los sicarios

Lo más probable es que uno invente el padre que le hubiera gustado tener, para parecerse al hijo que le hubiera gustado ser. Abad Faciolince habla de su padre, y lucha desde la primera línea contra el olvido que seremos a fuerza de construir el recuerdo que quiere que tengamos de él. Por tanto, si has comprado (o robado) este libro pensando en leer una biografía o un relato de historia, mejor búscate otro libro. Tened claro que tenéis en la mano una novela, una recreación personal de la vida de su familia y que no tiene que corresponder necesariamente con la realidad.el olvido
Y dicho esto, y aunque pueda parecer contradictorio con lo anterior, El olvido que seremos rebosa realidad por todos los lados. Una realidad contada en primera persona, desde sus recuerdos y de una manera suelta y amena que ha logrado poner a este escritor en la nómina de mis favoritos americanos desde ya mismo.
Aunque no digo mucho en mi favor a Hector Abad ya lo conocía, topé con él hace unos años, por un cuento erótico en El Pais llamado Grito Ciego y que siempre retomo en mi cabeza durante el sexo silencioso. Me gustó tanto, que me compre dos libros (este y el de El amanecer de un marido) aunque a decir verdad no me los leí y los dejé dormir durante un tiempo en las baldas de mi biblioteca esperando que llegara un beso de príncipe azul (o un casquete de plebeyo verde) que los despertara.
Decía que Abad Faciolince es para mí todo un descubrimiento. Retoma esa virtud de los buenos cuentistas colombianos que logran llevarnos de la mano por historias de palabras dulces y contenido de guerra y que sin darnos cuenta nos sumergen en un universo distinto, el suyo, al otro lado del espejo. Y es que creo, que no es que los escritores colombianos postureen con un lenguaje tierno, sino que sencillamente es su idioma y que su lucha, al contrario, consiste en no resultar demasiado merengones para los lectores en español de este lado. Y esta lucha es lo mejor del libro: relatar la historia de su padre en Medellín sin caer en lo lacrimoso y al mismo tiempo dándole la fuerza de una historia interesante, con mucho de filosofía y el aderezo justo de melosidad.
El libro me lo recomendó el Sr Ro, médico pensante más que recetante, y buen conocedor de Colombia, diciéndome que era un libro indispensable. Y claro, es que el libro se degusta mejor cuando se reúnen esas tres características. Pensar, pensar mucho sobre la educación y la sociedad; ser médico como lo son el protagonista y el Sr Ro (más si se entiende la medicina desde lo social) y también implicándose en la Colombia de los ochenta (o antes).
Y llegamos al nudo del libro, la guerra civil en ese pais: Medellín, Antioquía, Colombia y el encontronazo de la violencia frente a la intelectualidad. No nos engañemos, ni el autor ni su padre son gente pobre que luchan contra los ricos (que es una manera de ver un conflicto social) más bien son el librepensamiento de casabien contra la intransigencia y el integrismo que habita tanto en una clase como en la otra. De esto, del Medellín de los ochenta, ya había hablado Fernando Vallejo en La virgen de los Sicarios de una manera descarnada y sencillamente magistral (ya hice reseña de La virgen de los Sicarios con mucho entusiasmo).
Esta novela es una forma de reverso de aquello. Cada uno vive la muerte y el país abierto en carne viva a su manera, distinta pero igual. Vallejo desde el Sicario, Abad desde el defensor de los derechos humanos; Vallejo desde la relación homosexual con el mal, Abad desde la familia de casa bien; Vallejo desde la diatriba, Abad desde el relato dulce con traje de biografía de su padre y del niño que fue y los dos, porque no decirlo, desde la elite social y económica de la ciudad. A mi es que me encantó La virgen de los sicarios, este también, bueno, un poco menos.
No voy a hacerme el entendido por haber estado un par de veces en Colombia, para ello ya están nuestros periodistas de trinchera que tertulean de Latinoamérica por haber estado una semana en un resort en Punta Cana, únicamente puedo decir que regresé con una imagen distinta, muy distinta a la que nos venden y sin duda para mejor, y por supuesto mucho mejor del momento que cuenta el libro.
Es cierto que yo fui de señorito y que estuve al final de la década pasada, cuando las cosas empezaban a ir por otro camino (…que aun queda  por recorrer). Los libros de Abad Faciolince y de Vallejo hablan son de la etapa de guerra civil y es una manera realista de conocer lo que fueron aquellos años. Ambos autores fueron amigos, luego se discutieron por prometerse no regresar a España mientras obligáramos visado (…y uno de ellos incumplirlo). Pero vamos que va de sí en los grandes latinoamericanos estirarse de los pelos. Vargas Llosa y García Marquez o Plinio Apuleyo Mendoza y Galeano… así que tampoco le echaremos cuenta. Leed El olvido que seremos y si no lo habéis hecho, leed también La virgen de los sicarios.
Bueno y si queréis volver a la prehistoria de este blog yo también escribí un cuento sobre Colombia a mi manera.

jueves, 14 de agosto de 2014

Pólvora negra de Montero Glez. Opinión tras una relectura sin sacarla

He acabado Polvora negra de Montero Glez, y al llegar justo al final, después de “Aprieta el calor en Madrid y de las cloacas sube un tufo tan intenso como para marear a un perro,” he vuelto a empezar por el principio. Así, sin sacarla, de una sola tirada, como la cerveza que enlaza trompas y retoma en un domingo de resaca la borrachera del día anterior. Y he vuelto a la primera página para, de golpe y a tirón llegar de nuevo hasta la 60 y luego otra y otra y mucho más hasta que me he tenido que parar para no leerlo otra vez entero.

Y es en esa relectura imprevista, cuando me he encontrado con otro Montero Glez: con el currante, con la costurera que hilvana detalles, con las frases hechas más a golpe de neurona que de cadera, con un argumento más de orfebre que de escritor testicular; como si me echara la culpa de haber sido por un momento un pasapáginas que hablara de él con esa condescendencia de describirlo solo desde lo rudo, lo característico y lo castizo de su verbo. Es que parece que muchos, al hablar de como escribe, dijéramos que lo que hace fuera sencillo, como si todo fuera el resultado automático de un atracón de güisqui añoso sin participación del trabajo minucioso y el talento previo…polvora-negra

Del día que conocí a Montero Glez ya hablé cuando me topé con Cuando la noche obliga ,luego me he leído Sed de champan con su memorable comienzo que no repito para no gastarlo, y desde entonces los voy dosificando como esas noches salvajes veraniegas sin madrugada ni acto de contrición que de vez en cuando dan argumentos a nuestros inviernos. (Recordar que a Montero Glez me lo tomé por prescripción del Dr NaN)

Pólvora negra bebe de la historia, pero se recrea en ese lenguaje propio de Montero Glez. Nace de aquel intento de magnicidio a Alfonso Trece, bisabuelo del actual Felipe uvepalito, cometido por un anarquista niñopijo de Sabadell de nombre Mateo Morral. Pero eso es solo el marco, porque sobre el lienzo, se va pintando con brocha fina y en ese lenguaje que abre en canal cuerpos dormidos y entrepiernas de ursulinas, un oleo de personajes encarnados en el Madrid más profundo de principio del siglo XX. Son la Chelo, el teniente Beltrán, el Cojo, que como el Charolito o Luisardo ya son históricos entre los seguidores de la prelatura personal de Glez, (Quienes, sea dicho de paso, andamos buscamos milagros ya para su beatificación literaria).

Es verdad que a Montero Glez se le da mejor en este libro describir la villanía que la nobleza, mejor las calles gusaneras y de lenocinio de Madrid  que los palacios y las chorreras (no por ello menos alcahuetas), pero al final todo está traducido al mismo idioma, a su idioma, quizá porque la hijoputez y los cuerpos encamados tanto da que sean de reyes que de villanos (En el recuerdo mi profe de político que nos decía aquello de ”a Isabel II la revolución le pilló en Sansebastian pero a la reina la pillaba cualquiera en cualquier parte”.

Ya os dije que a Montero Glez hay que leerlo despacio palabra a palabra, ahora además añado que está bien releerlo, porque el tapiz no tiene hilo suelto ni evento fuera de argumento. Cada personaje va y vuelve en su momento justo, y es normal que, arrastrado por la torrentera de palabras y metáforas abiertas, dejes escapar matices que descubres al regurgitar otra vez lo digerido, en una segunda lectura. 

Bueno pues, ya veis que estoy totalmente enganchado a este hombre (además leo por ahí que prefiere antes a Fernando Vallejo que a Bolaño lo que para mi, luchador contra el bolañismo, ya es lo más) Leeros este libro pero antes iniciaros. Yo empezaría por Sed de Champan o por Cuando la noche Obliga y seguiría por este. Ahora me estoy leyendo en paralelo (ya sabéis mi costumbre de leer varios libros a la vez) un libro de artículos de futbol de Montero Glez “El gol mas lindo del mundo” que también me está encantando. (Este requiere la premisa de ser futbolero advance para saber de quienes habla, con beginner no basta).

Lo dicho a disfrutar del verano.

sábado, 9 de agosto de 2014

Tras la tormenta, el cielo dibuja sombras y el rio baja marrón

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Tras la tormenta, el cielo dibuja sombras y el rio baja marrón. Las piedras reflejan  tonos cobrizos y acerados de un sol tardío que renace adelantada la tarde. Los críos quieren salir de casa para buscar caracoles y pisar los charcos provocando a los mayores que les contamos obviedades como que se van a mojar: “ya, es que es precisamente lo que quieren”. El campo respira con la humedad fresca y las canaleras siguen desaguando lluvias y desasosiegos de las casas sin septiembres.

De repente oigo gritar al pequeño “Mira mira papa ha salido el arcoiris, y se ve entero no como en Zaragoza”. Y me doy cuenta de que es cierto, y que en Zaragoza nos hemos acostumbrado a ver demasiadas cosas a trozos, muchas tapadas,  músicas con sordina y canciones sin letra para que todo se desenvuelva en nuestro habitual tono cansino como si a nadie le afectara nada de lo que pasa.

No sé porqué pero me viene a la cabeza aquella canción de La Bullonera que decía aquello de “aquí nunca pasa nada pero un día pasará”. Y me viene también que anoche mi sobrino me contó con una claridad que se le salía de las manos el porqué iban a montar un circulo de Podemos. “esencialmente para dar por culo a los que llevan treinta años mandando” que la verdad, como proyecto de futuro es una mierda, pero que como punto de partida no encuentro nada mejor. Renuncié a explicarle en todo lo que discrepaba para que se quedara en que, por lo menos, en algo coincidía y no me tildara de derechón de capital.

Y las nubes fueron jugando con el sol como un iluminador en el escenario que reparte al azar umbrías y solanas por aquí y por allá. Y se van haciendo brillantes los campos y apagadas las colinas y me recito de memoria y por lo bajinis los últimos versos del poema de Machado que tanto me gusta,  inspirado por esta lluvia de agosto disfrazada de abril.

      Lluvia y sol. Ya se oscurece
el campo, ya se ilumina;
allí un cerro desparece,
allá surge una colina.
      Ya son claros, ya sombríos
los dispersos caseríos,
los lejanos torreones.
      Hacia la sierra plomiza
van rodando en pelotones
nubes de guata y ceniza.

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jueves, 7 de agosto de 2014

Fotos tristes al atardecer.

 

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Se entibia el aire, se adormece el día y las campanas amuelan el silencio con su impertinencia de letanía. Va oscureciendo, y la tarde se esconde tras el muro mientras las sombras naranjas juegan con los gatos y las chamineras.

Al fondo Peña Forca que como regla mellada perfila un horizonte de estío. Murmulla el rio que baja suave como el mes de julio esquivando piedras y estiajes hacia la tierra llana. Me apoyo en la baranda y pongo el separador en el libro que ya desemboca en un final predicho y esperado.

Huele a cena y busco el mar en una querencia de tarde adolescente de verano, cuando como hoy, las dudas y el futuro me visitaban como un mendigo disfrazado de invierno que recitaba el poeta a su burro.

Llegan mis hijos saltando, preguntando que donde estaba y me resulta difícil explicárselo, no vaya a ser que un día no lejano, en un intento de emularme, quieran bajar ellos también a lo profundo y a lo oscuro. “Dice la yaya que si quieres dos guebos fritos o lo que ha sobrado del mediodía” “Casi mejor los guebos con un poco de jamón ¿y vosotros?” Nosotros lo mismo que tú.

Abro la cancela que gruñe como un despertar de siesta y veo una nube de mosquitos que rodean la luz de la entrada que se me antoja el fanal de los pesqueros en las noches sin luna. Aun me da tiempo a respirar fuerte con los críos cada uno bajo un brazo que se me acurrucan buscando el calor o el cariño. “Anda llama a tu mujer, me dice mi suegra, que te han llamado del trabajo para no sé qué y dile que mejor que venga el viernes no le vaya a dar por venir mañana por la noche”.

Cierro la puerta y dejo fuera al día que queda ladrando en el porche como los perros hambrientos.

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lunes, 4 de agosto de 2014

El síndrome del superviviente

Poco me apetece escribir, la verdad, pero me niego a dejar el escaparate veraniego con un post frívolo sobre el Zaragoza después de lo del otro día. Me niego a dejarlo con pinta de gracieta en tanatorio, de show must go on, de borrón y cuenta nueva; me niego a ser uno de esos personajes odiosos de mis cuentos que saltan por encima de las cabezas de los cadáveres para no mancharse sus zapatos de Chanel. “Da gracias a dios de que todavía tengas la dignidad para que te duela y que la vida no te sea indiferente” me recordaba el viernes mi amigo N cuando le dije, con un nudo en la garganta, lo que había pasado.

Ya, ya lo sé, ya sé que es consecuencia de mi formación cristiana y mis creencias catoliconas pero no puedo dejar de sentir un regusto de culpa. Nunca me he conformado con la excusa de la obediencia debida, ni con la resignación de que no podía haber sido de otra forma, y además sí que podía haber sido. Y aunque por suerte en nada participé, no puedo dejar de sentirme culpable por omisión, culpable de haber guardado silencio, de no haber gritado más alto hace años ante las personas precisas; culpable de no haber dado un paso adelante, bueno, más adelante, de lo que lo he dado.

Miro las ascuas y los escombros y pienso en todo en lo que hemos fallado, por qué se abrieron grietas en las paredes maestras, quienes vendieron los forjados y jácenas por ganarse unos cuantos euros de más, por qué no había cimientos cuando vino el vendaval. Sin embargo lo fácil es echarle la culpa al que lleva la piqueta como si el que ha tenido que hacer el derribo, fuera el causante de la amenaza de ruina que hemos escondido con indiferencia durante años.

Quizá sea el “síndrome del superviviente” que se echa la culpa a sí mismo por haberse salvado de la riada cuando ve los cadáveres de sus amigos esparcidos por los ribazos. Pero prefiero tener el “síndrome del superviviente” que echar la culpa al muerto o a la mala suerte o a la caída de Lehman Brothers como método sádico de autoengaño mental que esconde la puta desidia.

No puedo soportar a la amiguita del niño del traja de rayas, al padre de blancanieves, a las señoronas que reclaman su chaqueta loewe perdida tras un naufragio en el que ha habido siete muertos. “ya no podemos hacer nada por ellos, la vida sigue adelante” dicen justificando su hijoputez. Y en esos momentos les miro con odio, bueno mejor dicho, lo que hago es bajar la cabeza en silencio y lo que miro es con miedo mi traje de Bob Esponja que cubre mi AK47 aquella con la que en otros tiempos tiroteé, disfrazado con risa de fondo de mar, tanta reunión baldía y tanto salón de té.

Bueno disculpen ustedes el desahogo, disculpen los otros algunas tarrascadas del día a día, tampoco tengo en cuenta las que a mí me hicieron, para mí solo fueron lances del juego.

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