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miércoles, 7 de septiembre de 2022

Juan Diego Botto Una noche sin luna. En defensa del teatro y la discrepancia.

 

Mira querido lector, me la suda, si tú, como yo, estás en contra de los subvencionados de la ceja dando lecciones de honradez, del podemismo de “verdad única” disfrazada de memoria ahistórica; de la superioridad moral de la izquierda; de aquellos que confunden ser buenos interpretes con pertenecer a la cultura, de que nos metan los huesitos de Lorca hasta en la sopa; de errores y amnesias voluntarias y torticeras sobre la segunda república. Repito me la suda si apagas la tele solo con ver a los bardem, almodovar y similares con sus lecciones morales en twitter o la sexta… pero serás un idiota de tomo y lomo, el más idiota del mundo, creo yo, si por esos prejuicios, no vas a ver y disfrutar de Una noche sin luna de Juan Diego Botto, una de las más sensacionales, estupendas, brillantes, emotivas y grandes obras de teatro y actuación que haya visto jamás en mi medio siglo de vida.

En eso consiste Una noche sin luna. En reivindicar que se alce el telón, aunque discrepes absolutamente de la moral (ina) que la obra transmite y del dramaturgo que la crea. El telón tiene que subir siempre como acto de libertad, compromiso e irreverencia en el tiempo que sea. Qué otra forma hay para echar discursos a quien no quiere escucharlos, que otra forma de decir e implicar a las minorías a viva voz.

Y es que no siempre ha sido así en nuestro país, ni siquiera lo es ahora, cuando puedes llamar capullo al rey pero no discrepar del discurso piji oficial en sus chabacanas interpretaciones históricas de la segunda república, su ecologismo de salón o sus peregrinas teorías sobre educación cooperativa pseudoigualitaria. El derecho a que el titiritero te cruce la cara es un derecho irrenunciable (creas que tiene razón o no) y termómetro democrático que conlleva de contrario, claro, que también se la puedan cruzar a él sin que seas tildado de facha.

Tanto Sergio Peris-Mencheta (director) como Juan Diego Botto (Autor y actor) ya demostraron que juntos son unos genios con Un trozo invisible de otro mundo obra sencillamente maravillosa que pudimos ver a esta orilla del Ebro hace años; lo de ayer con Una noche sin luna fue todavía mejor, si cabe. Una actuación magistral en una obra ya de por sí magistral. Si somos sinceros por muy gafapasta que seamos ver a Lorca tira para atrás. (Incluso adaptaciones geniales como La novia a ratos se intensa) pero esta no es una obra de Lorca sino sobre Lorca y sobre todo sobre el teatro y vida de Lorca y por encima de todo ello sobre el teatro en general y su defensa en estos tiempos de imagen efímera siliconada. Y sobre todo de libertad.

Juan Diego Botto juega solo, en un reto cara a cara con el público, con una obra milimetrada en su aparente espontaneidad. Que genialidad los minutos iniciales en los que pasa sin solución de continuidad de botto a lorca, ver como se va amanerando como cambia el ahora por el entonces, como sube de la platea al escenario, como modula la voz hasta hacerse otra cosa, cada gesto, cada mirada. Y una hora después lo mismo, pero en inverso con la misma brillantez.

Una puesta en escena aparentemente sin nada, pero con todo. Llena de simbolismo en cada elemento que aparece y desaparece, cada tabla que se retira, cada objeto que surge desde lo profundo como la realidad de las cosas, como las verdades que se desentierran al cabo de los años. La iluminación y el sonido sincronizados de manera perfecta con la emoción de cada momento, con cada silencio, con cada paso esquivando pozas y cunetas. Metaliteratura y poesía en carne viva teñida de actualidad e historia. Metateatro, que habla del teatro

En muchos momentos me recordó al Brujo, en su excelente obra Dos tablas y una pasión de la que ya hablamos aquí, pero esta obra tiene más peso, más hilo, todo más atado, no como subyugado sino como más repensado, argumentado. Aquí nada es improvisado ni hay hilván suelto, todo está cosido, armado, previsto encajado a la perfección detallista del ensayo mil veces repetido.

Lorca, juan diego, nos cuenta porqué lo mataron en el 36, por qué le censuraron sus obras, porque le llamaban maricón y señorito cuando él quería ser obrero del campo. El mono de curro tendido, las botas desenterradas, su amaneramiento remarcado para subrayar lo que reclama y declama en la libertad de ser suave porque le da la gana serlo, escribir poesía, dar discursos. Granada, el ruralismo mal entendido, el españolismo de bandera pero no de corazón, la hipocresía con alzacuellos, el derecho a besar a quien te plazca. La libertad en tiempos de entreguerras y fanatismos.

Reta a los espectadores a implicarse a aplaudirle, casi a afiliarse a sus ideologías cuando sube al cajón y arenga. Y sin que nadie se dé cuenta nos da el cambiazo para dejar de ser Lorca y vuelve a ser Juandiego y hablar de hoy, de sus ideas del siglo xxi y hasta nos convence que es justo que los actores y directores de su chupipandi guarden sus ahorros en un offshore en Bahamas. Qué grande, que brillante. En varios momentos he tenido esa sensación de emoción de saber que estaba viendo una interpretación sublime como pocas.

El teatro es la palabra a quemarropa, el tiempo de escena sin red. ¿Qué pensaría usted si los que mandan no le dejaran ver esta maravillosa obra? ¿Hasta dónde llegaría su pasividad de feliz espectador ante la injusticia? La obra se cierra como se empieza, cuestionando, provocando, cogiendo de la pechera al espectador para que no olvide lo frágiles que son sus derechos.

El teatro es más teatro cuando se posiciona, el teatro en toda su razón de ser, agitando conciencias, facilitando discrepancias, ha habido un imbecil entre el público que se ha levantado insultando al actor por militante; bueno, igual era un actor también o igual juandiego desdoblado. No me extrañaría que mañana fuera al juzgado o escribiera una carta al director como grupo de ofendidos.

No dejéis que nadie baje el telón, defended las buenas obras con las que discrepáis, y aplaudid como esta noche hemos hecho los zaragozanos durante casi quince minutos a Juan Diego Botto y su obra Una noche sin luna.

Gracias al Teatro de las esquinas que hace de mi pueblo un lugar más teatral o sea un lugar más libre.

lunes, 18 de enero de 2021

Rafael Alvarez El Brujo. Dos tablas y una pasión Opinión y Crítica.

A veces el teatro es un diálogo,
y depende tanto del público como del actor
que pase algo,
que nazca el arte,
que la belleza se vista de revolucionaria
y rompa la rutina con el encanto de lo excelso:
hoy ha ocurrido en El teatro de las esquinas
de mi pueblo. Cuando ha actuado Rafael Álvarez El brujo.

La cuarta pared nunca se rompe,
pero se olvida
y cuando eso pasa no cabe la mentira
sino una sinceridad a gritos.
declamada, sentida, aplaudida
a tiempo y a destiempo en un dialogo abierto
entre el actor y el público.

Dos tablas y una pasión
es un recorrido por la historia del teatro
es una antología
y con todo el respeto es una falta de respeto
que la acerca al aquí y al ahora
en una crítica sarcástica de la actualidad
que solo
pueden permitirse los muy buenos sin que decaiga.

Dos tablas y una pasión es lo mejor de los mejores
un monologo en permanente digresión
por Lope, Quevedo
por el Caballero de Olmedo y Santa Teresa
y al tiempo por la falsa mediocridad de las tertulias políticas
que representan escritas en minúsculas la peor representación
en contrapunto bufón al Teatro grande escrito con mayúsculas
que nunca cansa, como el de hoy.

Que delicia perderse en cada gesto, olvidarse en cada palabra
sentirse en cada movimiento de El brujo en el escenario
un escenario vacío y lleno a un tiempo
silencioso en el tornavoz del aliento,
reflejado en la luz que de repente lo enmarca
en la oscuridad de este ahora que vivimos.
Cómo explicar la belleza que rompe el tiempo.
De lo actual a lo clásico
y del congojo a la risa en un momento.

Qué suerte poder poner sordina durante dos horas
a tanto ruido.


martes, 7 de febrero de 2017

El Plan El teatro que me gusta

En esta vida en diferido que vivimos los de provincias, las cosas interesantes siempre llegan un año después. Además en esta tierra gusanera preferimos que primero nos lo cuenten no vaya a ser que luego no nos guste y hayamos “perdido el tiempo”. Es por eso que estamos esperando a que publiquen una necrológica, perdón digo una critica objetiva, de las que nos habitúan en el Heraldo, para tomar la decisión. Y como las obras de teatro solo están tres días a lo que te enteras ya no está.
Y si no hay crítica pues no hay obra. Y si no hay personaje de los de la tele, no hay contraportada dominical y nadie se entera y joder que pocas obras vienen a Zaragoza que todas se quedan en Madrid y además cómo las pueden poner en el Teatro del Mercado con lo bonito que es ir a lucir pieles y echar el paseillo por el Principal.“Mira Pilarín a mi me encanta el teatro, que yo nunca me pierdo la de Vaya par de gemelos con Arevalo y Bertín”. pues eso, pues vale. 
Y me imagino a los encargados de programar jugándose sus cuartos y diciendo eso de: si quieren bertín pues mucho rato porque no están las cosas como para muchos riesgos. (y no es coña, lo digo con todo el respeto del mundo por Arevalo y Bertín que se lo ganan).
Luego no nos olvidemos que aquí todos  somos mu listos y además como nos aburrimos, pues nos entretenemos pegándonos hostias los unos a los otros: de un lado tenemos a los unos, a los  "progresistas de boina", que si no se marcan una rareza parece que no sea teatro y que si encima no te gustan sus ocurrencias, te tildan de facha y carca;  y despues tenemos a los otros, a "los estudiaos casposos": "que sí Paco, que te lo digo yo, que en el teatro solo hacen melonadas , que donde esté una obra de calderón de la manca de toda la vida que se quiten todas estas payasadas de los titiriteros de la ceja, que no es que solo lo diga yo que lo ha dicho hasta Javier Marias en el Pais ese que escribió lo de Alatriste. Donde esté un clásico que se quite lo demás porque estos rojeras del ayuntamiento no quieren más que joder lo tradicional con sus mamarrachadas." y tan anchos que se quedan.

En fin…
¿Cual es entonces el teatro que me gusta? pues probablemente el que me cuenta cosas que me interesan. Me gusto Juan Diego Botto con Un trozo invisible de este mundo; me gustó Sacristán en Almacenados y me ha parecido una obra magnifica El plan de Ignasi Vidal que vi el domingo casi de casualidad.
La obra tiene velocidad desde el primer minuto, un vocabulario que nos suena de cada dia, las frases no se quedan sueltas sino que dan pie al siguiente actor que las coge al vuelo y las engarza en una nueva; diálogos no peroratas, pronunciación no declamación; y entre broma y broma se va configurando una cubierta de risas sobre el mundillo de lo serio. Un peculiar encaje de bolillos de las vidas y las frustraciones de unos tipos normales, perdedores, cuarentones y la sensación de que algo está pasando que no sabemos. Y esa inquietud nos pega a la obra. Ese querer saber cual es El plan, por qué han quedado esa mañana.
El director construye personajes diferenciados, cada uno con su acento marcado. Que no sé si es el de ellos propio o se ha buscado así queriendo, pero que no desentona, gusta y pega. Y quizá el trasfondo de que en ese momento de la vida en el que las cosas deberían pasar a ser tranquilas es precisamente cuando se encabronan con esta mierda de crisis y nos vuelve a poner en la casilla de salida. Como cuando jugábamos a la oca y después de pasar medio tablero caías en la calavera y te hacía volver a empezar. Y descubrimos que a cada uno le pasa algo que le va hacer replantearse su futuro para no colapsar.
Javier Navares, Chema del Barco y Manuel Baqueiro lo bordan. La obra escrita y dirigida por Ignasi Vidal es un subrayado de critica e ironia...me la comprare en papel como hago con las obras que me gustan. 
Y bueno,si no encontráis a nadie que os acompañe decidle a vuestra suegra que Baqueiro es de los tiempos revueltos de la tele, que eso no falla.
Genial Obra id a verla y que rumie Marias.