Las historias no siempre se eligen. Era un martes de febrero de esos martes en el que los grises se hacen gama en una multitud de tonos e intensidades como los estados de la melancolía; y es que en mi ciudad los febreros se repiten año a año con sus fríos (los más) y sus entretiempos (los menos) alternados con aires y olores aplazados tras las bufandas entibiadas de los paseantes.
Esta tarde no era distinta, tenía que devolver dos libros a la biblioteca uno de Delphine de Vigan Las gratitudes y otro un poemario de un escritor argentino llamado Juarroz que me había recomendado un amigo del blog y que no sé por qué extraña razón se me había pegado en la imaginación junto a Claros del bosque de Maria Zambrano. La vi salir a todo correr, hablaba por el móvil, y no sé quién atropelló a quien: si ella a la bicicleta o la bicicleta a ella.
El chaval llevaba una caja amarilla a la espalda, sueños pegados a su historia y pintas de haber llegado no hace mucho de algún país con selva. Ella era rubia pecotosa, quizás un poco altiva en la mirada, quizás con un blanco de nieve en la piel que la hacía distante y atractiva a un tiempo. “Podías mirar por donde vas" le dijo él “podías ir a una velocidad normal y me hubieras visto” le contesto ella. Y la cosa se fue abruscando con esa falsa confianza que da creer tener la razón y ese turbio enojo que confiere no estar seguro de tenerla.
Como en las parejas cansadas de serlo, él le reprochó mentiras que intuía y ella le espetó palabras como lanzas. Que si tu no tienes ni idea de lo que es tener que trabajar-dijo él; que tú que mierdas te sabes de lo que hago yo y me vas a pagar el móvil que me acabas de joder, dijo ella. Y como de habitual la discusión anduvo desde lo que me has hecho a lo que eres y de la lluvia fina del suceso al chaparrón de la afrenta personal.
“La palabra es el único pájaro que puede ser igual a su ausencia” decía Juarroz. La palabra se le escondía a la abuela de Las gratitudes detrás del ripio confuso y triste de sus desvaríos. Hay que “detener la palabra un poco antes del labio” pero los chicos seguían desbordando torrentes que sonaban como chirridos de tranvía cuando el tren de la vida en común está a punto de descarrilar y se empeñaban en llenar las frases de palabras sobrantes que son bonitas en las despedidas de septiembre pero son demasía en la discusión y el desasosiego de invierno.
De repente callaron, me miraron “Existe un alfabeto del silencio, pero no nos han enseñado a deletrearlo” y quedo el silencio como en esas tardes cansinas de domingo en las que ya queda poco por decirse. Este señor lo ha visto todo, dijo la chica en esa supuesta solidaridad de piel que me debía inclinar a ponerme a su lado. "Si lo ha visto sabrá que has salido como una loca de la biblioteca y me has arrollado", comentó el joven.
¿Tienes que repartir mucho más? Le pregunté al chico. "No, ya he terminado por hoy volvía a base" me contestó. ¿Y tú tienes que volver a la biblio? No, realmente me da igual, me acaban de comunicar que retrasan la convocatoria una vez más, lo voy a dejar. ¿Qué estudias? Le pregunté “Judicaturas” pufff “Valiente juez vas a ser tú si no sabes ni por donde andas”. ¿Te he preguntado a ti algo? Le acuchilló con su preciosa mirada rubia como un navajazo a destiempo. Venga os invito a una caña si dejáis de discutir. El que me la niegue declaro en su contra cuando venga el guardia. Se rieron sabiendo que la policía local nunca llegaría, como de costumbre.
La tarde se acodaba solitaria en la barra como lo hacía yo los últimos días desde que ella me dijo que aceptaba el divorcio. Pedí una jarra a una camarera cincuentona que contenía un catálogo de peligros en la mirada; ellos pidieron una caña, bueno mejor me pone también una jarra si no le importa dijo la joven, a ti te pido otra no vengas con tonterías le dije al chico. Por cierto, cómo os llamáis. Waldo dijo él; Carolina dijo ella.
Pagué la consumición mientras él le preguntaba ¿de verdad se te ha roto el móvil? Era una de esas preguntas que llevan implícito un "lo siento". ¿De donde eres, ecuatoriano? Dijo ella buscando un claro de bosque para descansar ¿Tú has visto pocos ecuatorianos, no? sonrió, soy de Bucaramanga, en Colombia. Que nombre más chulo parece de una novela caribeña de Garcia Marquez. Qué va, es una ciudad del interior pero muy bonita y así la conversación les llevó de los problemas cercanos a los países lejanos. Él se veía regresando dentro de algunos años a su tierra y ella se pensó trabajando por allí en algún grupo de cooperación donde olvidar esa mierda de oposiciones que le habían robado un trozo de vida.
“No se trata de hablar, ni tampoco de callar: se trata de abrir algo entre la palabra y el silencio” He visto lo que ha pasado me dijo la camarera, estos jóvenes abrevian tanto los tiempos que pasan del odio al amor en dos segundos, no como nosotros que llenamos la vida de rencores y cosas por hacer. Le regalé una sonrisa tan cansada que enseguida descubrió que era un disfraz de tristeza. Te ofrecería otra ronda al cerrar, me dijo, pero intuyo que debes llamar a alguien. Acertó.
¡Ostras los libros!. Me habían cerrado la biblioteca. Ellos seguían hablando. Llamé. “Hemos amado juntos tantas cosas que es difícil amarlas separados” le dije por teléfono agradeciéndole la frase a un poeta argentino.





