miércoles, 4 de noviembre de 2026

Una investigación sobre la IA en la escritura de poemas.

Hace unos días salió la noticia de que, en no sé que premio literario, les habían colado gato por liebre y en lugar de ser el escritor un ser bípedo escribiente con ansias de fama, había sido una de estas maquinarIAs, a las que les metes deseos y te hacen un perfil y les metes palabras y te hacen un poema, quien les había endosado una novelita que para el jurado, seguramente babeliano, era merecedora de aclamación y espejo de lo humano mientras en realidad era un algoritmo lleno tan solo de condicionales y bucles y mezclador de datos precocinados sin más.

Pero nada nuevo bajo el sol, acordaros de la Abulafia de Eco en el libro de El Péndulo de Foucault en ese juego epistemológico entre lo azaroso y lo voluntario; lo casual y lo causal, la realidad y la reconstrucción mental. Ese juego de lo artístico habitual del italiano en el que también los poemas los escribía una maquinita de la época del word perfect y no un humano sentimental. La cosa es que Eco hizo bambolear su péndulo allá por el 88 en plan futurista y hoy casi 40 años después ya es una realidad y estamos en el mismo debate.

En fiera y encarnizada lucha, unos hablaban de que nunca una maquina podría suplantar a ese músculo que nos bombea sangre; ese de quien decía el profe Roberto de Amanece que no es poco que "no es  una máquina y tampoco es un motor sino que solo es una víscera y se llama corazón". Otros por contra, agoreros y distópicos imaginaban al calorcillo de los 451 de Farenhait arder miles de bibliotecas suplantadas por androides que nos endiñaban sucedáneos de versos hechos con bielas y engranajes vacíos de elementos cordiales.

Y yo que me muevo en esa suerte de funambulismo entre el postmodernismo y el escepticismo somarda, lejos de tratar de buscar verdades absolutas me dedique a profundizar en la experiencia propia y la autoexperimentación (que no seáis malpensados nada tiene que ver con el pecadillo de Onan).

Me dije sería yo capaz de diferenciar un poema hecho por mi mismo y otros hechos con promts refinados. 

No recuerdo que maquinica comedatos utilicé pero lo cierto es que la experiencia me pareció alucinante. Vayamos a la descripción metodologica y al resultado del experimento basado en la experiencia. 

Os pongo el poema originario escrito por mi y precioso por otra parte como no podía ser menos. (Joder, es tan bonito que ahora dudo si lo escribí yo) Y luego las preguntillas con las que he promteado la cosa. (añado solo el resultado).

Versos originales míos 

La calma pequeña
es una forma
de resistencia.
No destacar,
no arder,
no tener que explicarlo todo.
Volver a los días
que apenas dejan huella,
a las conversaciones
que no cambian el mundo
pero acompañan la tarde.
Hay una dicha leve
en no esperar demasiado,
en aceptar
que casi todo sucede
a media luz.
La serenidad
tal vez consista
en no exigirle épica
a cada instante.
Abrir la ventana,
oír un autobús lejano,
regar una planta
sin pensar en el futuro.
Y mientras tanto,
lentamente,
como quien no quiere imponerse,
seguir viviendo.

"Hazme un haiku basado en este poema."

Tarde sin ruido,
crece el árbol despacio.
Nadie lo apura.

Joder, no esta mal, pero claro un haiku tampoco es que precise mucho verbo sino más bien una sugerencia que nunca sabes si es una genialidad o una bobez.

Vamos a ponérselo más emocionante. Hazme un soneto basado en mi poema y con el mismo tema

No quiero la pasión que todo arrasa,
ni el fulgor que deslumbra y luego huye;
prefiero la quietud que se construye
igual que el sol entrando por la casa.


La dicha, cuando es leve, mejor pasa;
no exige eternidad ni se concluye.
Tan solo permanece y nos incluye
en la humilde verdad de lo que abraza.


Vivir quizá consista simplemente
en dejar que los días nos atraviesen
sin pedirles un signo extraordinario.


Mirar cómo la luz cae lentamente,
y aceptar que las cosas permanezcan
en su común milagro cotidiano.
 

Será cabrón!! pues a mi me ha gustado. Y ahí me tienes como el papa de Sabina en la Magina del Jinete Polaco contando con los dedicos las sílabas del soneto a ver si se había colado. Pues no. "Venga pónmelo en alejandrinos!!" 

La vida se sostiene sobre gestos pequeños,
un vaso junto al libro, la tarde en la persiana;
el ruido de la calle regresando a su cauce,
la sombra de los árboles creciendo en la ventana.
No todo necesita convertirse en memoria,
ni cada sentimiento merece un sacrificio;
hay una dignidad secreta de las cosas
que viven sin buscar ni premio ni artificio.
La calma no es ausencia ni renuncia cobarde:
es mirar el desorden sin temor ni dramatismo;
dejar que el tiempo avance con su paso imperfecto
y habitar lentamente nuestro breve destino.
Entonces comprendemos, casi sin advertirlo,
que la felicidad quizá no sea otra cosa
que poder compartir el silencio de un día
sin exigir al mundo una verdad grandiosa.
 

Ole tus güebos capao!! ahora una décima o espinela.

Quiero una vida leve,
sin estruendo ni hazaña,
donde el tiempo no engaña
y el corazón se atreve
a aceptar lo que llueve.
No pedir gloria alguna,
ni perseguir fortuna;
solo el rumor del día,
y una lenta alegría
bajo la misma luna. 

Con lo que a mi me gusta este formato desde que rezábamos el "bendita sea tu pureza y eternamente lo sea" a la entrada de clase en mi opúsico cole. Probemos otra cosa: "haz este poema como si fuera un escrito al estilo de Juan Ramón Jimenez. Venga pitera a ver que me das.

La tarde cae despacio sobre las cosas humildes. Nada reclama atención: ni la silla junto a la ventana, ni el vaso de agua a medio beber, ni el rumor apagado de la calle que llega como un mar cansado. Y, sin embargo, todo parece ocupar el lugar preciso que le ha sido concedido por una secreta armonía. Yo miro este pequeño orden del mundo y siento que quizá la dicha verdadera no consista en alcanzar, sino en permanecer. Permanecer con suavidad entre lo incompleto, entre las horas que no traen revelaciones ni incendios, pero sí una claridad mansa, igual que esa luz última que se queda un instante sobre los muros blancos antes de desaparecer. Hay días en que el alma no desea grandeza alguna; sólo respirar sin miedo, escuchar el crecer invisible de los árboles, aceptar la melancolía leve de existir. Entonces la vida, despojada de ruido y ambición, adquiere una pureza callada, casi transparente. 

y como García Montero?

He aprendido a querer
las cosas que se quedan.

La taza junto al libro,
la luz de la cocina
cuando vuelve la tarde,
el cansancio tranquilo
después de no haber sido
ni héroe ni desastre.

Durante mucho tiempo
creí que la vida
iba a ocurrir en otra parte:
en ciudades remotas,
en conversaciones decisivas,
en noches memorables.

Ahora sé
que casi todo importa menos.

Que hay una dignidad
en comprar el pan,
en esperar el autobús,
en decir “hasta mañana”
sin dramatismo.

La felicidad, quizá,
se parece a esta calma:
tener a quien llamar,
una ventana abierta,
y el ruido de la lluvia
acompañando el sueño.  

Alucina maripili, pero qué requetebonito ta quedao. Y ya para rematar ponlo como si fuera mi adorado Montero Glez.

La noche olía a fritanga vieja y a lluvia retenida en los adoquines. En el bar nadie hablaba demasiado porque a ciertas horas las palabras cuestan dinero y el silencio sale gratis. El camarero secaba vasos con un trapo gris, mirando la televisión sin verla, mientras un hombre con chaqueta de pana removía el café como si dentro estuviera la explicación de algo importante. Afuera pasó una ambulancia dejando un resplandor azul en los cristales, un fogonazo de otro mundo, y luego volvió la calma sucia de siempre, esa normalidad cansada que sostiene los barrios.

¿qué queréis que os diga? nos podemos poner todo lo puristas que queramos, pero esto es la hostia. Y a mi, al menos me la hubiera colado absolutamente.

Para finalizar dame un foto sugerente de mujer leyendo estos poemas para el post que estoy escribiendo

 


Prefiero a Donna Feldman vas a parar. En algo te tenías que equivocar !! O igual me he equivocado yo al preguntar:


 

domingo, 18 de octubre de 2026

El ser querido. Opinión y crítica. Sorogoyen multiplicando por mil a un genial Bardem.

Para empezar dejándolo claro: me ha gustado mucho El ser querido de Sorogoyen y Bardem está sencillamente grandioso. Sorogoyen es un genio (soy forofo) y Bardem dirigido por un buen director se multiplica tanto como se diluye cuando sale de los focos.

El ser querido es una película de cine, sobre el cine. (me vino a la cabeza Bardo de Iñarritu de quien ya sabéis que también soy forofo)  donde el director, habla del director, juega con formas, formatos, sueños y obsesiones sin renunciar a su estilo, poniendo la cámara encima del actor, dejando hablar, dejando hacer, creyendo en quienes contrata.  Justo lo contrario que el director de la pelí que interpreta Bardem en la ficción de El ser querido.

Como tenemos la desgracia de saber todos, la genialidad no tiene que ver con la hijoputez. Hay gente admirable en su vida profesional y detestable, sin embargo, en su vida personal. Como decía Brassens: el que es mamón es mamón no importa el éxito ni la edad.  La película nos muestra eso: la linea difusa y entremezclada entre ser un genio y al mismo tiempo ser un hijo de puta. 

El director, interpretado por Bardem (no hablo de Bardem por si hubiera duda) , lucha contra sí mismo, se sabe un hijo puta genial, pero un hijo de puta de toda la vida. Sin embargo, hay un momento en ese momento cincuentón, en el que se hace examen de conciencia, en el que aunque solo sea por un rato no le gusta serlo y pretende conciliarse con su pasado. Intenta no serlo pero claro no resulta fácil. Y realmente de eso va la película, de una lucha interior de un personaje triunfador que quiere dar una oportunidad a su ser humano, privado, afectuoso, esa forma de ser que nunca ha tenido. Lo intenta y no le sale o no puede o no le dejan o simplemente ya es tarde.

Quiere reinventarse ante su hija, hacerle ver que en el fondo tiene corazón. Pero ella no le deja. El papi oscarizado le da un papel a la niña actriz española. Pelillos a la mar, como si bastara cambiar de guion para cambiar los años de abandono cuando no de maltrato hacia ella y su madre.(Que brillante inicio, con esa conversación que lo dice todo). Esa lucha interior la refleja genialmente Bardem en la mirada a tres centímetros de la cámara, el solo, no necesita a nadie. Luengo le da pie, lo hace honradamente bien, como lo hacía en la serie Antidisturbios, pero es que estar al lado de Bardem en esta peli es estar condenada a ser secundaria aunque seas protagonista.

Sorogoyen siempre es pretencioso en la forma, arriesgado en el juego, lo fue en As bestas; lo fue en Los años nuevos con unas secuencias extensas llenas de planos cortos y conversaciones largas. Porque los personajes de Sorogoyen sobre todo hablan y miran, como los de Garci a su manera, no tienen prisa, aun a fuerza de parecer lento. Y luego juega siempre, juega con la cámara y el montaje, la peli dentro de la peli, el blanco y negro; el formato antiguo casi setentero y el rodaje desde dentro insertado en la historia actual.  A mi modo de ver mucho mejor resuelto que La bola negra que jugando a lo mismo (la obra dentro de la obra) y siendo en la de los javis tremendamente más visual, sin embargo queda un poco sobrepuesta, como de plastón. Aqui, sin embargo, el cambio de formato deja intuir un cambio de tiempo y de mirada que en la de los javis me queda confusa.

Es cierto que hay momentos, durante el rodaje en el desierto que la peli se encasquilla, se hace bola (...negra, sorry, la gracia me venía al pelo) pero se le perdona porque lo compensa en ese mismo rodaje ficticio con secuencias magistrales como la de la comida que es sencillamente estupenda, triste y divertida.

Sé que no soy objetivo. Me gusta mucho Sorogoyen, me gusta Bardem cuando le dirigen bien. Id a verla. Para mi, sin duda, la mejor de la terna que luchó por ir a los Oscar este año.

lunes, 12 de octubre de 2026

Crematorio. Comparando libro y serie, las dos muy bien, pero distintas.

Es complicado traducir una novela a una película (o a una serie de ocho capítulos). En la serie Crematorio, la opción que se elige es la más visual, no necesariamente la más fácil: convertir la novela en un thriller en donde los malos sean esencialmente malos, y lo dinámico y lo truculento priorice ante lo reflexivo de las cosas y de la historia biográfica de cada personaje.

El resultado es una serie brillante, estéticamente cuidada y con unas actuaciones sencillamente excepcionales de Pepe Sancho, Alicia Borrachero y Juana Acosta (en especial la del primero). Ahora bien, los personajes siendo similares a los de la novela,  son radicalmente otros en la serie.

El Ruben de la novela es más cínico que malvado, se cree y se sabe por encima de la mediocridad que le rodea y a ello atribuye que las cosas le hayan ido bien. El Ruben de la novela vive en una constante contraposición con su hermano: ideólogo desde su comodidad a la sombra del poder, el hermano que es niño mimado de la mami, el tio ideal de las sobrinas, superficialidad a fin de cuentas. En la serie tan apenas aparece el tio, como no aparece el amigo de la infancia, el escritor homosexual en continua lucha contra su biografía. Biografía en la que, el yerno de Ruben, sea dicho de paso, centra su tesis de catedrático. Otro personaje aniquilado en la serie.

A mi, el Ruben de la novela, me cayó bien contra todo pronóstico. De acuerdo, es un poco hijo puta, vale que se identifica con la construcción en la costa sin corazón y no elude la inmoralidad para obtener sus logros… pero también es un tipo culto, reflexivo que mira con un escepticismo a la progresía de boquilla de su hija y de su hermano recién fallecido. Que alecciona a sus trabajadores (trepas todos ellos a mas no poder) sobre el hecho de que trabajar con la mierda no les obliga a meterse la mierda. Ruben no comete el error de caer en drogas o enamorarse de putas como Collado. Ruben no fuerza ni engaña a Mónica para casarse con él; ella es plenamente consciente de dónde se mete y así lo asume. En la serie, a ella, se le da un papel más allá de ser solo una frívola; pero en el libro tampoco en mi opinión es una frívola sino alguien que, habiendo vivido regular, opta por inmersionarse en la riqueza con todos sus riesgos.

En la serie desaparece el padre que, en contraposición con la madre de Rubén, representa la felicidad acomodada sin alharacas, sin pretensiones y es un espejo que Rubén, a su manera elije, frente a la madre. Bueno la serie elije la política corrupta y el juego sexual como atractivo visual, me parece bien. Pero yo creo que no le hace justicia a un personaje de Alicia Borrachero mucho más rico en la serie y a mi entender despreciable en el libro, tan despreciable al menos como el del padre. En la novela su amante, es solo un desahogo, como son las personas a las que utiliza su padre, nada de amor, nada de cariño, ni siquiera un encharcamiento. 

Si hay un mensaje a mi entender es que ni el hermano, ni el amigo, ni la hija son mejores que Ruben. Le dan bolilla a la nieta que en el libro no deja de ser una niña pija y que en la serie construyen una relación de tensión con la madre, que me ha gustado. La profesión marca al personaje (Ford en el recuerdo) mientras en el libro es restauradora de arte (nada innovador, nada arriesgado, nada creativo) en la serie es marchante que de alguna manera se acerca más a lo que es la construcción y la especulación.

Tanto libro como serie el argumento es una narración apasionante de personajes, pero de personajes distintos aunque tengan el mismo nombre. El libro está en los listados de mejores novelas de este siglo, la serie en el de mejores series españolas, pero hay que rascar para ver que lo son de distinta manera.

No es obligatorio pronunciarse por uno u otra. 

El libro me parece más intenso, los personajes tienen más perfiles, más riqueza en su profundidad.  Rubén es un personaje riquísimo y me parece una idiotez propia de quien lo juzga frívolamente resumirlo a un especulador, es mucho más: convivir con su pasado; sobrevivir a su presente y como todos querer ser alguien rico entre lo superficial de estos tiempos convulsos. En la serie, Pepe Sancho hace un papel  excepcional, pero distinto al libro; entra y protagoniza la historia en toda su intensidad, se vacía, se hace menos y superficial, pero tampoco queda como dicen las crónicas  en un personaje superficial. También reivindica su historia, su yo pensante, frente a la imagen que le asigna el simplismo corífero:  Simplificando a un especulador sin escrúpulos que tiene que morir.

No soy un forofo de Chirbes lo reconozco, sin embargo lo soy menos de los que quieren utilizar (digo manipular) los personajes de Chirbes para adoctrinar en sus ortodoxias. Los personajes del libro son tan complejos, tan poliédricos que provocan dudas. En la serie en paralelo, se simplifican, se hacen esclavos de la tiranía audiovisual pero al mismo tiempo aportan, se ven, colapsan entre el lujo y el sexo.

Y es que, en general, los funerales desnudan a los presentes en los velatorios en esa excelsa imagen de la belleza y la tristeza regateando en un palmo de baldosa; contraponen la frustración y  la herencia; y reivindican el pasado del muerto, el futuro del vivo y a fin de cuentas ese angosto embudo al que nos aboca la inexistencia. Cuando los muertos se amortizan renacen los sobrevivientes, esos que son tan miserables que critican desde la moral de hoy a sus padres pero se aprovechan de su nombre y su cartera.

Ved la serie, leed el libro. 

 

miércoles, 7 de octubre de 2026

Las máscaras del héroe JM de Prada Opinion y crítica


Juan Manuel de Prada es excesivo y desbordante en su escribir; pródigo en adjetivos, pinturero en lo descriptivo y certero en la ironía mordaz llevada al extremo. Esto hace, en mi opinión, que su literatura camine muchas veces en el funambulismo de la genialidad pero que en ocasiones caiga también al vacío irremediable de lo empalagoso e insufrible.

“Las máscaras del héroe” se encuadra sin duda en la genialidad, una genialidad ocurrente, estudiada, voluntariamente pedante (no me molesta la pedantería si está bien engarzada), histórica en el mejor sentido de lo histórico (no esas novelas actuales encajadas en la Historia) y divertida, sobre todo muy divertida.

Nos cuenta la bohemia literaria de principio de siglo en Madrid desde la visión principal de dos personajes Pedro Luis de Galvez y Fernando Navales, unidos, contrarios; más sinvergüenzas que literatos; más muertos de hambre que triunfadores y a raíz de ellos gentes y gentes que entran y salen de la novela sin parar.

Los unos son personajes reales, los otros personajes exagerados, inventados o recreados y otros como en los videojuegos (y en la vida) simplemente npcs es decir non player charácters que van cumpliendo su papel de rellenar brillantemente la historia sin tomar en apariencia papel alguno. (Me viene a la cabeza también la muy brillante Clarita de Rosa Montero pero eso será otra historia, otra reseña y otro post).

Que nadie espere un libro de historia, ni siquiera una novela historiada como la estupenda “Apóstoles y asesinos” de Antonio Soler en la Barcelona anarquista de los años veinte que acabo de leer, esto es otra cosa: ejercicio de literatura, amor a la literatura o la vida literaria en si misma como en las crónicas umbralianas de la época de la transición. Esas crónicas que unen la tertulia de intelectuales con juegos de baja cama; asesinatos con polvetes adúlteros, políticos con aspiraciones junto a caraduras y carteristas sin mendrugo que llevase a la tripa (suponiendo que los unos y los otros no sean lo mismo) y elucubraciones, muchas elucubraciones de magín para sobrevivir en la indigencia de unas vidas sometidas a la tiranía silábica e indigente del soneto. Muchos personajes que viven de la poesía y muchos más que viven del cuento.

De Prada es un autor irregular, por aquí igual lo hemos elevado a los altares que le hemos puesto como chupa de domine, este libro se encuentra para mi entre los geniales, si no el más genial, lo que es curioso siendo uno de sus libros primeros. Me gustó mucho La vida invisible, me horrorizó Te hallara la muerte y me lo pase muy bien con la trilogía del personaje Ballesteros de La tempestad, Lucia la noche o Mirlo blanco, cisne negro; sus históricos se me han hecho bola nada más empezar, pero no por ello los descartó sino sencillamente que no he encontrado el momento oportuno así que se aceptan recomendaciones.

Ya sabéis de mi promiscuidad de leer varios libros a la vez. Este es un libro gordo, muy gordo pero que no requiere de monogamia y puedes ir alternando sus capítulos con otras apetencias. Igual que en los libros de Antonio Soler enterarte de todos los miles de personajes que salen no te vas a enterar, por lo que lo mejor es seguir hacia adelante y si luego te tienes que releer un capitulo entero pues lo lees, volverás a disfrutar.

También está bien tener a mano la Wikipedia (o cualquier IA que manejes) que te vaya complementando quienes fueron los personajes históricos que caricaturiza magistralmente de Prada en la novela. (Qué curioso que nombrar la Wikipedia se haya convertido ya casi en un rasgo ochentero). De esta manera aprendes autores que no solo nuestra “pisada” educación actual ignora, sino que también ignoró la supuestamente laureada educación literaria memorística de nuestro bachiller prelogse y casi preconstitucional.

Pues nada, que tengáis este libro en esas listas de libros que hay que leer antes de espicharla o de que el maligno sanchez nos apague la luz o las ganas de pensar.

Otras reseñas que he escrito de JM de Prada:

Lucía en la noche

Me hallara la muerte

viernes, 2 de octubre de 2026

LA GRAZIA de una ansiada vida pausada. Otra obra maestra de Sorrentino.


Hace falta pausar, renunciar, ganar levedad como Servillo en La Grazia. Ser capaz de que el pasado no encadene el presente. No tanto el olvido como la convivencia con la duda, sobrevivir al reproche y al rencor como carga de debilidad y despojarse, de toda decisión trascendente en cuanto se pueda. Preferiría no hacerlo.

Es la convivencia con la complejidad, la liquidez y la incertidumbre como marca definitoria de estos tiempos. Esa complejidad que enmaraña y desenmaraña, retando a combinaciones de infinitas variables entre lo subjetivo y lo contextual en un intercambio de influencias inabarcable que diluye la decisión y la responsabilidad. “Somos islas de certezas entre océanos de incertidumbres” decía el sabio Morin recién fallecido a los 104 años. Y entre medio la duda y la decisión individual, la opción moral que embrida el acto, la emergencia del conocimiento que surge del caos, la inspiración que aviva la norma.

El protagonista que decide sobre leyes que enfrentan con su ética, las decisiones sobre salvar o condenar a un ser vivo, el ansía por descubrir la verdad sobre la vida de su mujer fallecida o la opción de convivir para siempre con la duda. Qué gran película de Sorrentino si no tuviera tantas magnificas.

El detalle y el paisaje; lo concreto y lo genérico, el primer plano y el infinito; el orden, siempre el orden en lo visual; el ahora jugando con el recuerdo en cada mirada serena que se apodera de la cámara y el plano. Y tras todo, un ansia por el recogimiento, por la interioridad, por dar la vuelta a la puerta de lo público y quedar a solas con los fantasmas y las sonrisas de lo íntimo. El difícil engarce entre lo público, lo privado y lo íntimo de la que hablaba el maestro Castilla del Pino.

El gran Sorrentino en esencia, con sus excesos de estética y sus profundidades. Los problemas de lo moral y lo publico a un paso de lo personal y lo íntimo; el peso de la biografía sobre el presente y siempre la música que va enlazando imágenes y postales como en un rap inserta la improvisación en el orden de la rima.