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viernes, 8 de enero de 2021

48 libros para recordar en un año para olvidar.

 Ya sabéis que un año no empieza hasta que se hace la lista de los libros leídos en el año anterior. No es eso de marcarse un rollete gafotas de cada uno de ellos sino más bien un repaso surfeando por las letras que han ido llenando los días de este precioso año de ventanas, mentiras y lágrimas.

Si queréis pasar del post y ver la lista completa 2020 la tenéis en esta pestaña

 

El primer libro fue El entenado, no conocía a Saer y me gustó mucho. La tribu de sus peculiares indios y sus contradicciones me hizo pensar. Saer escribe bien, muy bien a veces un poco denso, pero muy bien. Este año he empezado por Glosa del que llevo la mitad y tengo La Grande a la espera. Por lo que llevo leido no son como El Entenado que es un libro más cómodo, estos son más tipo sin argumento, pero escribe sensacional, la verdad, ya os iré contando.

Durante el primer tramo de pandemia me he quitado alguno de los libros de esa lista que tanto me gustan Los mejores libros en español de los últimos 25 años. El resultado ha sido desigual aunque esperado. El Jinete Polaco de Muñoz Molina me gustó mucho. Sin embargo, Marías (Mañana en la batalla) y Goytisolo (Paisaje después de la batalla) no me gustaron nada de nada ninguno de los dos. Goytisolo para mi incomprensible y a Marías lo indulté con Corazón tan blanco pero lo vuelvo a meter en la nevera con este. Se muere de intensidad para contar obviedades sin ligazón.

Hablando de bajonazos, 3 de  grandes autores (Esto de los libros es como estar sentado en la rama de una higuera, como decía Richard Chaning en Falcon Crest, que aunque estés cómodo siempre has de estar preparado para que se rompa).El primero Luis Sepulveda (fallecido este año) con esa serie de libros de animalicos que me parecen empalagosos a más no poder,este año el de la ballena; después Gabo con el tal Miguel Littin que no me dijo nada y totalmente inesperado el de Martinez de Pisón con Fin de Temporada, nada que ver con Derecho natural, El día de mañana o Carreteras secundarias que  son excelentes. Típico libro de relleno por contrato editorial que se alarga para que llegue al número de páginas vendibles, va dando saltos y no tiene ese encanto de las relacines familiares como tienen los otros. Sin embargo, Tiempos recios de Vargas Llosa, en el que no confiaba, resulta un libro más que apañado contando esas historias de dictadores caribeños que tanto me gustan. Ni que decir tiene que esta a años luz por debajo de la Fiesta del Chivo o Conversaciones en la catedral pero vamos muy bien.

Paul Auster y Fernando Aramburu: pues sí pero no. Decir que escriben mal sería una gilipollez, pero todavía me tengo que leer alguno de ellos que me enganche .  De Aramburu ya sabéis que soy de los pocos que me gustó más la serie de Patria que el libro. Este año me he leido Autorretrato sin mi. A Auster le quise dar una oportunidad y un día tuiteando con Montero Glez (toma petulancia, pero es cierto) me recomendó La noche del oráculo y bueno, como contestaría mi adolescente mayor cuando le pregunto su opinión de cualquier cosa “sin más”. Hablando de Montero Glez La imagen secreta es un libro precioso de la Transición en Madrid pero no espereis nada de movida promovida por el ayuntamiento que cantaba puturrú, aquí en ese lenguaje propio y genial de monterito nos habla de sus idolos de siempre que si Camarón, García Alix, Pata Negra y ese submundo madrileño setentero y ochentero al margen o además de la Chica de Ayer. Me gustó pero es que (como dijo Jenna Jamesson) de este tipo me lo trago todo.

He leído 7 libros de poesía, pero esto tiene trampa: primero porque los libros de poesía no se leen de forma lineal y segundo porque en dos casos son antologías completas. El regalo de la Obra completa de Miguel D´Ors ha sido junto con la macropantalla que me han traído los reyes el regalo del año (mis gafotas nuevas también, pero sobre mis decaimientos cincuenteros ya hablaremos otro rato). Le debo a Ion de Librosque leo conocer de la existencia de esta compilación de Miguel D´Ors que es todo un lujo. Lo puse en mi carpeta de libros que me compraría sin esperanza alguna por lo difícil de conseguir  y el duende de los deseos me lo puso en medio de la pandemia sobre la mesa del despacho igual para compensar mi plena dedicación de amaestra-adolescentes enjaulados. Los libros leídos este año de Pedro Andreu (Frio y Partida entre canallas) son libros de novicio primigenio. Si no conocéis a este autor sensacional mejor leeros en prosa Datrebil y El secadero de Iguanas o de poesía Laura y el sistema. Andreu es peculiar, pero si te engancha como a mí ya no puedes dejar de comprar todos sus libros. De Benjamín Prado sin estar mal, me esperaba más.

Lo de comprar libros en papel empieza a ser para mi una adicción, pero no lo puedo evitar y más si quienes lo publican son blogueros a los que sigo desde hace tiempo. Esto es un poco atrevido ya que si no te gusta te metes en un compromiso, pero la verdad es que he tenido suerte y tanto Todo lo que no te dije de Laura Gonzalez como El soldado que siguió más allá del río Ganges de Mario de Hermosa decadencia  son dos libros estupendos. 

Hay autores de los que, ya casi como constumbre, me leo un libro al año: así Richard Ford que este año me he leido Entre ellos hablando de sus padres y El mal de Corcira de Lorenzo Silva que se recupera con este episodio de una mala racha de Vila y Chamorro. Ambos me han gustado así como el de Huellebecq El mapa y el territorio.

También este año he seguido con el estudio de la segunda república, ya os he castigado con algún post al respecto, estoy en la fase de ir a los matices y leer cosas más peculiares o que estudian aspectos concretos. El libro sobre Azaña de Josefina Carabias, el de la izquierda burguesa republicana de Avilés Ferrer o el de Clara Campoamor sobre la revolución anarco-comunista del 36 en Madrid son ejemplo siendo libros muy entretenidos. El de Sangre y Fuego de Chaves Nogales juega en otra liga. A sangre y fuego es literatura con mayúsculas no solo ensayo y que seguro me obliga a leer nuevos libros suyos en 2021. Igualmente para Las bicicletas son para el verano de Fernan Gomez que hacía tiempo quería leerme.

No quiero acabar esta reseña de mis libros 2020 sin hacer alusión a dos de ellos. No sé si son los mejores del año o los que más me han gustado, pero sí sé que son los que más me han hecho pensar. Hablo en novela de Tenemos que hablar de Kevin y del ensayo de Silva Sanchez La expansión del derecho penal. Tengo en mi cuaderno más de 30 hojas de notas de cada uno. Los dos son distintos, pero los dos tienen en común que hablan de delitos y de responsabilidad. 

Cada uno tenemos nuestros vicios ridículos y a mi me encanta leer cosas de dogmática penal, que es una materia que en lo laboral no me sirve absolutamente para nada pero en lo filosófico me hace mantener las neuronas activas a mi provecta edad. Seguro que en algún momento rescataré los apuntes para escribir un post, pero no puedo resistirme a soltar algunos apuntes a modo de pregunta.

 ¿La política criminal (la pena como herramienta política) ha matado los principios y garantías penales democráticas? ¿El fin de esa pena justifica los medios de saltarse las garantías básicas? Esa necesidad contemporánea de la seguridad absoluta (accidentes cero decía una pretenciosa y ridícula campaña prevencionista de mi pueblo) y la creencia de que todo resultado lesivo debe tener un culpable al que penar (La mezcla del unglück con el unrecht germano) justifica una pena desproporcionada pero util. ¿Se ha sustituido las teorías de la causalidad y la finalidad por el principio de “imputación normativa”?. (“da igual quien cause las cosas, da igual quien las tenía previstas en su finalidad, lo importante es a quien se las carga el derecho, a quien se las imputa la norma para que duerma tranquila la sociedad timorata y vengativa contemporánea. No cabe lesión sin culpable).

¿Se están protegiendo “bienes jurídicos de clase” ante formas residuales de agresión (medioambientales por un lado, o económicas por otro…) para de esa forma escarmentar los demás?; ¿Tiene derecho el enemigo social a ampararse en los derechos garantistas del estado que quiere reventar, estamos construyendo un derecho penal de clase y del enemigo, un derecho penal solo penitenciario, sin admitir alternativas a la pena?

Peor aun, ¿estamos renunciando a la autoría real en favor de una imputación objetiva sin necesidad de probar dolo o culpa? ¿Queremos meter en la cárcel por relaciones consentidas cuando repugne a nuestra moralidad la prestación del consentimiento de la víctima? ¿Todo consentimiento sexual bajo los efectos del alcohol lo presumimos un consentimiento viciado? Si es así me considero víctima y actor de unos cuantos delitos. ¿Cuánto debemos adelantar la protección del peligro del bien para evitar su posible lesión, la tentativa imposible, el autor potencialmente peligroso?  ¿Quién es el culpable en la industria 4.0 de maquinas interrelacionadas; quien responde por los delitos tecnológicos, quien de los globalizados y organizados internacionalmente?

¿Estamos conformes con que quien figura como representante legal de una sociedad mercantil que gana dinero con una actividad debe ser penado por todas las lesiones que se produzcan en su ámbito de actuación? ¿Dónde queda el principio de culpabilidad personal? ¿Deben los pequeños rateros ser encarcelados con una función clara de aislamiento porque la acumulación de estos delitos leves puede asustar a futuro a la sacrosanta seguridad de la propiedad?

Tanto en un caso como en el otro se trata des un derecho penal de clase, expandido, propio de esta sociedad que no es capaz de soportar un daño sin un culpable que vaya a la cárcel y exige la pena desproporcionada como única garantía para preservar sus derechos de clase social.

Hala ya se me ha ido de las manos el post, bueno si alguien sigue ahí feliz año.

jueves, 17 de diciembre de 2020

La fuerza del optimismo y la tranquilidad aprendida: los ratones de Richard GM Morris, los perritos de Seligman y las golosinas de Mischel

Leo en el libro La fuerza del optimismo de mi adorado Rojas Marcos la importancia de ser optimista para conseguir ganar la tranquilidad vital que te permite vadear ríos y solventar mejor problemas. 

Podría resumirse en que si estas nervioso, pensando en que no lo vas a conseguir, braceas más rápido y te ahogas, si estás tranquilo, con la confianza de que otras veces los has logrado, nadas a ritmo y sin chapotear y terminas la mayoría de las veces pasando.

Dicho de otra manera "la gente que está acostumbrada a que las cosas le vayan bien es más proclive a que las cosas le vayan bien"  porque afrontan los retos con tranquilidad, en tanto que aquellos que no han tenido la oportunidad privilegiada de probar antes, cualquier reto les genera la paralisis de la incertidumbre que al final lleva al fracaso.

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Pero esto, con ser cierto tiene a mi modo de ver tiene una trampa. Pienso en “el espíritu emprendedor de los niños ricos” que como los ratoncillos de Morris (os copio al final el texto) han visto que en las anteriores ocasiones que han intentado la aventura de cruzar el rio, cuando la cosa iba mal había un pedrusco en el que apoyarse. Ahora que apuestan sin saber si hay pedrusco o no confían en que lo siga habiendo, por ello no se ven en la necesidad de bracear a lo loco que es justo lo que a los otros ratoncillos noveles les hace terminar en el fondo.

Imaginemos que dos crios se van a montar en una montaña rusa. El uno es el hijo del dueño y sabe que si estás tranquilo no pasa nada incluso el riesgo te divierte; el segundo por contra es la primera vez que monta y cuando el cacharro enpieza a funcionar se pone tan nervioso que se pone de pie para ise y se cae. 

El riesgo conocido hace que en el siguiente intento los ratones privilegiados estén tranquilos ya que saben a lo que se atienen (en el viaje por la charca de Morris naden más distendidos lo que les permite llegar a la orilla). Se han habituado y han podido conocer el riesgo real. Mientras tanto si nunca antes han entrenado, la primera apuesta del “ratoncillo pobre” lo más lógico es que el emprendedor esté nervioso. Y alguien nervioso es más proclive a cagarla, nadar peor, y ahogarse. Quien ha podido pasar por la experiencia previa afronta mejor el reto en la siguiente vez y no se pone nervioso. No te preocupes por ir a juicio es una chorrada dice el abogado a su cliente (será para ti que vas todos los dias, para mi que es la primera vez, estoy atacado y sabe dios lo que contestaré nervioso al juez y la terminaré fastidiando)

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Ya sabemos, por tanto, que quien tiene una visión positiva de las posibilidades tiene más posibilildades de que le vaya bien que quien afronta el reto atenazado y al que el propio miedo al fracaso le genera el fracaso. Por contra también existe el habito pesimista porque en otras ocasiones anteriores te ha ido mal y te habituas a que siempre vaya a ser así. La indefensión aprendida de los perros de Saligman. (También pongo el texto al final). Si al tocar el comedor me da una descarga cada vez que lo intento, asumiré mi impotencia para los sigientes intentos aunque ya no esté electrificado el comedor.

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El tercer caso es el de la gratificación demorada de las golosinas de Mischel. (Este ejemplo es conocido: se encierra a un niño con una chocolatina y se le dice que si espera un rato sin comersela le darán dos) Y me da por pensar en lo que sucede a los niños que sienten que les hacen promesas sociales incumplidas (a veces incumplibles). Si te sacrificas con el estudio conseguirás mañana  un nivel retributivo mayor; si eres dócil en tu trabajo conseguirás en un par de años un ascenso; pero poco a poco van aprendiendo que eso no va a ser así y que las veces anteriores se han sacrificado infructuosamente. Entonces a la tercera vez se zampan las golosinas a lo que pueden y que le den pol culo a Mischel y a la gratificación doble demorada.

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Desde un punto de vista ex ante es cierto que el rico no hace trampas. No hay piedras de apoyo para ninguno dirá en este caso concreto; pero su “tranquilidad aprendida” le da ventaja sobre el novato que está tan nervioso que se atenaza o al acojonado derivado de que siempre que lo ha intentado antes le han electrocutado. El ratón rico aunque no haya piedras de apoyo (no haya privilegios para él) no se ahogará presa de su nerviosismo o su sobrecautela. El ratón pobre sin embargo, muere (no porque no haya apoyo para él) sino porque el miedo le atenaza ya que lo cree imposible porque nunca antes lo ha sabido factible. La siguiente vez se comerá las chuches a la primera que pueda o se retraerá siquiera antes de intentar cruzar el rio. Me como lo que puedo y ya me las apañaré para conseguir otra chuche luego. (Intuye que alguien le hace trampas y es así).

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En definitiva los ratones de Morris están acostumbrados a ganar, en tanto que los perros de Saligman están acostumbrados a perder y piensan que lo normal es que así siga sucediendo. Es la creencia en que las cosas seguirán pasando como han venido pasando; "la creencia del pavo de acción de gracias" que cree que siempre le seguirán dando de comer sus dueños hasta que llega el día inesperado que se lo comen a él.

¿Pero esto puede ser inducido por uno mismo? Hay una serie de autores Watzlawick, Nardone y alguno más que hablan de la fuerza de "actuar como sí..." o "el autoengaño positivo" que hace que en situaciones como las descritas se sustituya la duda por una seguridad (aun sabiéndola ficticia). Una certeza aunque sea ponerse en lo peor, evita el miedo paralizante previo que evita la incertidumbre que provoca lo temido. Personas celosas que hacen la vida imposible a su pareja, provocando que le ponga los cuernos (confirmando la hipotesis previa del celoso) porque no lo soporta un segundo más. (Hipotesis causantes e hipótesis negativas autocumplidas).

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Compraos La fuerza del Optimismo pero no os copreis el nuevo libro de Rojas Marcos “Optimismo y salud” es un refrito del primero. Luego se quejan de que los lectores hacemos trampas pirateando pero lo de sacar refritos navideños para hacer caja también tiene su aquel. Yo soy tan fanático que me compro absolutamente todo de Rojas Marcos pero ese es mi problema.

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TEXTOS de Morris, Saligman y Mischel.

1.- Los conejos de Morris

Richard G.M. Morris, profesor de Neurociencia de la Universidad de Edimburgo, interesado en la memoria de los roedores, llevó a cabo en su laboratorio un experimento que constaba de dos pruebas consecutivas. Previamente había escogido al azar dos docenas de conejillos de Indias o cobayas. En la primera prueba introdujo la mitad en un estanque de agua enturbiada con un poco de leche, para que no vieran unos cuantos montículos que había colocado en el fondo. Éstos eran los cobayas “con suerte”, porque mientras braceaban para flotar se podían apoyar y descansar temporalmente en los promontorios ocultos antes de proseguir su marcha en busca de una salida. A la otra docena de cobayas los metió en un estanque de aspecto similar pero sin montículos. Estos conejillos “desafortunados” no tenían más remedio que nadar sin descanso para no ahogarse. Después de un buen rato, Morris sacó a todos los exhaustos animalitos del agua para que se recuperaran.

A continuación el investigador echó a los veinticuatro cobayas a un estanque de agua, también enturbiada con leche, sin isletas donde descansar. Mientras los cobayas del grupo “con suerte” nadaban a un ritmo tranquilo, el grupo de cobayas “desafortunados” chapoteaba desesperadamente sin rumbo. Justo en el momento en que las puntiagudas narices de los agotados conejillos de Indias desaparecían bajo el agua, Morris los rescató de uno en uno y, después de apuntar el tiempo que habían nadado, los devolvió a sus jaulas extenuados y probablemente sorprendidos de estar vivos.

Cuando Morris calculó los minutos que los cobayas se habían mantenido a flote, descubrió que los del grupo “con suerte” habían nadado más del doble de tiempo que los “desafortunados”. Su conclusión fue que los conejillos “con suerte” nadaron más tranquilos y durante más tiempo porque recordaban las invisibles isletas salvadoras de la primera prueba, lo que les motivaba a buscarlas con la “esperanza” de encontrarlas. Por el contrario, los cobayas que durante la primera prueba no habían encontrado apoyo alguno, tenían menos motivación para nadar y hasta para sobrevivir.

2-. Los perritos de Seligman

Mientras tanto, en un laboratorio de la Universidad de Pensilvania, el profesor Martin Seligman estudiaba con un método parecido el comportamiento de perros que habían sido expuestos a diversas situaciones estresantes. En el experimento más conocido, Seligman formó dos grupos de canes elegidos al azar. Acto seguido, metió a un grupo en una jaula de metal en las que los animales recibían molestas descargas eléctricas cada poco segundos. Estos pobres perros, hiciesen lo que hiciesen, no podían escapar. Al otro grupo lo introdujo en una caja metálica igualmente electrificada pero de la que los canes escapaban empujando con el morro un panel que tenían enfrente. En un segundo experimento, puso a todos los perros juntos en una jaula electrificada de la que podían salir saltando una pequeña pared. Mientras que el grupo de canes que en la primera prueba había logrado controlar los calambres se liberaba en pocos segundos, los perros que en la primera prueba fueron incapaces de escapar de los molestos choques eléctricos permanecieron inertes y no hacían esfuerzo alguno por huir de la tortura.
Seligman calificó de indefensión la reacción de estos perros pasivos sufridores, y pensó que los animales habían aprendido en el primer experimento a sentirse indefensos y, como consecuencia, en situaciones posteriores de adversidad no consideraban la posibilidad de controlar su suerte. En cierta manera, se habían convertido en perros desesperanzados, recordaban lo ocurrido en la primera prueba y daban por hecho que sus respuestas no servirían para nada, por lo que ¿para qué intentarlo? Seligman también observó que estos canes “pesimistas” con el tiempo sufrían más enfermedades físicas y morían antes que los perros que no habían experimentado la situación de indefensión.

3-. Las golosinas de Mischel

Un niño recibe una golosina y una instrucción clara: se puede comer la golosina de inmediato, o esperar cinco minutos y comerse dos golosinas: El experimento requería observar desde una ventana con espejo semitransparente el comportamiento de esos niños a la suculenta propuesta. Y luego proseguía con el intento de identificar bajo que premisas unos niños lograban controlarse y otros se abalanzaban sobre el dulce. Y sobre todo como actuarían años después los niños que en su vida habían adquirido el habito de la gratificación demorada.