jueves, 16 de marzo de 2017

Luis Sepulveda. Opinión, admiración y banderas rotas

Luis Sepulveda ha conseguido escribir un libro solo. Sus cuentos, todos sus cuentos, se unen y se refieren, dictan el mismo argumento siempre, están hechos con los mismos mimbres. Luis Sepúlveda escribe del sur, el sur de los que siempre pierden las guerras y ganan las razones, el sur de las banderas rotas.
Consigue sin quererlo que sus paisajes se parezcan a sus novelas, a sus cuentos, a su poesía disfrazada de prosa. Porque esa sombra de lo que fuimos, de lo que quisimos, por lo que luchamos y perdimos, esa sombra digo, va uniendo las aventuras y los desencuentros, las noticias del sur y los diarios sentimentales, los viejos y los perros que siempre salen en sus novelas, el amor de trinchera.
Y la memoria, siempre la memoria, la de Verónica que se diluye en el dolor y en la tortura para no tener que llorar más fuerte. La memoria del abuelo en tierra de fuego. La memoria histórica que no es sino la desmemoria como tributo a pagar por la paz. Porque en última instancia todos cambiamos nuestros nombres a lo largo de nuestra vida aunque en el dni siga poniendo el mismo. Quizás todos terminemos exiliándonos en la patria de nuestros recuerdos.
Sepúlveda escribe de trenes en su último viaje, de la ilusión de poner en marcha viejas locomotoras. Los trenes como rebelión contra los invasores, como argumento para revivir en medio del desierto, como escapatoria cuando los generales rompen sus espejos; el tren del niño que prefiere siempre ponerse del lado del ladrón que del policía, es decir, del guerrillero antes que del imperio en la simbología mítica de nuestro chileno alemán, de nuestro asturiano patagón..
Sepulveda escribe de amor en la batalla, ding dong ding y escribe de Ahab aunque parezca que hable de Moby Dick y sus ballenas. Porque también la izquierda anda sobrada de generales, de locos que embarcan a sus pueblos en viajes temerarios hacia utopías vestidas de uniforme aunque sea de rojo.
He puesto sobre mi mesa todas las banderas rotas que cantaba mi paisano Labordeta para reivindicar la honradez de los perdedores. Quiere contar historias de héroes cotidianos, los niños que ya no salen en la foto de las favelas, delincuentes que pierden su nombre en el mundo del fin del mundo, donde es más importante una historia bien contada que una historia verdadera, donde no se pregunta porque se han olvidado casi todas las respuestas.
Me he leído de trago otros cinco libros del chileno y ando resacoso; con esa dulce resaca adúltera de las noches eventuales e imposibles. Realismo mágico contemporáneo, beber Jack Daniels, leer a León Felipe, perder guerras. Todos los exilios duran demasiado y todas sus novelas se me hacen demasiado cortas, porque querría nunca dejar de leerlas.
Desencuentros, La lampara de Aladino, Ultimas noticias del sur, Historias de aquí y de alla, Nombre de torero. Algunas me han gustado más que otras, algunas mucho, algunas sobran, pero en mi recuerdo todas han perdido sus fronteras porque se me aparecen como un libro solo, único, maravilloso y genial.


miércoles, 8 de marzo de 2017

Un libro de Sepúlveda y 7 fotos de marzo

Siete fotos
un frio atardecer de marzo
dos comidas de chapeau
mil doscientos besos
algún amor
mañanas de golportero en la playa
y un libro de Sepulveda
don Luis,
que escribe
como me gustaría escribir a mí
cuando sea mayor.

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