miércoles, 18 de febrero de 2026

Un cuento. Un poeta argentino llamado Juarroz

 

Las historias no siempre se eligen. Era un martes de febrero de esos martes en el que los grises se hacen gama en una multitud de tonos e intensidades como los estados de la melancolía; y es que en mi ciudad los febreros se repiten año a año con sus fríos (los más) y sus entretiempos (los menos) alternados con aires y olores aplazados tras las bufandas entibiadas de los paseantes.

Esta tarde no era distinta, tenía que devolver dos libros a la biblioteca uno de Delphine de Vigan Las gratitudes y otro un poemario de un escritor argentino llamado Juarroz que me había recomendado un amigo del blog y que no sé por qué extraña razón se me había pegado en la imaginación junto a Claros del bosque de Maria Zambrano. La vi salir a todo correr, hablaba por el móvil, y no sé quién atropelló a quien: si ella a la bicicleta o la bicicleta a ella.

El chaval llevaba una caja amarilla a la espalda, sueños pegados a su historia y pintas de haber llegado no hace mucho de algún país con selva. Ella era rubia pecotosa, quizás un poco altiva en la mirada, quizás con un blanco de nieve en la piel que la hacía distante y atractiva a un tiempo. “Podías mirar por donde vas" le dijo él “podías ir a una velocidad normal y me hubieras visto” le contesto ella. Y la cosa se fue abruscando con esa falsa confianza que da creer tener la razón y ese turbio enojo que confiere no estar seguro de tenerla.

Como en las parejas cansadas de serlo, él le reprochó mentiras que intuía y ella le espetó palabras como lanzas. Que si tu no tienes ni idea de lo que es tener que trabajar-dijo él; que tú que mierdas te sabes de lo que hago yo y me vas a pagar el móvil que me acabas de joder, dijo ella. Y como de habitual la discusión anduvo desde lo que me has hecho a lo que eres y de la lluvia fina del suceso al chaparrón de la afrenta personal.

“La palabra es el único pájaro que puede ser igual a su ausencia” decía Juarroz. La palabra se le escondía a la abuela de Las gratitudes detrás del ripio confuso y triste de sus desvaríos. Hay que “detener la palabra un poco antes del labio” pero los chicos seguían desbordando torrentes que sonaban como chirridos de tranvía cuando el tren de la vida en común está a punto de descarrilar y se empeñaban en llenar las frases de palabras sobrantes que son bonitas en las despedidas de septiembre pero son demasía en la discusión y el desasosiego de invierno.

De repente callaron, me miraron “Existe un alfabeto del silencio, pero no nos han enseñado a deletrearlo” y quedo el silencio como en esas tardes cansinas de domingo en las que ya queda poco por decirse. Este señor lo ha visto todo, dijo la chica en esa supuesta solidaridad de piel que me debía inclinar a ponerme a su lado. "Si lo ha visto sabrá que has salido como una loca de la biblioteca y me has arrollado", comentó el joven.

 ¿Tienes que repartir mucho más? Le pregunté al chico. "No, ya he terminado por hoy volvía a base" me contestó. ¿Y tú tienes que volver a la biblio? No, realmente me da igual, me acaban de comunicar que retrasan la convocatoria una vez más, lo voy a dejar. ¿Qué estudias? Le pregunté “Judicaturas” pufff “Valiente juez vas a ser tú si no sabes ni por donde andas”. ¿Te he preguntado a ti algo? Le acuchilló con su preciosa mirada rubia como un navajazo a destiempo. Venga os invito a una caña si dejáis de discutir. El que me la niegue declaro en su contra cuando venga el guardia. Se rieron sabiendo que la policía local nunca llegaría, como de costumbre.

La tarde se acodaba solitaria en la barra como lo hacía yo los últimos días desde que ella me dijo que aceptaba el divorcio. Pedí una jarra a una camarera cincuentona que contenía un catálogo de peligros en la mirada; ellos pidieron una caña, bueno mejor me pone también una jarra si no le importa dijo la joven, a ti te pido otra no vengas con tonterías le dije al chico. Por cierto, cómo os llamáis. Waldo dijo él; Carolina dijo ella.

Pagué la consumición mientras él le preguntaba ¿de verdad se te ha roto el móvil? Era una de esas preguntas que llevan implícito un "lo siento". ¿De donde eres, ecuatoriano? Dijo ella buscando un claro de bosque para descansar ¿Tú has visto pocos ecuatorianos, no? sonrió, soy de Bucaramanga, en Colombia. Que nombre más chulo parece de una novela caribeña de Garcia Marquez. Qué va, es una ciudad del interior pero muy bonita y así la conversación les llevó de los problemas cercanos a los países lejanos. Él se veía regresando dentro de algunos años a su tierra y ella se pensó trabajando por allí en algún grupo de cooperación donde olvidar esa mierda de oposiciones que le habían robado un trozo de vida.

“No se trata de hablar, ni tampoco de callar: se trata de abrir algo entre la palabra y el silencio” He visto lo que ha pasado me dijo la camarera, estos jóvenes abrevian tanto los tiempos que pasan del odio al amor en dos segundos, no como nosotros que llenamos la vida de rencores y cosas por hacer. Le regalé una sonrisa tan cansada que enseguida descubrió que era un disfraz de tristeza. Te ofrecería otra ronda al cerrar, me dijo, pero intuyo que debes llamar a alguien. Acertó.

¡Ostras los libros!. Me habían cerrado la biblioteca. Ellos seguían hablando. Llamé. “Hemos amado juntos tantas cosas que es difícil amarlas separados” le dije por teléfono agradeciéndole la frase a un poeta argentino.

lunes, 19 de enero de 2026

Peor sería el silencio

Las transiciones y las concurrencias

lo que muere y renace

las delimitaciones de las cosas y las fronteras

el cielo y la vida

las figuras y las sombras

el verbo y el silencio

la tendencia hacia el infinito

la eternidad de los puntos de fuga.

"Hoy construyendo futuros recuerdos".

El balcón y el cuarto de atrás

las ventanas y los muros

lo trascendente sin dios

las cosas y su reflejo

el sueño, la vigilia y el despertar

"el claro en el bosque"

"la poesía vertical"

el halo de amor que rodea tu cuerpo

mi deseo liquido y gaseoso

el viaje y el destino.

"La muerte el día menos pensado 

 ese en el que pienso siempre"

Lo que flota mientras cae.

los aromas del tacto, el gusto de tu mirada

la flor marchita, la promesa en decadencia

la cordura y el delirio de quererte

la abulia tras la fiesta

el azar tras la promesa

las mañanas de domingo, los lunes sin poema

La madrugada sin alba

la noche que ilumina tus fronteras

el yo y el tu indefinido cuando nos besamos

los fantasmas de tu ausencia.

El exilio de tu patria.

los nombres tras las esencias

Todo pasa, aunque todo queda

el barco de Teseo

el país de la memoria y la región del olvido 

el pueblo sin comarca. 

El mar y la orilla

los barcos sin calafate, las jarcias en ventolera

plegar el folio sin sobre ni remite

los versos que se quedan sin poema 

el sombrero sin cabeza, el gabán en el olvido

"el corazón partido"

"el mes de abril robado a mis primaveras"

la añoranza y el regreso

"no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió"

tu historia y mi presente

el verano desde mi septiembre 

"cuando tu seas tu ausencia y yo mi melancolía" 

las noches rotas por las lágrimas

la intensidad de tu orgasmo bajo mi tristeza.

El envés del cara vista, la vertiente del terrado 

"els ulls plens de paraules

 la musica que desocupa la algarabía

los viernes sin semana

el mapa de lo que pienso cuando me extravío

la ubicación de tu roce en mi cerebro cuando me recreo

la ciudad de las calles gusaneras, el lado profundo de las avenidas

el rebose que derraman mis jadeos, tus ojos cerrados que me miran

El deslinde del erial de tu lejanía

el medianil traslucido de tu presencia

los vientos que soplan del norte

el relente de mis insomnios y mis madrugadas

el tibio despertar de domingo entre tus sábanas

el café recalentado que inspira adverbios.

Lo sumatorio y el listado que elude lo complejo

lo sucesivo, lo recursivo y lo recurrente

lo oculto y la emergencia. 

La oración sin vírgenes ni santos 

"la imaginación sin razón que genera monstruos"

recordar donde dejé el reloj y la cartera en el destiempo de mi resaca. 

"el alud que difumina el reflejo de tu cara antes de la avalancha" 

el claroscuro que intuye tus caderas iluminadas por las luces de neón del anuncio de enfrente

la habitación fiel de nuestro pecado, 

la piscina en lo más alto del rascacielos

perderse en los pasillos silenciosos de tu subsuelo.

el bar del hotel de nuestras madrugadas hablando

quedarse toda la noche mirando tus sueños. 


...en fin, el regalo de pintar la contradicción con palabras que no nombran

el lugar inhóspito donde habitan los poemas que no se escriben

saber si lo que pienso es sueño y lo que sueño no es otra cosa

que el desvarío de lo que pienso, pero...

peor sería el silencio.

 



lunes, 17 de noviembre de 2025

No soy Enrique Vila-Matas... ni falta que hace. Un libro de Montero glez. Opinión y Crítica.

 

Así de repente (bueno la verdad es que mandé un sutil guasap como que había salido este libro a mi grupo familiar también llamado de "regaladores de libros") como digo "de repente" ha aparecido sobre mi mesilla la nueva y sensacional recopilación de artículos de mi idolatrado Montero Glez seleccionada, editada e indexada con maestría por Papelillo Editorial, recopilación que tiene el sugerente título (tocapelotas) de "No soy Enrique Vila-Matas" incidiendo una vez más en el desacato que le presta (mos) tanto don Roberto "el bueno" como un servidor a la petulante prelatura personal de Vila-Matas coincidente en muchas ocasiones con el terrible bolañismo de Roberto "el malo"  referente del intensismo impostado y babeliano en grado supremo. (De la reciente lista de los mejores cincuenta de los últimos cincuenta de El pais ya hablaremos).


Es un libro falsamente pequeño, (no voy a hablar en centímetros, por si la aclaración cuantitativa de lo pequeño pueda resultar ofensiva para algún sensible masculino) pero la cosa es que pequeño es. Y digo que es falsamente pequeño porque sin embargo es grandísimo y además expansivo, me explico: son cincuenta y cuatro artículos como si la dosis prescrita fuera uno por semana y no zamparselo de una sentada como estoy haciendo yo, pero el libro crece a través de sus citas y notas. 

Es una recopilación de artículos culturetas de Montero Glez. Músicas, películas referentes ochenteros, hagiografias de los santos a los que Montero presta adoración y una acumulación de referentes a la cara b de la movida madrileña que ya nos anticipó en La imagen secreta. Lo flamenco, versión ketamera, Pata negra, Raimundo amador y cosas así; todo ello aderezado con los orígenes del rock y el jazz extranjero. También imágenes con constantes referencias a Garcia-Alix como proveedor de rostros y recuerdos de una época y el cine quincarra no solo del sepia añejo sino del neo quinqui actual con joyas como Criando ratas de Carlos Salado que me he visto sin respirar.

Pero lo más importante, es que esta recopilación da una imagen de unidad que pocas veces logran los patchwords de artículos de cualquier autor. A pesar de jugar con una cierta nostalgia, es una fotografía general, poco idílica eso sí, de la época en donde muchos de los que practicaron el funambulismo como diversión  descubrieron al caer que no había red. No soy Enrique Vila-matas es un libro de historia a través de las historias de distintos personajes setenteros y ochenteros pero sobre todo es un libro muy bien escrito. Con la narración abierta en canal que solo algunos pueden convertir en estética como Montero (o el poeta tristemente recordado por mi, Pedro Andreu). Una recarga constante de adjetivos e imágenes que engalanan paradojicamente la pobreza que describe.

Hay que reconocer el trabajo de edición de Papelillo editorial. La selección que intuyo mano a mano con el escritor, pero también la indexación por nombres y referentes, el formato cómodo y manejable, la tipografía limpia que confiere el placer al leer. Igual yo hubiera añadido fotos o caratulas, pero imagino que el mercadillo de los derechos impide demasiado alarde, qué le vamos a hacer.

Leedlo, leedlo con un cuaderno aparte para tomar notas, con el spoty enchufado para oir discos desconocidos; con el flixole (a pesar de la súbita subida no os guardo rencor) y el yutuf en modo búsqueda y con la cabeza libre de prejuicios. Montero tiene su orientación política, lo sabemos y no la oculta, pero eso no convierte a sus artículos en panfletos, serian como mucho  alegatos libertarios contra toda verdad precocinada y la movida promovida como producto de marketing y en eso, también los que nos ubicamos a la derecha de Glez, estamos de acuerdo con él.

Leed este entretenimiento como leísteis El almanaque incendiario o La imagen secreta para disfrutar de la lectura y aprender de la historia (revisada y revisionista) que es la mejor manera de no volver a joderla.

 


 

Otras reseñas mías a libros de Montero Glez

Cuando la noche obliga

Polvora Negra

Carne de sirena

El carmin y la sangre

La vida secreta de Roberto Bolaño





martes, 11 de noviembre de 2025

Llámame pingüina Elena Laseca. Opinión y crítica: Aquellos inviernos de cada verano

Parece ser que los pingüinos recurren con frecuencia a la monogamia, encontrándose con la misma pareja cada temporada reproductiva. Sin embargo, pueden tener relaciones con otros durante el periodo entre temporadas o incluso en la misma temporada reproductiva. Es decir, lo que hemos hecho toda la vida pingüinos o no, los meses de verano con el rollico estival y las distintas concurrencias colaterales. Y esa es la ocurrente idea que ha encontrado Elena Laseca para escribir dos libros en uno: el de la pingüina estival y el de la pingüina de invierno que intenta con dificultad ser la misma.

Había unos veranos, esto lo cuento yo de mi mismo, en los que el discurrir del tiempo tomaba su propia vida: eran veranos inmensos, intensos e interminables, como si entre uno y el siguiente no hubiera invierno, como si el paréntesis perteneciera a otra vida. Y sin embargo en aquellos veranos, nos inventábamos entretiempos que hacían de nexo a nuestras superficiales vidas adolescentes.

Los veranos contados, por su parte a nuestros amigos de invierno, no eran verdad, por supuesto, no tenían por qué ser verdad, eran una identidad soñada, imaginada que tan solo podíamos envolver en realidad en aquellas conversaciones tibias y nocturnas a la orilla del mar engalanadas con salitre, brisas y miradas. Era una verdad incierta, sin duda, que se recreaba ajena a lo que pudiéramos saber los unos de los otros, un relato sin validación posible que representaba un baile entre tules sugerentes y enigmáticos.

Ese juego de medias verdades entre el verano y el invierno hace también de mundillo al juego de bolillos con el que nos entretiene Elena Laseca. La vida es contada verano a verano (o más bien invierno a invierno) a saltos de año. Por una parte, los veranos en Conil de la frontera junto al tal Ian, personaje nefasto del que luego hablaremos o no, y de otra los inviernos madrileños como una crónica personal e interesante primero de los ochenta y que va avanzando llegando al 2000.

Elena jalona los años invernales con episodios de la transición que recuerdo con una década de desfase (yo soy del 70 y por entonces tendría apenas siete o diez años) y lo sazona con recortes de periódico de la época mezcla de lo social y lo político. Es un relato un poco Cuéntame, no he visto ni un solo episodio de la serie, más bien diría This is us, aquí he visto todos pero es americana; También Los añosnuevos de mi querido Sorogoyen, y un poquito de It´s a sin; esto lo digo así de resbalón sin ganas de espoilear como hizo el premio de las letras aragonesas en la peor presentación de un libro que he visto en mi vida y que me ha obligado a retrasar la lectura hasta que he logrado olvidarme de todos los spoilers que contó para presentar la novela.

Como os decía, Llámame pingüina no es un libro sino dos: el uno interesante, invernal, lleno de recuerdos recreados y personajes reconocibles de los ochenta a través de una historia familiar en ese proceso de emancipación (y ya que hablamos de pajaricos: del intento de salir del nido). El otro el estival, en mi opinión perfectamente prescindible con independencia del gracioso símil de los pingüinos y su retorno recurrente al parejo follamigo a tiempo parcial (más bien fijo discontinuo).

El libro se me ha quedado escaso y excesivo a un tiempo. Excesivo en lo que afecta a Ian, tan intenso, tan misterioso, tan sobrante… en fin que le he pillado bastante manía. La edición no ayuda en esa necesidad de paginear constantemente con una letra tan grande y tan espaciada que hace de una hoja tres y que en su parte de Conil he ido empujando, a duras penas, para reencontrarme lo más pronto posible con el personaje de Candela en Madrid que sí que me ha atrapado.

Me encanta la manera de crear personajes de Elena, lo hace en La hija del italiano, lo hace en la colección de postales de Ropa tendida y lo hace aquí. Y digo que aquí se me hace escaso porque algunos personajes son a la vez apasionantes pero efímeros. Personajes que entran y se escapan a medio hacer. Me fastidia el tiempo que gasta en el pingüinismo del Kiwi y su vida presuntamente apasionante mientras demora un montón de hilos con los que podía seguir tejiendo el interesante relato de invierno.

Candela es un personaje entrañable, escrito en el estilo directo de Elena con pocas concesiones al barroquismo y muchas a la historia interior en el contexto de una época todavía por discutir. Leo desde hace tiempo un cierto ajuste de cuentas con la movida madrileña, no tanto un desprecio, como reconocer un desajuste entre los Almodovar con perricas en Panama y los que abandonaron este mundo con el brazo banderillado de heroína y el cerebro reseco para siempre. Y es que igual la movida y el sobrevalorado Tierno no fueron tan guays y los ochenta no fueron tan nuestros.

Aparece de nuevo, como en La hija del Italiano, el personaje de la tía, riquísima en matices aprovechables, en contraposición a los padres y hermanas en una vida media de clase media no por ello menos interesante. Candela se hace mayor a través de los desencantos como una transición no solo política sino también personal. Una transición al mismo tiempo prometedora y dolorosa como aquellos ochenta que yo viví entre algodones y la protagonista y otros en un funambulismo vital sin red.

Elena Laseca trae una vez más en Llamame pingüina una reivindicación de la mujer que crece y se va haciendo; una mujer que reivindica su libertad en un contexto poco favorable lejos de un idealismo  ochentero. Cerca de la lucha agridulce cotidiana de la mujer y lejos de la autofelación pinturera de la movida promovida por el ayuntamiento.

A mi entender, a Llámame pingüina le sobran páginas. Ian aporta poco y la maquetación menos. (Señores Imperium porfa, vuelvan al formato de la Hija). Sin embargo, es una lectura placentera que recuerda agradablemente a su anterior novela que tanto me gustó. No es ningún secreto decir que Elena Laseca es ya un referente en las letras aragonesas de los últimos años y que aunque en está novela hay cosas que me han gustado menos sigo considerándola una escritora a seguir.

Por cierto no os perdáis la banda sonora que alimenta toda la novela, está en spotify; (de la inclusión de la canción de Quique Gonzalez me siento orgullosamente un poco culpable pero no se lo digáis a nadie), os la pongo.

 


Otros posts que he escrito de libros de Elena Laseca:

Ropa Tendida

La hija del italiano

domingo, 5 de octubre de 2025

Saber ganar y saber perder. Homilía dominical.

 

Me estoy terminando un par de libros sobre guerras y me da por pensar, así en general, sobre el dificil arte de saber ganar y saber perder no solo en la guerra sino en general.
Hay gente muy estruendosa ganando, de esos que cuando ganan sienten la irrefrenable vocación de humillar al derrotado, la necesidad imperiosa de gritarlo a los cuatro vientos e ir al burdel y decir eso de que "está to pagao". Otros por contra pierden muy mal, me refiero a esos que son expertos en echar las culpas a los demás y que coinciden con quienes son tan solo una fachada de corchopan. Son ese tipo de gente que ha confiado su ser a la impostura, su persona al personaje y su prestigio a la tarjeta; que no saben encajar el desaire y que siempre que pierden creen que el mundo les debe algo. Claro, estas gentes cuando se derrumba la tramoya se ven desnudos ante el escenario, tan desnudos como eran de veras, y no pueden dejar de alegar conjuras e injusticias que presten causa a sus imprevistas desdichas.
 

Pero los unos y los otros son lo mismo, esclavos de la hipérbole; falsos poetas que confunden el tropo con la mentira y las vidas que les han contado a sus mascotas con el reporte de un ladrido aquiescente con la realidad de sus harapos remendados. Personas que creen tener la razón porque nadie les lleva la contraria. "Que no te lleve la contraria no significa que te dé la razón" que decía mi tío el libanés. Y estas gentes han tenido tan poca contradicción y tan poca contrariedad que han terminado creyéndose su propia representación. La gente de humo pierde y gana muy mal.

Decía al principio que hay gente estruendosa en la victoria y en mi opinión coinciden, mira que cosas, con los otros, con los que no saben perder y creen que nunca se merecen la derrota. Suelen coincidir con el sobrino del dueño del bar que invita a sus amigos como si fuera suyo, que encandila a las niñas monas, digo memas,  aparentando que le pertenece lo que ni siquiera les es prestado y que las lleva al reservado alardeando que les van a poner la canción que quieran porque conoce al disc jockey. Si triunfan es por su atractivo, si fracasan es porque son tontas.

Mi consabida convivencia desde mis tiempos infantiles con pudientes de los de verdad me ha otorgado la valiosa habilidad de ser sexador de impostores. Los veo llegar. Veo de lejos el neón excesivo y la gramática de oropel, detecto la patada al diccionario en su discurso releído, (ahora retocado por la IA) y la tontuna lingüística del "no, lo siguiente" que llena de choped su precocinado plato de foie. Y es que los impostores no saben ni ganar ni perder.

Los que somos perdedores natos, y mayordomos por vocación, estamos acostumbrados a la desilusión, por eso las escasas veces que la fortuna nos alumbra lo consideremos un brillar efímero que hay que aprovechar. No confundimos nuestra ropa limpia de saldo con la sastrería fina de nuestros señoritos, ni nuestra colonia de gilca con caras esencias parisinas difíciles de encontrar. (esto del gilca es un guiño a los de mi pueblo).  Lo más importante como dice mi amigo Nacho es "no darse demasiada importancia", saber separar (y disfrutar) el polvo de la paja (aunque estas últimas hagan su papel); saber que en esta montaña rusa del sobrevivir tan pronto subes como bajas y lo imprevisto suele convertirse en normalidad con demasiada frecuencia. 
 
Tener la amabilidad como religión y huir de la hijoputez como de la quema sin tener siquiera la tentación lejana de hacerle frente. No os afiliéis, no os alistéis a guerrillas comunistas lideradas por caudillos derechones que utilizan tu idealismo y tu audacia en su provecho. No profeséis religiones en las que os engatusen con cielos y utopías para esconderos de presentes sumisos. Sed buenos y escribid mucho porque escribir es el estropajo que limpia la herrumbre de la desidia.

Queridos feligreses, hermanos en la verdad de éste mi blog lleno de egocentrismo petulante, os dejo con esta reflexión profunda sin causa concreta y me quito el alzacuellos para encajarme mi camiseta zaragocista y acudir a nuestro cadalso futbolero de quitaipon. 
 
Los de mi pueblo disfrutad de las fiestas, bebercios y charangas (que por cierto cada vez son mejores) pero no olvidéis que tras el Pilar vendrá un breve otoño y un invierno frio y brumoso como un febrero sin pareja.