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lunes, 21 de septiembre de 2026

Un dia volveré Juan Marsé Opinión y Crítica

Los niños de Marsé siempre sueñan y construyen realidades paralelas, se imaginan héroes que viajan a países lejanos, vengadores que regresan; los niños de Marsé buscan explicaciones a la realidad dura e inexplicable de postguerra, como antídoto contra la pobreza y la derrota en la que viven. Se inventan futuros confundidos con recuerdos en los templados y viejos recodos barceloneses de los cuarenta y de los cincuenta. Recrean y añoran viajantes, sueñan con duros boxeadores que retornen para hacer justicia.

Marsé construye con éxito historias de perdedores, novelas negras llenas de espacios grises y sepias. Malos muy malos, hijos de puta, castrados, depravados despreciables junto a mujeres hermosas y contundentes que se ganan la vida en la última fila de los cines de sesión continua. Un día volveré hace puente en este sentido con Si te dicen que caí o El embrujo de Shanghái.

Marsé habla de muchos y de todo; habla o así lo he entendido yo, de un país, y algún personaje, que quiere olvidar la tiranía sanguinaria de la que es responsable a traves de una monotonía vulgar, alcoholica y sesentera. Un país que anduvo  de la depravación al oprobio y que en una irremediable desmemoria prefiere vivir en un presente continuo carente de responsabilidad y lleno de vergüenza temerosa a que regresen los que se fueron.

“Algún día volveré” es un conflicto entre el olvido y el recuerdo con esa prosa precisa y preciosa que describe lo crudo de los tiempos de postguerra. Marsé dibuja la vida, tan igual y tan distinta de la lucha de clases, osea de cada una de las clases que pueblan el franquismo. No admite los héroes en ninguna de ellas y subraya lo decadente tanto de vencedores como de vencidos. Desmitificando esa idea de que los perdedores son siempre los buenos.

Como Vargas Llosa en Cinco esquinas aquí Marsé dibuja una burguesía barcelonesa despreciable en sus hábitos y creencias (no sé si distinta a la actual) en esa neutralidad indiferente ante la injusticia mientras les guarden sus privilegios. Pero, tambien hay que verlo, acusa a una izquierda falsaria; una izquierda que mezcla y disfraza de política la vulgar delincuencia, intentando revestir de lucha izquierdista lo que es egoísmo, traición y bellaquía. Ser perdedores no les convierte automáticamente en buenos ni en héroes.

Es siempre una delicia leer a Marsé mezclando su historia con las historias que cuentan sus personajes, esas historias recreadas los unos de lo otros; ese estilo esdrújulo y ensortijado de los contadores de aventis que resulta tan complejo y que quizás tan solo Montero Glez es capaz de intentar recrear hoy como heredero marseliano.

Leedlo, leed siempre a Marsé. Leed este lujo de novela negra e histórica en la mejor versión de lo histórico y siempre en ese dejar huecos a medio llenar propio de Marsé que confiere al lector la potestad de construir su final.

 

domingo, 23 de junio de 2024

¿Besos babosos o crítica constructiva? Memes de memos carentes de mimos.

Decía el gran filosofo Hommer en un capítulo en el que comió un pescado mortal que su hijo debía aprender tres frases: “no he sido yo”; “ya estaba así cuando llegué” y sobre todo “qué gran idea, jefe.” Y aunque decía Butanito “que el alago debilita”, seamos sinceros, siempre se prefiere un beso baboso antes que una crítica constructiva. Y si no que se lo digan a Pedrito que ahora quiere cerrar el grifo a tanto meme de tanto memo carente de mimo con él.

Parece ser que la preclara mente que nos gobierna ha descubierto, tras cinco días de profunda reflexión, que la internet no le es favorable y a pesar de que, como buen tiranillo de vodevil, se rodea de acólitos que le pelotillean, últimamente cuando entona cual Maléfica el “espejito, espejito ¿quién es el más guapo?” La maquinita le dice que la historia le va a recordar como un personaje mediocre y grotesco y no como el héroe que pretende ser... y eso, claro, para un personaje con vocación de transcendencia, debe joder un poco. Siempre me acuerdo de la anécdota que cuenta el bueno de Maxim Huerta de que cuando le enseñó la puerta de salida por una presunta “optimización tributaria”y  nuestro “pequeño superman” lo único que le preguntó fue que cómo creía que le recordaría la historia.

Tanto en la política como en la vida cotidiana, hay personajes que cuesta mucho comprender como el devenir de las cosas les ha llevado tan alto. Personajes caracterizados por la incapacidad para darle al magín, nulo sentido de la empatía y arrogancia característica lindante con la mala educación. En su entorno hay un silencio becerril que los retroalimenta. De vez en cuando estaría bueno recordarles aquello de "que no te lleve la contraria no significa que te dé la razón". Y es que, en muchas organizaciones  se prefiere a un jefe malo que satisfaga mis intereses individuales durante unos años que luego ya vendrá uno bueno que me amargue la existencia. Así que mejor calladicos.

Marx (el menos gracioso de los dos) en su libro 18 de Brumario creía que lejos de denostar, las críticas a un dictadorcillo le favorecían y le daban importancia. Decía respecto a las aceradas invectivas personales de Víctor Hugo a Napoleon (le petit) que lo que hacía con ellas era engrandecer a este individuo en vez de empequeñecerlo, al atribuirle un poder personal de iniciativa que no tenía. Es decir atribuir a la maldad inteligente lo que justifica mejor la psicopatía palurda.

Dados a pensar, uno se pregunta como siendo tan nefasto el tipo en cuestión, como serán los de enfrente que no le saben ganar y entonces se cae en un pesimismo que aboca a la apatía política y la desesperación.

Y todo esto viene por el afán de varios políticos de acallar las voces críticas tuiteras/blogueras y achacarlas a una confabulación judeo-masónica (léase fascista, fachosfera, léase bolivariana) para arrebatarles el liderazgo. Que no diré yo que no las haya, pero eso de poner bozal a la gente se está convirtiendo en insana costumbre antes atribuida tan solo a chinos y generales y ahora ejercida por estos tipejos iletrados con ínfulas de capataz chusquero.

Otros post sobre mi amigo Pedrito: El centro derecha y el rey del bukake

viernes, 14 de junio de 2024

Un gusap sin contestar con aspitas azules entre emojis de corazones

Nada termina del todo. Por más que me proponga dar el salto a la indiferencia, todo trasiega con dos pasos hacia delante y un paso hacia atrás. Ya no arrecia la tormenta que todo lo inundó, pero sigue, convertida ahora en lluvia fina que empapa. Nada termina del todo, ni siquiera las renuncias y de modo sorprendente se te presenta una segunda oportunidad para volver a luchar batallas dadas por perdidas. Nada empieza del todo y el pasado se presenta como sombras ataviadas de miedo en un túnel oscuro que viene de lejos.

He recobrado la emoción perdida y el olor de las mañanas, he recuperado las madrugadas para escribir, aunque todavía no escriba; he recuperado las noches sin fantasmas. Me siento orgulloso de estar donde estoy, siempre encantado de conocerme y desde un punto de vista objetivo con algún euro más de reporte a fin de mes, qué cosas, ganar más cuando tanto se ha perdido. La vida se desarrolla como un circo en varias pistas y mientras el payaso recibe los parabienes, al domador se le comen los leones y el malabarista deja todos los platos bailando en los palos de la incertidumbre atendiendo a diez cosas a un tiempo.

Como decía el cantautor, “vuelve el rico a sus riquezas, vuelve el pobre a su pobreza y el señor cura a sus misas”. Pero nada será igual, ni quizás tenga ganas de que lo sea. Como el herido que se recupera del accidente para convivir con las cicatrices; olvidar para siempre la cara limpia de antes. Esa suerte de inconsciencia justiciera que empuja una y otra vez a pelear en inferioridad frente a los que juegan con cartas marcadas. El principio de que “lo que no mata engorda” cincelado en la puerta de la taberna.

Qué buenos tiempos sin embargo, para poner a prueba el tamiz de la amistad y la gente que te quiere. Sin condiciones, como mi amigo que nos dejó un domingo de noviembre y esa misma semana estaba más preocupado por mí que por él. La angustia adormecida en casa, el consejo sabio de mi mujer y mis hijos de que mandará todo a la mierda y que empezara de cero con todo su respaldo. El afán hecho obsesión por no reblar. Las presuntas amistades teñidas de conveniencia, las ayudas a tiempo parcial y la somatización de lo laboral hecha desaliento.

 

Cómo destaca lo sucio cuando se rodea de lo limpio. Cómo se agradece la cerveza de bar, la conversación en calma, la llamada con el único fin de saber cómo estás, el fin de semana de novios en la playa, leer un domingo de mañana, y un simple “estoy para lo que necesites. Y al otro lado el deber ser antes que el ser; el reglamento antes que el abrazo; “es mi obligación no puedo hacer otra cosa; nada personal, solo negocios” decía El Padrino. Como destaca el guasap sin contestar con aspitas azules entre tantos emojis de corazones y es que siempre molesta menos la maldad que la indiferencia. Qué sentimiento de soledad, que dolor por dentro.

La reconstrucción requiere deconstrucción; lo que haces te hace; lo que no mata engorda. La angustia y el cansancio esencial no es depresión, pero a veces la precede y ante eso, hay que guarecerse para que no atruene por dentro. Aprender a tomar aliento para respirar. El olvido como analgésico contra la ira. Y al final, ese reducto de paz en casa. La vida normal y la seguridad de la autoestima. Seguir viviendo, nada menos.

lunes, 20 de noviembre de 2023

Nunca más es demasiado breve para tanta ausencia

Escribir sin poder escribir,

querer decirlo todo. 

con esta bola de silencio en el cuello que me ahoga,

que no me deja decir nada.

Nunca más es demasiado breve para tanta ausencia

cincuenta años en común desde la infancia,

desde siempre

y a partir de ahora solo recuerdo,

todo recuerdo 

sin palabras nuevas.

Qué soledad,

ser albacea por siempre de nuestros días vividos.

 

 

viernes, 10 de noviembre de 2023

Me molestan sobremanera, los himnos y las banderas

Me reprocha María mi languidez comentarista en su blog, y tiene razón, a penas dejé una frase que es como ese mensaje de guasap que dejan los viejos novios cuando regresan a su ciudad de infancia: "estuve en Zaragoza, fue un viaje rápido, a la siguiente te llamo seguro y tomamos algo. Besos".

Y un poco culpable me metí en su bitácora, que os recomiendo por lo peculiar, en la sana intención de comentar más largo, pero no pude porque justo tocó el tema del patrioterismo y me acordé de un versillo que escribí en el blog que me abrevia y como me pasa últimamente dejé lo que estaba haciendo y  huí por la gatera camino de mis rimas antiguas.


Me molestan sobremanera
los himnos y las banderas,
los símbolos que se besan
como si fueran personas,
y se rasgan como si no lo fueran.

Me molestan las canciones
engoladas
que hablan de viejas batallas
siempre ganadas 
goazen gudari danok
Ikurriñan atzean
Que tremoli l'enemic
en veient la nostra ensenya:

Volverán banderas victoriosas
al paso alegre de la paz.

Se entonan
con el puño en alto
amenazante
como retando a un pasado
la mayor de las veces inventado
y a un enemigo
reflejo de nuestros odios por curar.

Decía Gloria Fuertes que al aire puro
no le gusta acariciar banderas

¿Qué pasaría si quemamos dijo Benedetti,
todas las banderas para
tener sólo una, la nuestra,
la de todos, o mejor
ninguna porque no
la necesitamos?
¿Qué pasaría si de pronto
dejamos de ser patriotas para
ser humanos?

Solo me gustan las banderas plegadas
y las banderas rotas
tendidas sobre la mesa,
que entonaba Labordeta

He puesto sobre mi mesa
todas las banderas rotas
las que no rompió la vida
la lluvia y la ventolera
de nuestra dura derrota.

las que nos dicen que vamos creciendo
que hemos perdido
mil batallas
pero ganado una,
la mas importante
la que nos impide creer en los mesías
que nos salven
de cielos redentores
y de tierras prometidas

Porque vivir es ir plegando banderas
que nos cantaba un lunes con secreto
al mirar con pena
a los jóvenes
desde la atalaya del hombre viejo.

El hombre del secreto lo comprende
camino del trabajo,
cuando los estudiantes llenan el autobús
y un tumulto de cuerpos con la cara lavada
se apodera del lunes.
Los ve crecer, observa
como un grito de incógnita en sus ojos,
una inquietud después desvanecida
por la usura del tiempo.
Vivir es ir doblando las banderas.
 
¡Qué lástima que yo no tenga comarca, patria chica, tierra provinciana! 
lamentaba Leon Felipe
 
De verdad no se pueden poner de acuerdo la gente normal
para que no ganen los malos, los de las banderas;
qué indecencia todo esto que vivimos,
cómo se desangra la política como refugio de la bajura,
qué tiempos en los que enarbolábamos banderas
que representaban futuros en lugar de fronteras y razas.
  



viernes, 12 de mayo de 2023

Céntrate de una puta vez, coño!!

Nadie me habrá escuchado nunca poner excusas, ni buscar justificaciones a los casi cinco años que me pegué opositando con escaso éxito para mi y gran éxito para la dignidad del mundo judicial. Ni me hicieron trampa, ni tuve mala suerte, ni me toco contra el cuñado de un juez del supremo, ni me dio un vahído justo antes de cantar con ejemplaridad los delitos sobre la protección de la flora y fauna (que entonces era el capitulo IV del titulo XVI del libro II y ahora no tengo ni puta idea, ni lo voy a mirar).

Suspendí porque no di el nivel, porque no estudie suficiente, porque estaba más preocupado de caer en el pecado que de estudiar las faltas y ya está, sin más. Muchas veces me imagino de juez de Mondoñedo y en ninguno de mis sueños esa ilusión mejora, ni de lejos, mi vida actual en esta ciudad rocera de nieblas,cervezas en jarra y caras conocidas. Pero que no eche culpa a nadie, no significa que no haga examen de conciencia. 

Siempre me he disipado al estudiar, me escapo por los ladillos, busco temas, rebusco bibliografia al hilo de las citas, contradigo lo certero y armo pesados argumentos externos que confirmen lo controvertido. Nunca me he conformado con el texto, ni cuando estudiaba en el cole de bachiller enamoradizo, ni ahora de universitario tardío y cincuentón misionero. Y dándole vueltas he llegado a la conclusión de que esta manera caótica de aprender a veces hace gracia al profesor pero otras veces se le tienen que reir las tripas. Unas veces das imagen de alumno aplicado pero otras resultas un pesado gilipollas que se piensa que ha descubierto la rueda.

Cada tema de tres páginas no se pude convertir en cientodiez, ni cada alternativa en el debate en una obra pontificia sobre el bien y el mal. Tema, problema, objetivos e hipótesis; diseñas un investigación basada en tres preguntas likert y un bien y un mal. Da igual lo que preguntes ni lo que contesten; da igual que sea util o inutil. Sacas cuatro conclusiones invitas a cenar a tus amigos para que en un focus group las validen o las refuten, les grabas por supuesto antes de mamarse y le preguntas al Chatgpt la bibliografía sobre la ingestión de amanitas phalloides en las crisis de amor. 

Qué mierdas estoy haciendo dándole desde hace ocho meses vueltas a un tema en el que modestia aparte llevo veinte años trabajando y ganádome el pan. A qué quiero aspirar o qué mentira me estoy contando para disiparme de nuevo como cuando hacía la oposición. Cómo puede ser posible que haya disfrutado tremendamente de un master dificil y además sacando buenas notas en cosas tan peregrinas para mi como los estadísticos paramétricos y la distribución normal y ahora sea incapaz de escribir cuarenta folios sobre cualquier gilipolllez que le pregunte a treinta colegas. 

Otra vez, veinticinco años después, otra vez la misma historia. Que mala ostia se me pone.

Estoy en un grado de cabreo tal conmigo mismo, que hasta tengo que escribir un post vomitorio como este en el que no voy a colgar ni siquiera una foto para hacerlo agradable; paso de revisar acentos y comas. Céntrate de una puta vez coño!!


jueves, 17 de diciembre de 2020

La fuerza del optimismo y la tranquilidad aprendida: los ratones de Richard GM Morris, los perritos de Seligman y las golosinas de Mischel

Leo en el libro La fuerza del optimismo de mi adorado Rojas Marcos la importancia de ser optimista para conseguir ganar la tranquilidad vital que te permite vadear ríos y solventar mejor problemas. 

Podría resumirse en que si estas nervioso, pensando en que no lo vas a conseguir, braceas más rápido y te ahogas, si estás tranquilo, con la confianza de que otras veces los has logrado, nadas a ritmo y sin chapotear y terminas la mayoría de las veces pasando.

Dicho de otra manera "la gente que está acostumbrada a que las cosas le vayan bien es más proclive a que las cosas le vayan bien"  porque afrontan los retos con tranquilidad, en tanto que aquellos que no han tenido la oportunidad privilegiada de probar antes, cualquier reto les genera la paralisis de la incertidumbre que al final lleva al fracaso.

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Pero esto, con ser cierto tiene a mi modo de ver tiene una trampa. Pienso en “el espíritu emprendedor de los niños ricos” que como los ratoncillos de Morris (os copio al final el texto) han visto que en las anteriores ocasiones que han intentado la aventura de cruzar el rio, cuando la cosa iba mal había un pedrusco en el que apoyarse. Ahora que apuestan sin saber si hay pedrusco o no confían en que lo siga habiendo, por ello no se ven en la necesidad de bracear a lo loco que es justo lo que a los otros ratoncillos noveles les hace terminar en el fondo.

Imaginemos que dos crios se van a montar en una montaña rusa. El uno es el hijo del dueño y sabe que si estás tranquilo no pasa nada incluso el riesgo te divierte; el segundo por contra es la primera vez que monta y cuando el cacharro enpieza a funcionar se pone tan nervioso que se pone de pie para ise y se cae. 

El riesgo conocido hace que en el siguiente intento los ratones privilegiados estén tranquilos ya que saben a lo que se atienen (en el viaje por la charca de Morris naden más distendidos lo que les permite llegar a la orilla). Se han habituado y han podido conocer el riesgo real. Mientras tanto si nunca antes han entrenado, la primera apuesta del “ratoncillo pobre” lo más lógico es que el emprendedor esté nervioso. Y alguien nervioso es más proclive a cagarla, nadar peor, y ahogarse. Quien ha podido pasar por la experiencia previa afronta mejor el reto en la siguiente vez y no se pone nervioso. No te preocupes por ir a juicio es una chorrada dice el abogado a su cliente (será para ti que vas todos los dias, para mi que es la primera vez, estoy atacado y sabe dios lo que contestaré nervioso al juez y la terminaré fastidiando)

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Ya sabemos, por tanto, que quien tiene una visión positiva de las posibilidades tiene más posibilildades de que le vaya bien que quien afronta el reto atenazado y al que el propio miedo al fracaso le genera el fracaso. Por contra también existe el habito pesimista porque en otras ocasiones anteriores te ha ido mal y te habituas a que siempre vaya a ser así. La indefensión aprendida de los perros de Saligman. (También pongo el texto al final). Si al tocar el comedor me da una descarga cada vez que lo intento, asumiré mi impotencia para los sigientes intentos aunque ya no esté electrificado el comedor.

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El tercer caso es el de la gratificación demorada de las golosinas de Mischel. (Este ejemplo es conocido: se encierra a un niño con una chocolatina y se le dice que si espera un rato sin comersela le darán dos) Y me da por pensar en lo que sucede a los niños que sienten que les hacen promesas sociales incumplidas (a veces incumplibles). Si te sacrificas con el estudio conseguirás mañana  un nivel retributivo mayor; si eres dócil en tu trabajo conseguirás en un par de años un ascenso; pero poco a poco van aprendiendo que eso no va a ser así y que las veces anteriores se han sacrificado infructuosamente. Entonces a la tercera vez se zampan las golosinas a lo que pueden y que le den pol culo a Mischel y a la gratificación doble demorada.

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Desde un punto de vista ex ante es cierto que el rico no hace trampas. No hay piedras de apoyo para ninguno dirá en este caso concreto; pero su “tranquilidad aprendida” le da ventaja sobre el novato que está tan nervioso que se atenaza o al acojonado derivado de que siempre que lo ha intentado antes le han electrocutado. El ratón rico aunque no haya piedras de apoyo (no haya privilegios para él) no se ahogará presa de su nerviosismo o su sobrecautela. El ratón pobre sin embargo, muere (no porque no haya apoyo para él) sino porque el miedo le atenaza ya que lo cree imposible porque nunca antes lo ha sabido factible. La siguiente vez se comerá las chuches a la primera que pueda o se retraerá siquiera antes de intentar cruzar el rio. Me como lo que puedo y ya me las apañaré para conseguir otra chuche luego. (Intuye que alguien le hace trampas y es así).

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En definitiva los ratones de Morris están acostumbrados a ganar, en tanto que los perros de Saligman están acostumbrados a perder y piensan que lo normal es que así siga sucediendo. Es la creencia en que las cosas seguirán pasando como han venido pasando; "la creencia del pavo de acción de gracias" que cree que siempre le seguirán dando de comer sus dueños hasta que llega el día inesperado que se lo comen a él.

¿Pero esto puede ser inducido por uno mismo? Hay una serie de autores Watzlawick, Nardone y alguno más que hablan de la fuerza de "actuar como sí..." o "el autoengaño positivo" que hace que en situaciones como las descritas se sustituya la duda por una seguridad (aun sabiéndola ficticia). Una certeza aunque sea ponerse en lo peor, evita el miedo paralizante previo que evita la incertidumbre que provoca lo temido. Personas celosas que hacen la vida imposible a su pareja, provocando que le ponga los cuernos (confirmando la hipotesis previa del celoso) porque no lo soporta un segundo más. (Hipotesis causantes e hipótesis negativas autocumplidas).

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Compraos La fuerza del Optimismo pero no os copreis el nuevo libro de Rojas Marcos “Optimismo y salud” es un refrito del primero. Luego se quejan de que los lectores hacemos trampas pirateando pero lo de sacar refritos navideños para hacer caja también tiene su aquel. Yo soy tan fanático que me compro absolutamente todo de Rojas Marcos pero ese es mi problema.

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TEXTOS de Morris, Saligman y Mischel.

1.- Los conejos de Morris

Richard G.M. Morris, profesor de Neurociencia de la Universidad de Edimburgo, interesado en la memoria de los roedores, llevó a cabo en su laboratorio un experimento que constaba de dos pruebas consecutivas. Previamente había escogido al azar dos docenas de conejillos de Indias o cobayas. En la primera prueba introdujo la mitad en un estanque de agua enturbiada con un poco de leche, para que no vieran unos cuantos montículos que había colocado en el fondo. Éstos eran los cobayas “con suerte”, porque mientras braceaban para flotar se podían apoyar y descansar temporalmente en los promontorios ocultos antes de proseguir su marcha en busca de una salida. A la otra docena de cobayas los metió en un estanque de aspecto similar pero sin montículos. Estos conejillos “desafortunados” no tenían más remedio que nadar sin descanso para no ahogarse. Después de un buen rato, Morris sacó a todos los exhaustos animalitos del agua para que se recuperaran.

A continuación el investigador echó a los veinticuatro cobayas a un estanque de agua, también enturbiada con leche, sin isletas donde descansar. Mientras los cobayas del grupo “con suerte” nadaban a un ritmo tranquilo, el grupo de cobayas “desafortunados” chapoteaba desesperadamente sin rumbo. Justo en el momento en que las puntiagudas narices de los agotados conejillos de Indias desaparecían bajo el agua, Morris los rescató de uno en uno y, después de apuntar el tiempo que habían nadado, los devolvió a sus jaulas extenuados y probablemente sorprendidos de estar vivos.

Cuando Morris calculó los minutos que los cobayas se habían mantenido a flote, descubrió que los del grupo “con suerte” habían nadado más del doble de tiempo que los “desafortunados”. Su conclusión fue que los conejillos “con suerte” nadaron más tranquilos y durante más tiempo porque recordaban las invisibles isletas salvadoras de la primera prueba, lo que les motivaba a buscarlas con la “esperanza” de encontrarlas. Por el contrario, los cobayas que durante la primera prueba no habían encontrado apoyo alguno, tenían menos motivación para nadar y hasta para sobrevivir.

2-. Los perritos de Seligman

Mientras tanto, en un laboratorio de la Universidad de Pensilvania, el profesor Martin Seligman estudiaba con un método parecido el comportamiento de perros que habían sido expuestos a diversas situaciones estresantes. En el experimento más conocido, Seligman formó dos grupos de canes elegidos al azar. Acto seguido, metió a un grupo en una jaula de metal en las que los animales recibían molestas descargas eléctricas cada poco segundos. Estos pobres perros, hiciesen lo que hiciesen, no podían escapar. Al otro grupo lo introdujo en una caja metálica igualmente electrificada pero de la que los canes escapaban empujando con el morro un panel que tenían enfrente. En un segundo experimento, puso a todos los perros juntos en una jaula electrificada de la que podían salir saltando una pequeña pared. Mientras que el grupo de canes que en la primera prueba había logrado controlar los calambres se liberaba en pocos segundos, los perros que en la primera prueba fueron incapaces de escapar de los molestos choques eléctricos permanecieron inertes y no hacían esfuerzo alguno por huir de la tortura.
Seligman calificó de indefensión la reacción de estos perros pasivos sufridores, y pensó que los animales habían aprendido en el primer experimento a sentirse indefensos y, como consecuencia, en situaciones posteriores de adversidad no consideraban la posibilidad de controlar su suerte. En cierta manera, se habían convertido en perros desesperanzados, recordaban lo ocurrido en la primera prueba y daban por hecho que sus respuestas no servirían para nada, por lo que ¿para qué intentarlo? Seligman también observó que estos canes “pesimistas” con el tiempo sufrían más enfermedades físicas y morían antes que los perros que no habían experimentado la situación de indefensión.

3-. Las golosinas de Mischel

Un niño recibe una golosina y una instrucción clara: se puede comer la golosina de inmediato, o esperar cinco minutos y comerse dos golosinas: El experimento requería observar desde una ventana con espejo semitransparente el comportamiento de esos niños a la suculenta propuesta. Y luego proseguía con el intento de identificar bajo que premisas unos niños lograban controlarse y otros se abalanzaban sobre el dulce. Y sobre todo como actuarían años después los niños que en su vida habían adquirido el habito de la gratificación demorada.