Los niños de Marsé siempre sueñan
y construyen realidades paralelas, se imaginan héroes que viajan a países
lejanos, vengadores que regresan; los niños de Marsé buscan explicaciones a la realidad
dura e inexplicable de postguerra, como antídoto contra la pobreza y la derrota en
la que viven. Se inventan futuros confundidos con recuerdos en los templados y viejos recodos barceloneses de los cuarenta y de los cincuenta. Recrean y añoran
viajantes, sueñan con duros boxeadores que retornen para hacer justicia.
Marsé construye con éxito historias de perdedores, novelas negras llenas de espacios grises y sepias. Malos muy malos, hijos de puta, castrados, depravados despreciables junto a mujeres hermosas y contundentes que se ganan la vida en la última fila de los cines de sesión continua. Un día volveré hace puente en este sentido con Si te dicen que caí o El embrujo de Shanghái.
Marsé habla de muchos y de todo; habla o así lo he entendido yo, de un país, y algún personaje, que quiere olvidar la tiranía sanguinaria de la que es responsable a traves de una monotonía vulgar, alcoholica y sesentera. Un país que anduvo de la depravación al oprobio y que en una irremediable desmemoria prefiere vivir en un presente continuo carente de responsabilidad y lleno de vergüenza temerosa a que regresen los que se fueron.
“Algún día volveré” es un conflicto entre el olvido y el recuerdo con esa prosa precisa y preciosa que describe lo crudo de los tiempos de postguerra. Marsé dibuja la vida, tan igual y tan distinta de la lucha de clases, osea de cada una de las clases que pueblan el franquismo. No admite los héroes en ninguna de ellas y subraya lo decadente tanto de vencedores como de vencidos. Desmitificando esa idea de que los perdedores son siempre los buenos.
Como Vargas Llosa en Cinco esquinas aquí Marsé dibuja una burguesía barcelonesa despreciable en sus hábitos y creencias (no sé si distinta a la actual) en esa neutralidad indiferente ante la injusticia mientras les guarden sus privilegios. Pero, tambien hay que verlo, acusa a una izquierda falsaria; una izquierda que mezcla y disfraza de política la vulgar delincuencia, intentando revestir de lucha izquierdista lo que es egoísmo, traición y bellaquía. Ser perdedores no les convierte automáticamente en buenos ni en héroes.
Es siempre una delicia leer a Marsé mezclando su historia con las historias que cuentan sus personajes, esas historias recreadas los unos de lo otros; ese estilo esdrújulo y ensortijado de los contadores de aventis que resulta tan complejo y que quizás tan solo Montero Glez es capaz de intentar recrear hoy como heredero marseliano.
Leedlo, leed siempre a Marsé. Leed este lujo de novela negra e histórica en la mejor versión de lo histórico y siempre en ese dejar huecos a medio llenar propio de Marsé que confiere al lector la potestad de construir su final.



