viernes, 31 de marzo de 2017

Cuando llega la bajamar

Vivo en tiempos de extrañeza, de horas atrasadas y sed de blog. Miro lo que me rodea con ojos de niño chico, con la estupefacción primera que pinta nuestra adolescencia ante lo que no entendemos y que seguiremos sin entender cuando crezcamos y descubramos que simplemente no tenía sentido. 
Quisiera escribir de mil temas y de ninguno. Miro a la izquierda de lo que leo y a la derecha de lo que trabajo buscando inspiración. Miro el espacio casposo que me rodea y sus partidas de trileros con cartas marcadas, escucho millones de palabras huecas retroiluminadas, efectistas que solo contribuyen a hacer aparente lo evidente. O sea nada. 
Me gustaría tener un algoritmo que me intuyera con acierto como las daily mix del spotify, y que me dictara lo que corresponda cuando las musas sean solo una parada del metro naranja. Y es que este noviembre ha sido demasiado largo. 
En muchas de estas tardes en las que la tibieza se hace princesa durante el interregno entre el invierno y el soponcio, me recreo pensando que esto de escribir solo hace lindero con la pedantería y el solipsismo, tan solo eso; y dejo de atribuirle poderes esotéricos ni vocaciones libertadoras que no tiene. 
Y es que escribir en voz alta es tan solo la forma contemporánea de demandar besos como cuando entrabas en el bar a enrollarte con quien fuera tan solo para saberte o cuando ahora de mayor, vendes tus horas a cuarto y mitad para pagar el coche que te lleva al trabajo. 
Miro la bajamar de estos días sentado en el malecón, imaginando igual que Ismael la parte acuática del mundo. Tanto la he repudiado que temo el tiempo en que la añore: ese tiempo en el que me pare ante tiendas de ataúdes soñando con cruzadas en países lejanos, ese tiempo en el que ande tan cabreado con el mundo que pisotee el bombin de adlateres que gastan su decencia en Fuerteventura en los yates de especuladores, proxenetas y vendedores de armas. 
No veáis en estas líneas banderas blancas, tan solo cansancio. No veáis barcos hundidos tan solo sobrevivientes ilusionados con quemar los pecios de la nave vieja para hacer sardinas en islas desiertas.
Voy a coger aire, gritar fuerte, callar mas rato para que me deje el tiempo bastante para seguir escribiendo.

jueves, 16 de marzo de 2017

Luis Sepulveda. Opinión, admiración y banderas rotas

Luis Sepulveda ha conseguido escribir un libro solo. Sus cuentos, todos sus cuentos, se unen y se refieren, dictan el mismo argumento siempre, están hechos con los mismos mimbres. Luis Sepúlveda escribe del sur, el sur de los que siempre pierden las guerras y ganan las razones, el sur de las banderas rotas.
Consigue sin quererlo que sus paisajes se parezcan a sus novelas, a sus cuentos, a su poesía disfrazada de prosa. Porque esa sombra de lo que fuimos, de lo que quisimos, por lo que luchamos y perdimos, esa sombra digo, va uniendo las aventuras y los desencuentros, las noticias del sur y los diarios sentimentales, los viejos y los perros que siempre salen en sus novelas, el amor de trinchera.
Y la memoria, siempre la memoria, la de Verónica que se diluye en el dolor y en la tortura para no tener que llorar más fuerte. La memoria del abuelo en tierra de fuego. La memoria histórica que no es sino la desmemoria como tributo a pagar por la paz. Porque en última instancia todos cambiamos nuestros nombres a lo largo de nuestra vida aunque en el dni siga poniendo el mismo. Quizás todos terminemos exiliándonos en la patria de nuestros recuerdos.
Sepúlveda escribe de trenes en su último viaje, de la ilusión de poner en marcha viejas locomotoras. Los trenes como rebelión contra los invasores, como argumento para revivir en medio del desierto, como escapatoria cuando los generales rompen sus espejos; el tren del niño que prefiere siempre ponerse del lado del ladrón que del policía, es decir, del guerrillero antes que del imperio en la simbología mítica de nuestro chileno alemán, de nuestro asturiano patagón..
Sepulveda escribe de amor en la batalla, ding dong ding y escribe de Ahab aunque parezca que hable de Moby Dick y sus ballenas. Porque también la izquierda anda sobrada de generales, de locos que embarcan a sus pueblos en viajes temerarios hacia utopías vestidas de uniforme aunque sea de rojo.
He puesto sobre mi mesa todas las banderas rotas que cantaba mi paisano Labordeta para reivindicar la honradez de los perdedores. Quiere contar historias de héroes cotidianos, los niños que ya no salen en la foto de las favelas, delincuentes que pierden su nombre en el mundo del fin del mundo, donde es más importante una historia bien contada que una historia verdadera, donde no se pregunta porque se han olvidado casi todas las respuestas.
Me he leído de trago otros cinco libros del chileno y ando resacoso; con esa dulce resaca adúltera de las noches eventuales e imposibles. Realismo mágico contemporáneo, beber Jack Daniels, leer a León Felipe, perder guerras. Todos los exilios duran demasiado y todas sus novelas se me hacen demasiado cortas, porque querría nunca dejar de leerlas.
Desencuentros, La lampara de Aladino, Ultimas noticias del sur, Historias de aquí y de alla, Nombre de torero. Algunas me han gustado más que otras, algunas mucho, algunas sobran, pero en mi recuerdo todas han perdido sus fronteras porque se me aparecen como un libro solo, único, maravilloso y genial.


miércoles, 8 de marzo de 2017

Un libro de Sepúlveda y 7 fotos de marzo

Siete fotos
un frio atardecer de marzo
dos comidas de chapeau
mil doscientos besos
algún amor
mañanas de golportero en la playa
y un libro de Sepulveda
don Luis,
que escribe
como me gustaría escribir a mí
cuando sea mayor.

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