lunes, 21 de septiembre de 2026

Un dia volveré Juan Marsé Opinión y Crítica

Los niños de Marsé siempre sueñan y construyen realidades paralelas, se imaginan héroes que viajan a países lejanos, vengadores que regresan; los niños de Marsé buscan explicaciones a la realidad dura e inexplicable de postguerra, como antídoto contra la pobreza y la derrota en la que viven. Se inventan futuros confundidos con recuerdos en los templados y viejos recodos barceloneses de los cuarenta y de los cincuenta. Recrean y añoran viajantes, sueñan con duros boxeadores que retornen para hacer justicia.

Marsé construye con éxito historias de perdedores, novelas negras llenas de espacios grises y sepias. Malos muy malos, hijos de puta, castrados, depravados despreciables junto a mujeres hermosas y contundentes que se ganan la vida en la última fila de los cines de sesión continua. Un día volveré que hace puente con Si te dicen que caí o el embrujo de Shanghái.

Marsé habla de muchos y de todo; habla o así lo he entendido yo, de un país desmemoriado, útilmente desmemoriado que quiere olvidar la tiranía sanguinaria de la que es responsable, que quiere olvidar como uno de los personajes quien fue. Un país que anduvo  de la depravación al oprobio y que en una irremediable desmemoria prefiere vivir en un presente continuo carente de responsabilidad.

“Algún día volveré” es un conflicto entre el olvido y el recuerdo con esa prosa precisa y preciosa que describe lo crudo de los tiempos de postguerra. Marsé dibuja la vida, tan igual y tan distinta de la lucha de clases de cada una de las clases que pueblan el franquismo. No admite los héroes en ninguna de ninguna de ellas y subraya lo decadente tanto de vencedores como de vencidos. Desmitificando esa idea de que los perdedores son siempre los buenos.

Como Vargas Llosa en Cinco esquinas aquí Marsé dibuja una burguesía despreciable barcelonesa en sus hábitos y creencias pero acusa también a una izquierda falsaria; una izquierda que mezcla y disfraza de política la vulgar delincuencia, intentando revestir de lucha izquierdista lo que es egoísmo, traición y bellaquía. Ser perdedores no les convierte automáticamente en buenos ni en héroes.

Es siempre una delicia leer a Marsé mezclando su historia con las historias que cuentan sus personajes, esas historias recreadas los unos de lo otros; ese estilo esdrújulo y ensortijado de los contadores de aventis que resulta tan complejo y que quizás tan solo Montero Glez es capaz de intentar recrear hoy como heredero marseliano.

Leedlo, leed siempre a Marsé. Leed este lujo de novela negra e histórica en la mejor versión de lo histórico y siempre en ese dejar huecos a medio llenar propio de Marsé que confiere al lector la potestad de construir su final.

 

¿Hay alguien ahí? estoy de vuelta

Me asomo a la ventana. Desde fuera la luz juega con las sombras de la mañana y un resol madrugador despierta el día. Primero pongo las manos en el alfeizar, asomo el flequillo ¿Hay alguien ahí?

Después, poco a poco, saco la mirada en esa sensación tan habitual en la vida en la que pensamos que no te ven porque no les ves y me quedo avergonzando, como si volver fuera no haber estado nunca.

Parece que no hay nadie, lo último escrito se remonta al mes de marzo que hacía frontera con un mes de abril sin aguas mil, ni versos achubascados. Todo desprende una sensación de casa solariega abandonada, una recurrente sensación de desapego y un ansia mal disimulada de levedad.

Sopla un viento sin nombre, o mejor, de nombre desconocido porque todos los vientos tienen un nombre con el que reiniciar un escrito. Me encantan los nombres de cualquier aire: garbí, mistral, cierzo, marinada que parecen llevarnos a mares lejanos en un sur imaginario. Me encantan los nombres de los vientos y los olores como en los paisajes costeros, sugerentes y sedentarios de los libros de Pla. Hoy, por ejemplo, huele a septiembre, con ese viento terral postrero que entibia amaneceres en las playas desiertas antes que desperece la hojarasca que todo lo embrutece.

Duelen, todavía duelen, las cicatrices blandas de los arañazos del desasosiego, los insomnios sangrantes y fríos, la espiral hacia lo oscuro de antesdeayer; la ausencia de palabras, lo que se va sin dar tregua como lo hace el tiempo. Qué virtud la de no darse importancia, la dulce irrelevancia de la intrascendencia, qué virtud la del olvido sin rencor; qué miedo, sin embargo, dan las nubes tras la tormenta.

Me asomo a la ventana ya con la cabeza fuera, respirando fuerte ¿hay alguien ahí? y abro el cajón donde se acumulan papeles no publicados, cuentos sin personajes,  narraciones sin final, y me doy cuenta de que no han sido meses sin palabras sino de palabras expectantes en una espera acomplejada y escondida. Un semestre en el que el reinicio se ha pospuesto como se procrastinan las visitas desconocidas en el zaguan de espera cuando andas cansado. Leer solo leer de manera bulímica, leer para irse, leer para volar, leer para ocupar, leer para olvidar.

La premura en confusión con la importancia, los cuadernos de trabajo salteados de versos en los ladillos, las pantallas que se tragan los bosquejos a lápiz y una estúpida creencia de que dando mil vueltas salen mejores versos. Escribir tan solo escribir, una vez más como boya en mares inciertos. ¿Hay alguien ahí?