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jueves, 21 de septiembre de 2017

La Mirada de los peces Sergio del Molino OPinión y critica de un libro de mi barrio.


A mi, sinceramente, me cuesta reconocer el San José triste y suburbano que cuenta del Molino en La mirada de los peces, pero es cierto que dos vecinos asomados a la misma ventana pueden ver la misma calle de dos formas distintas. La mirada de los peces es un libro excelente, pero además es un libro que habla de mi casa, de mis bares, de mi barrio del entorno que he visto toda mi vida y así, claro, es difícil opinar con justicia  de un libro.

Tras los primeros capítulos me cabreé mucho, muchísimo y saqué los colmillos afilados dispuestos al despelleje inmisericorde del hiperbólico vecino del Molino; pero luego, es cierto que página a página me he ido reconciliando con él y he llegado al indubitado aplauso final. Su parte del barrio no es exactamente la mía, tiene nueve años menos que yo (esto creo que importa poco) y en fin que después de cuatro generaciones de mi familia en San José es imposible que yo sea ni mínimamente objetivo cuando se habla de él.

Pero bueno, realmente da igual que el barrio que narra del Molino sea pero no sea mi barrio (yo ya me entiendo), lo verdaderamente bonito es que sea tan parecido al barrio de cualquier juventud, probablemente al barrio imaginario de todas las juventudes. Sus sueños, sus amores sutiles, sus referentes personales, sus extrañezas y sus utopías; y sobre todo la forja del carácter: los aconteceres y las personas que labran a cincel tu personalidad y en esto da igual que seas de Zaragoza y San José o seas de Mondoñedo. Porque los límites territoriales del barrio de nuestra juventud son los límites de nuestros recuerdos. Y estos recuerdos los rehacemos a nuestro antojo para poder construirnos un pasado coherente o cuanto menos presentable a quien queremos ser ahora.

Y es de esto de lo que habla el libro y no tanto de su profesor de filosofía de BUP (articulista ácido y existencialista que tras gastar los últimos años de su vida en la política de escraches optó por el suicidio). Aramayona es solo el enganche que le lleva a sus diecisiete pero ni mucho menos el protagonista. No hagáis caso a las contraportadas. Aunque lo parezca, del Molino no habla del profesor, ni siquiera de su relación con su profesor, sino de la relación con su pasado, bueno con la forma en que recuerda su pasado; y es precisamente en la voluntad de reencontrarse con ese pasado cuando se encuentra con su profesor. En fin que cada uno gestiona la relación con su juventud como le da la gana y por eso yo no tengo derecho a decirle al autor si San jose es como lo describe o no. Así que si lo quiere imaginar triste y marginal que así sea. Aunque, creedme, no lo es.

Del molino escribe aquí, salvando las distancias, con esquema semejante a su genial La hora Violeta que ya reseñé. La muerte (en este caso del profesor, entonces de su hijo) le lleva a contar sus días, le permite rememorar su barrio, sus amigos en los 90 y a reflexionar cómo las personas que nos han rodeado y se han ido marchando nos han forjado tal y  como somos.

Yo también fui al Ifi (y luego al potoka), tome la antepenúltima en la plaza de los calderos, la penúltima en la gruta o en el de las bombillas por Maria Moliner (antes Millán Astray) y compartí con Viveiro y sus amigos las últimas fiestas salvajes del patrón de veterinaria en santa compaña con batasunos luego encarcelados y tierna amistad con vascas aun mas peligrosas que éstos aunque por razones distintas. Pero nosotros éramos entonces ya conscientes de que llegábamos tarde y de que el 89 ya no era la transición, ni la movida promovida por el ayuntamiento, ni el sarri sarri, ni el mierda de ciudad. Era otra cosa y venderlo como una época rebelde pues no se ajusta a la realidad exacta. Creo que del molino también se da cuenta de eso y de que aquellas revoluciones imaginarias de plastilina y corchopan son tan bonitas en el libro como hinchadas por su memoria. Ahora bien si aquellas insurrecciones tardías de hoja parroquial y revista colegial sirven para escribir una historia tan bonita como la que describe pues mucho rato.

Todos tenemos una Andrea que recordar, un pueblo dónde sentirse extraño y urbano, un profesor de filosofía que nos hable de la vida y del suicidio, noches de porros y birras, cuadernos de cuentos que escribimos borrachos al volver a casa. Eso sí sólo algunos zaragozanos ( no don Sergio) sabemos lo que es salir a la ofrenda a los diecisiete vestido de baturro con una resaca de morirte a cada paso y que encima lo hagas porque te da la gana. (De mis aconteceres en la ofrenda ya he hablado en otro post)

Quizás también eso sea la libertad y también de eso se habla en la memoria de los peces: hacer cosas incomprensibles para los demás porque te da la gana, por una coherencia no pedida, o por razones personales difíciles de traducir. Todo se resume en la extrañeza de ser joven, la preciosa rareza de poner los cimientos de eso que somos hoy sin comprender lo que éramos entonces.

 
No conocí al profesor, al margen de la lectura de alguno de sus artículos que aun discrepando en mucho me gustaban. Solo he tenido un encuentro tangencial y post mortem con Aramayona. Circunstancias de esas en las que por más que hice lo que debía, no hice exactamente lo que hubiera querido hacer. La obediencia debida exime del reproche pero no de la vergüenza. Y quizá sea por eso que me queda un regusto avergonzado cuando escucho hablar de él, lo que también he sentido al leer el libro. El autor de La hora violeta se cabrea de que la política ultravioleta de la tele le haya robado a su viejo profesor, pero amigo la política está robando todo en todos los barrios y en todas las partes.

Lo dicho, leéroslo, es un excelente libro, pero si sois de San José en algunos capítulos os podéis cabrear un rato. Avisados estáis.

PS-. Al hilo de este post me han venido tantas cosas a la cabeza para contar de mi barrio. puffff lo he dejado para otros post porque, dada mi tendencia al divague, podría haber sido más largo el post que el propio libro. Las mañanas que me cruzaba con las zagalas que iban al insti del autor, mi carnet del Rayo San José, nuestras apasionantes partidas de Oca Borracha en el Garate, las fiestas del patron en veterinaria, el grupo de jota de mi madre en los locales vecinales, mi parroquia de curas rojos... Lo dejo para otros post.

Otras reseñas de libros de Sergio del molino: La Hora Violeta

miércoles, 23 de agosto de 2017

El Carmín y la sangre de Montero Glez Opinión y Crítica

No puedo evitar un cierto orgullo al mirar el google y ver mi post de Cuando la noche obliga de Montero Glez entre los diez primeros que devuelve “el buscagaitas del palo alto”. Y es que Google representa el curioso abismo que dista entre el diez y el once, un abismo como el que dista entre la riqueza y la justicia, un abismo que algunos ven cercano y otros a años luz el uno del otro. Nunca dejo de asombrarme que la distancia entre el diez y el once o la que separa un lector de su escritor favorito, se mida en dos tweets y una búsqueda, y no en kilómetros de lejanía física y mental. Bendita cábala, léase algoritmo, que acerca a un aprendiz de provincias (como yo) al que considera un maestro.

Y digo todo esto, para que no quepa duda de que soy un forofo incondicional de Montero Glez, de su prosa cortada a cuchillo; de sus historias preñadas de frases redondas, de sus imágenes lúbricas y sudorosas como orgasmos en días de sol. Y es por esto que me duele como un abandono a los diecisiete tener que pelar su última novela El Carmín y la sangre.


Montero, el gran Glez, investiga tres historias del sur, de ese sur que le gusta y nos vende con placer, y los intenta fundir en este relato encuadernado. La primera es la vida en Gibraltar de Ian Fleming. escritor, crápula y espía británico de mitad del siglo veinte. La segunda una orgia medio forzada dizque tuvo lugar en una taberna gaditana cuando un puñado de alemanes de la palito palito guerra mundial escaparon del submarino más salidos que un alumno de fomento en su primer paso de ecuador y se pasaron por la piedra a todo el que estaba allí fuere macho, hembra o semoviente. La tercera es la historia de La petenera, puta fina de carne morena e inteligencia ladina, por cuyo estrecho de Gibraltar surcaron gobernadores y prebostes del lugar, sin percatarse (o sí) de su juego de agente doble o triple según agujeros a disposición.

Y con estos tres mimbres y la confianza en su verbo escribe Montero Glez El Carmin y la Sangre, y este es precisamente el problema a mi modo de ver, que Montero confía demasiado en su verbo (lo que no deja de tener lógica escribiendo tan cojonudamente bien como él). Pero con esto no basta. La historia crece deshilachada y descompensada (lo que sucede sin problema en otras novelas del autor) pero sin embargo, cuando se quieren unir los trozos al modo que hizo en Manteca Colorá, Sed de Champan o PolvoráNegra va y se le acaba el libro; así de sopetón y a tomar pol culo. Tanto se entretiene en los preliminares que, cuando va a consumar, le pilla el marido y todo debe quedar en un vulgar misionero apresurado cuando no en un gatillazo para olvidar. Las historias quedan descosidas, sin armazón que las sostenga, los nombres se agolpan sin identificar en esta orgía tabernaria en la que ya no se sabe quien es el que da y quien recibe.

No sé si quiere contar demasiadas cosas, si por lo que sea no le dio tiempo a cocer un poco más a los personajes secundarios o si se encandiló tanto en la historia de Fleming y la Petenera, figuras por otro lado apasionantes ambas, que no le quedó tiempo para más. La cosa es que en lugar de ir engarzando las cuentas que va anticipando como hizo con maestría con Mateo Morral; en este caso lo que empieza suelto, suelto queda. Se incorporan y salen personajes sin orden ni concierto y pega finalmente el evento de la taberna como bolsillo de plastón.

En fin que lo lamento. Todo genio escribe algún renglón torcido. Quede claro que el libro no es que sea malo, pero la narración solo se sostiene en la manera genial de contar del autor como algunas pelis solo se sostienen en el actor principal. Y es que los miembros de la prelatura personal de Montero Glez siempre le pedimos al maestro la excelencia. Pero que no que no pasa nada,” que ha sido un momentito solo de bajada y que no pasa nada” que decía el cantautor y que os tenéis que seguir leyendo a monterito como si fuera el catecismo ateo de nuestra religión de herejes. Sí o sí. Leed Polvora Negra, Sed de Champan, Manteca colorá, Cuando la noche obliga o sus cuentos de futbol; admirarle como le admiro yo. 

Disculpas y Amen.


PS-.
1-.Sus artículos políticos, como todo lo que enmierda la política, ya lo dejo al escrutinio y color de cada cual. Lo mismo me pasa con Vargas Llosa no soporto su liberalismo de silicona y sin embargo lo tengo en mi capillita de santos escritores justo al ladico de Montero Glez y Fernando Vallejo con los que tan poco tiene que ver.

2-.Ahora que me doy cuenta, los libros que menos me han gustado de Montero Glez, son los que tienen una “y” en medio. Pistola y Cuchillo; Talco y Bronce y este Carmín y la Sangre ¿es casualidad o un misterio por resolver?

Otras reseñas del autor:
          Cuando la Noche Obliga
          Polvora Negra

martes, 1 de agosto de 2017

El día de la independencia de Richard Ford. Opinión y Crítica

No comprendo esa manía general que dice que Frank Bascombe representa un retrato del modo de vida americano. No veo nada distinto en Haddam de lo que pueda suceder en Madrid o en Modoñedo. Cuando empiezas a leer El dia de la independencia de Richard Ford te viene inmediatamente a la cabeza el inquietante inicio de la Divina comedia de Dante Nel mezzo del cammin di nostra vita mi ritrovai per una selva oscura ché la diritta via era smarrita.(A mitad del camino de la vida, yo me encontraba en una selva oscura, con la senda derecha ya perdida).Y de eso va el libro, de cuando Frank Bascombe con cuarenta y pico ve a un lado el camino recorrido, el camino de la existencia oscura y en el otro el reto de empezar su vida con los restos que quedan de sus sueños en un baño cruel de inmersión en la realidad.

Si os digo que El día de la independencia son solo cuatro días y nada menos que 600 páginas de la vida de un vendedor de casas este libro no se lo lee nadie. Si digo que es la continuidad de El periodista deportivo y el precedente de Acción de Gracias tampoco creo que gane muchos lectores más. Pero aun así creedme leéroslo. Aunque sigue siendo cierto que de eso va el libro.

En El periodista deportivo Frank me pareció un cretino insensible e insoportable, aquí sin embargo me he metido e identificado en el personaje totalmente lo que significa no tanto que Bascombe haya mejorado sino que, lo que es más lamentable, el que ha empeorado he sido yo. Como dicen algunos medicamentos se recomienda no leerlo en periodos carenciales premenopáusicos (masculinos o femeninos) o quizá sí, porque está bien que en lagunas ocasiones nos peguen un balonazo en la cara que nos salten todos los dientes para espabilarnos y centrarnos en quienes somos y donde estamos. Seguimos pensando en la vida como el juego en el que vamos logrando nuestros objetivos sin darnos cuenta de que “el modo como se nos escapan nuestras vidas es nuestra vida” (Pág. 13).

Hay que tener paciencia, mucha paciencia para leer a Ford. Cada movimiento representa cinco páginas de introspección. En muchos casos el marco es el que define el cuadro, pero ese marco, ese entorno está tan minuciosamente dibujado que requiere de una lectura pausada para que no nos perdamos nada y podamos ponernos en el lugar de Bascombe.

Ford nos dibuja una alegoría de la vida representada en la compra y venta de pisos, Ford nos enfrenta a la paternidad en carne viva, al recuerdo de los días esperanzados de los treinta y pico reconvertidos en la cotidianeidad de los cuarenta. En la dificultad de entendernos los unos a los otros cuando en una relación de pareja la mochila de las palabras ya dichas, pesa lo suficiente como para poder (o creer) intuir las palabras futuras. Nos describe la vida en pareja en el momento en el que follar es más bien la escusa para hablarnos. Hay veces que a Bascombe no se le entiende, pero creo que es porque tampoco se entiende él y nos quiere transmitir esa extrañeza de si mismo.

Los libros de Richard Ford están escritos para releerlos, para subrayarlos. No en una primera lectura donde nos vamos dejando llevar por sus pensamientos y su manera de ver el mundo que le rodea. Los libros de Ford requieren el reposo de esos lugares que vistamos una vez y a los que queremos regresar pasados los años para saborearlos lentamente de nuevo. Ahora mismo empezaría a leerme Acción Gracias el tercero de la trilogía, pero creo que no debe ser. Cuando leo estos libros me acuerdo de las pelis de Antes del amanecer y su secuelas y la extrañeza de leerlos fuera de edad así que refrenare mi instinto a la lectura compulsiva de un autor cuando me gusta.

El día de la independencia es un libro de cuarentismo y vista atrás. Bascombe ya no es el escritor que escribe para poder recordar cuando sea mayor cómo se siente (como hacia en el Periodista deportivo); ahora Bascombe escribe para poder olvidar. Lo que está en el papel ya no tiene que tenerlo presente, ya lo puede quitar de su disco duro, porque escrito está..Si El periodista deportivo era una reflexión sobre la intrascendencia reflejada en una profesión (la noticia deportiva de hoy ya no lo es mañana); en El día de la independencia es lo contrario ese momento de la vida cuando se quiere echar raíces, en teoría para siempre, representado en el oficio de agente inmobiliario, de la compra de la vivienda que nos verá jubilarnos.

Lo dicho leedlo, la traducción de Mariano Antolín Rato en Anagrama es sensacional, no sé si tanto por transcribir con exactitud de otro idioma (mi inglés no llega para valorar esto) como por lo bien escrito que está en español. A mi modo de ver mucho mejor que la del Periodista deportivo y por las diez páginas que me he leído del tercero, mil veces mejor que este.

Buen agosto compañeros!!

miércoles, 12 de julio de 2017

Dátrebil de Pedro Andreu. Opinión y Crítica

Vivir es huir, los protagonistas de Datrebil huyen, a veces de sus perseguidores, pero muchas más de su pasado, siempre hacia sus sueños. El libro debiera llamarse La huida que es el envés de Libertad. Huimos de la rutina domesticada como hormigas a cambio de migajas, huimos buscando utopías para olvidar realidades, huimos de las partidas con cartas marcadas, huimos hacia y contra el sexo abierto en canal que sustituya al cómodo misionero. Vivir es libertad, pero una libertad condicional, vigilada férreamente por un juez corrupto que constantemente nos pisa los talones. Vivir es escaparse.

Datrebil es un libro de literatura y muerte, de violencia, de traficantes de almas porqué cuando morimos qué otra cosa queda dentro de nosotros sino los libros leídos, las palabras no escritas, los versos por publicar. Los personajes de Datrebil, tienen literatura en su interior, andan por el alfeizar de la vida, con vértigo, a veces con miedo, andan con el miedo a poner un pie en el vacío, pero también con la atracción irrefrenable de poderlo hacer.

Siempre huyen, Son personajes secuestrados que se escapan para follar y por follar. Sexo y muerte; libros y música, infancia y frustración; adulterio y amor; esperanza y renuncia. Natham Barr y Bartleby renunciando a escribir. Jan Vravusa tocando al saxo en Cannery Row, Socrates bebiendo un Don simón y recitando libros de memoria para no recordar, Puerto Jericó, Knockemstiff, Chinaski y su puta madre. Tokio Blues; Kafka en la orilla.


Creo sin embargo que a Pedro Andreu se le escapan las mujeres. Los personajes masculinos están tan profundamente bien contados que al leerlos piensas con ellos, como ellos; sin embargo las mujeres siempre están al otro lado del espejo. Como cuando te quedas en silencio tras follar y te preguntas ¿Qué estará ahora pensando? Personajes apasionantes como Agus, Jota, Daniela, Tara, hasta Nicoletta esconden más de lo que muestran. De ellos sabemos todo, de ellas a penas nada. Daniela quiere huir; Agus quiere huir, Jota y Tara piden a sus captores un rato de libertad para follar, digo para vivir. Alicia huye por la ventana. Pero me faltan muchos trozos de sus vidas entre medio, me pregunto demasiadas cosas sobre ellas que hace que me despiste buscando demasiados porqués.

Andreu escribe siempre poesía (más aun cuando escribe novela) y a veces lo lírico se apodera de lo narrativo, pero que más da si está tan cojonudamente bien escrito. Qué difícil me parece (d)escribir tan bien (también) una secuencia de sexo salvaje sin caer en lo vulgar y al mismo tiempo tan arrebatadoramente sugerente y excitante. Es cierto que en muchos casos el libro se dispersa o más bien se desboca; hay páginas en las que se descompensa porque se nota que el autor se gusta y se encandila en imágenes sugerentes de las que no puede salir, pero merece la pena.

Hay mucha música y mucha literatura; mucha metaliteratura. Mucho detective salvaje en busca de autor, mucha referencia. Los personajes leen y escuchan, los capítulos tienen banda sonora. Salem y Bolaño; Amy y Nirvana; pero también Auster, Garcia Marquez y Carver, entreverados con páginas de sucesos y normalidad. Poetas nuevos, cine negro, series americanas de televisión. Tarantino y Chadler de la mano. Y todo ello engarzado sin estridencias en la trama vertiginosa de la historia que se cuenta.

En fin, no sé si Datrebil es un libro dentro de otro libro, un espejo roto, recortes de prensa, quizás un road movie, quizás esa pesadilla mezclada con sexo que te hace despertar sudoroso en una noche de verano, no sé si es una historia de amor o de desamor o un cuento de miedo; porno gore o poesía de tweet. Solo sé que con sus espirales y su belleza; su violencia y sus agujeros negros me ha tenido atrapado de principio a fin y a mi al menos eso me compensa los catorce euros invertidos.

******

Me sigue pareciendo increible que ponga una reseña de un libro y el autor se moleste en contestarme. Ya, ya sé que es parte del nuevo juego, pero que quereis que os diga a mi me gusta y me asombra a partes iguales. Todavía soy un carca cibernético.

https://twitter.com/pedroandreupoet/status/885090186174050305





PS_:
Puedes leer mi opinión al Secadero de Iguanas del mismo autor en este blog.
También mi opinión a su poesía en el blog de mi primo 
Y de paso os leeis los poemas de mi primo que está el hombre envidiosucho!!
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 .

jueves, 16 de marzo de 2017

Luis Sepulveda. Opinión, admiración y banderas rotas

Luis Sepulveda ha conseguido escribir un libro solo. Sus cuentos, todos sus cuentos, se unen y se refieren, dictan el mismo argumento siempre, están hechos con los mismos mimbres. Luis Sepúlveda escribe del sur, el sur de los que siempre pierden las guerras y ganan las razones, el sur de las banderas rotas.
Consigue sin quererlo que sus paisajes se parezcan a sus novelas, a sus cuentos, a su poesía disfrazada de prosa. Porque esa sombra de lo que fuimos, de lo que quisimos, por lo que luchamos y perdimos, esa sombra digo, va uniendo las aventuras y los desencuentros, las noticias del sur y los diarios sentimentales, los viejos y los perros que siempre salen en sus novelas, el amor de trinchera.
Y la memoria, siempre la memoria, la de Verónica que se diluye en el dolor y en la tortura para no tener que llorar más fuerte. La memoria del abuelo en tierra de fuego. La memoria histórica que no es sino la desmemoria como tributo a pagar por la paz. Porque en última instancia todos cambiamos nuestros nombres a lo largo de nuestra vida aunque en el dni siga poniendo el mismo. Quizás todos terminemos exiliándonos en la patria de nuestros recuerdos.
Sepúlveda escribe de trenes en su último viaje, de la ilusión de poner en marcha viejas locomotoras. Los trenes como rebelión contra los invasores, como argumento para revivir en medio del desierto, como escapatoria cuando los generales rompen sus espejos; el tren del niño que prefiere siempre ponerse del lado del ladrón que del policía, es decir, del guerrillero antes que del imperio en la simbología mítica de nuestro chileno alemán, de nuestro asturiano patagón..
Sepulveda escribe de amor en la batalla, ding dong ding y escribe de Ahab aunque parezca que hable de Moby Dick y sus ballenas. Porque también la izquierda anda sobrada de generales, de locos que embarcan a sus pueblos en viajes temerarios hacia utopías vestidas de uniforme aunque sea de rojo.
He puesto sobre mi mesa todas las banderas rotas que cantaba mi paisano Labordeta para reivindicar la honradez de los perdedores. Quiere contar historias de héroes cotidianos, los niños que ya no salen en la foto de las favelas, delincuentes que pierden su nombre en el mundo del fin del mundo, donde es más importante una historia bien contada que una historia verdadera, donde no se pregunta porque se han olvidado casi todas las respuestas.
Me he leído de trago otros cinco libros del chileno y ando resacoso; con esa dulce resaca adúltera de las noches eventuales e imposibles. Realismo mágico contemporáneo, beber Jack Daniels, leer a León Felipe, perder guerras. Todos los exilios duran demasiado y todas sus novelas se me hacen demasiado cortas, porque querría nunca dejar de leerlas.
Desencuentros, La lampara de Aladino, Ultimas noticias del sur, Historias de aquí y de alla, Nombre de torero. Algunas me han gustado más que otras, algunas mucho, algunas sobran, pero en mi recuerdo todas han perdido sus fronteras porque se me aparecen como un libro solo, único, maravilloso y genial.

Otros posts sobre Luis Sepúlveda en este blog

lunes, 13 de febrero de 2017

El vano ayer de Isaac Rosa Opinión Gracita Morales o las torturas.

Creo que lo que mas le jode a Isaac Rosa es que para mucha gente el franquismo de los años 60 siga siendo Gracita Morales, las narraciones impostadas del No-Do y las victorias “amañadas” del Madrid. Un franquismo campechano y costumbrista; seiscientos, periquito y suegra; una tele, la nuestra, con dos canales y una mentalidad; el domingo a misa, el sabado casquete y luego la querida con un pisito en zona residencial.

“El vano ayer” es un libro que me ha gustado. Ganó el Romulo Gallegos que es uno de los pocos premios en los que confío. Este premio venezolano tiene en la actualidad la rémora que tiene todo lo bolivariano, es decir, que se entiende embadurnado de política de chandal. Y ciertamente es un libro militante, pero no por ello malo. Estaría en la linea de Gopegui, a mi modo de ver mejor que ella, es decir de hacer política desde la descripción de lo cotidiano.

Entonces, si decimos que el libro va sobre el tardofranquismo y que el escritor es indisimuladamente militante, (de hecho escribe en el diario.es) los que habitamos más a la diestra que a la siniestra deberíamos de ponerle el RIP en la página tres sin ir más lejos, pero no es así. Es un buen libro.

El libro va de metaliteratura. No se horripilen, ya saben mi animadversión hacia Vila-matas y el bolañismo campante. Es metaliteratura pero no empalagosa ni intensa. El autor nos habla del proceso creativo de la propia novela, de cómo se va gestando la viviencia de dos personajes que sirven de conductores (o de excusa) para lo que nos quiere contar.

Empieza en la anécdota, porque quizá sobre ello también vaya la novela. ¿Recordais la broma de Kundera? (si no la habéis leído ya tardáis) pues Rosa nos mete en un acontecimiento superfluo como una carga policial, una revuelta estudiantil y los datos difusos de dos personajes un profesor y un alumno que se encuentran quien sabe si por azar allí. A partir de este hecho el escritor, que nos habla con voz cruzada de autor y personaje, empieza a investigar, a suponer, o quizás a inventarse la vida de los dos.

En un principio se nos podría venir a la cabeza el salamino Cercas, pero a nada que seguís leyendo os dais cuenta de que no tiene nada que ver. Aquí se toma partido, no es un narrador-investigador neutro. Y como decía al principio, el autor tiene el objetivo claro de hacernos cambiar nuestra forma de ver el franquismo setentero como una comedieta de cine de barrio. Nos muestra torturas y disidencia; tristeza y crueldad, vidas privadas y vidas perdidas  en el régimen o precisamente por el regimen.

Juega con voces distintas, a veces narra, a veces traslada notas de prensa, a veces entrevista a personajes, a veces diatriba con descaro. Se encasquilla en varios capítulos, (la gracia es que el mismo lo reconoce y lo pone). En otros puntos se empalaga, en algunos pierde la pinza totalmente… pero siempre dejando ver los rasgos de una novela trabajada y no como pudiera parecer falsamente una novela de impulso. Todo tiene lógica, todo encaja al final y acierta en un final cerrado perfectamente bajo la apariencia de un final abierto.

El autor quiere desarmar la imagen del franquismo Light de los últimos años, en esa idea, ahora de muchos, de hacer ver que la transición no es el trasunto desde una dictablanda a la democracia, sino la legitimación de unas elites franquistas dirigentes que se inventan la transición para consolidarse y dar el relevo a sus hijos (algún día hablaremos de Bourdieu).
Yo discrepo. Quizá la explicación esté en la poco compartida diferencia entre régimen totalitario y autoritario que expone con la maestría que le caracterizaba el profesor Ramírez (España 1939-1975. régimen político e ideología) pero eso son digresiones que nos desviarían del objetivo que nos convoca hoy que es la apostilla de un buen libro: El vano ayer de Isaac Rosa.

miércoles, 18 de enero de 2017

Patria, Aramburu y el dia que el Txato estuvo en Zaragoza.

Aquel San Valero de 1990 el Zaragoza iba ganando uno a cero a la Real Sociedad, gol del nefasto Siracov. Cuando a punto de terminar el partido Gorriz golpea el balón con la mano en el área donostiarra y el arbitro pita penalti. Chilavert era el portero del Real Zaragoza y Radomir Antic, a la sazón excepcional entrenador de nuestro equipo, deja que sea su propio portero, o sea el payaso Chilavert el que lo lance. Y lo metió, lo metió, para regocijo popular y mayor gloria del paraguayo.
En la grada estaba el chico de la consuelo con sus apetecibles diecinueve añicos y también estaba el Txato industrial euskaldun del gremio del transporte con su hijo Xabier. Ambos con la ama Bittori habían venido a Zaragoza a ver a su hija Nerea que cursaba derecho (y un poco el alemán) en nuestra ciudad. Cuando fueron a coger el coche para volver, comprobaron que unos indeseables les habían jodido los retrovisores, quizá, pensó, porque el coche tenia matricula de sansebastián y ya sabes, la gente nos mira mal a los vascos. Años después esta historia la contaría un tal Aramburu en el capitulo 84 de un libro regular llamado Patria.

Lo que no contó, no sé si porque se le olvidó o porque sencillamente no estuvo en el campo, es que por lo que fue realmente famoso ese acontecer futbolístico es porque tras meter el penalti Chilavert, el paraguayo regresó a la portería haciendo momos al graderío de espaldas al circulo central. Y Goicoechea más listo que el hambre saco rápido de centro y picó el balón desde el medio campo mientras el cancerbero seguía haciendo el bobo de regreso a su portería sin ver el balón que volaba para recibir el 2 1 que quedaría en el casillero final del encuentro. El Txato ya no volvió a ver más partidos en La Romareda, ni más eneros.

Y es que Aramburu en ese libro cuenta muchas cosas a medias, la mitad a saltos y casi todas de manera desordenada. Porque tampoco cuenta que pocos años antes, sería la primera semana de diciembre del 87, el chico de la consuelo andaba con su tio matias al otro lado del Ebro, cree que para echar la prorroga a la mili. El tio matías le dijo ¿por qué no vamos a saludar a la casa cuartel a menganito? fue compañero mío, te vio de pequeñico y siempre me pregunta por ti (recordad que el de la consuelo era ya a los siete añicos un pobre güerfanico y eso siempre enternece) y para conseguir sus fines el tio matías le atacó con argumentos que sabía irrebatibles para su sobrino. En el bar de la casa cuartel se almuerza de puta madre y está aquí al lado. Fueron.

El tio matías era ya en 1987 guardia civil retirado. Os cuento, a principios de los ochenta  le acababan de comunicar su próximo e idílico destino: Intxaurrondo. Incorporación inmediata De su metodología indagatoria algo se cuenta en Patria. Aquellos pilares del 82 recuerda que fue con sus tios al circo, recuerda a su tia, a la que adoraba, llorando a escondidas diciéndole: no sé hijomio si veremos más veces el circo juntos. Lo cierto es que una semana más tarde del Pilar, su tio se debatía entre la vida y la muerte con un tiro a bocajarro.
No, no habían sido los terroristas. Un accidente en el campo de tiro de Zaragoza, días antes de que partiera hacia las vascongadas le había reventado el hígado. Nunca fue a Intxaurrodo. Se salvó por los pelos. Nunca más trabajó y se dedicaba a papelear en cómodas oficinas de buricracias inutiles hasta que se jubiló. Por eso aquella mañana de diciembre de 1987 tenía tiempo para ir con su sobrino a hacer los papeles de la mili, a almorzar a la casa cuartel y a saludar a viejos compañeros. Anduvieron por las cocinas, le presentó a varias personas entricorniadas, que destacaron cuanto se parecía fisicamente a su tio, vio correr por el patio a tres o cuatro niñas jugando a la comba y algún crío pateando un balón de reglamento.

Unos días después, el día 11 de diciembre a las seis y diez de la mañana un Renault 18 con 250Kg de amonal aparcaba en la puerta de la misma casa cuartel. Un par de minutos después, parece ser que para lograr la independencia de 7234 metros cuadrados de un rincón de Europa, cinco niños y seis adultos morían aplastados por el edificio derruido de la casa cuartel, hubo casi cien heridos más. La ciudad ardía de ira. Llovía sobre mojado ya que ese mismo Enero otra bomba había estallado junto al Pilar dejando varios muertos.

Tres eneros más tarde, el Txato veia en La Romareda como Goicoetxea le clavaba un gol al payaso y mal portero Chilavert. Aramburu no contó el gol de la Real, solo el del Zaragoza; ni el atentado a la casa cuartel solo que unos gamberros les jodieron los retrovisores al Txato y les insultaron.

Tampoco contó que el chicodelaconsuelo durante varios años posteriores fue un empedernido vascofilo sentimental y anduvo entablando tiernas y variadas amistades estivales con distintas ciudadanas vascongadas. Eran esos tiempos en los que sentados en corros merendábamos besos y porros, que decía el poeta e imaginábamos los unos las ciudades de los otros idealizando patrias y banderas ajenas. Pero si os digo la verdad, las noches se nos hacían demasiado cortas para malgastarlas hablando de política. 
Hubieron amigos y amigas de todo: de un lado, del otro y de ninguno como en Patria. Qué atractivamente raras me parecían las vascas. Vivíamos con gusto nuestra juventud desorientada para construir futuros recuerdos, luego escuchábamos a Lertxundi, aprendía frases en euskera bajo aquella luna bakarti eta ederra, y soñábamos y hacíamos esas cosas primeras que ya no se olvidan.

También cuenta Aramburu cosas de la facultad de derecho en Zaragoza y por supuesto algo de la facultad de veterinaria pero está quizá sea otra historia que puede contar alguien mejor que yo. Le cedo el testigo amigo Viveiro.

PS-. Os enlazo al video de los goles del partido 

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