lunes, 4 de agosto de 2014

El síndrome del superviviente

Poco me apetece escribir, la verdad, pero me niego a dejar el escaparate veraniego con un post frívolo sobre el Zaragoza después de lo del otro día. Me niego a dejarlo con pinta de gracieta en tanatorio, de show must go on, de borrón y cuenta nueva; me niego a ser uno de esos personajes odiosos de mis cuentos que saltan por encima de las cabezas de los cadáveres para no mancharse sus zapatos de Chanel. “Da gracias a dios de que todavía tengas la dignidad para que te duela y que la vida no te sea indiferente” me recordaba el viernes mi amigo N cuando le dije, con un nudo en la garganta, lo que había pasado.

Ya, ya lo sé, ya sé que es consecuencia de mi formación cristiana y mis creencias catoliconas pero no puedo dejar de sentir un regusto de culpa. Nunca me he conformado con la excusa de la obediencia debida, ni con la resignación de que no podía haber sido de otra forma, y además sí que podía haber sido. Y aunque por suerte en nada participé, no puedo dejar de sentirme culpable por omisión, culpable de haber guardado silencio, de no haber gritado más alto hace años ante las personas precisas; culpable de no haber dado un paso adelante, bueno, más adelante, de lo que lo he dado.

Miro las ascuas y los escombros y pienso en todo en lo que hemos fallado, por qué se abrieron grietas en las paredes maestras, quienes vendieron los forjados y jácenas por ganarse unos cuantos euros de más, por qué no había cimientos cuando vino el vendaval. Sin embargo lo fácil es echarle la culpa al que lleva la piqueta como si el que ha tenido que hacer el derribo, fuera el causante de la amenaza de ruina que hemos escondido con indiferencia durante años.

Quizá sea el “síndrome del superviviente” que se echa la culpa a sí mismo por haberse salvado de la riada cuando ve los cadáveres de sus amigos esparcidos por los ribazos. Pero prefiero tener el “síndrome del superviviente” que echar la culpa al muerto o a la mala suerte o a la caída de Lehman Brothers como método sádico de autoengaño mental que esconde la puta desidia.

No puedo soportar a la amiguita del niño del traja de rayas, al padre de blancanieves, a las señoronas que reclaman su chaqueta loewe perdida tras un naufragio en el que ha habido siete muertos. “ya no podemos hacer nada por ellos, la vida sigue adelante” dicen justificando su hijoputez. Y en esos momentos les miro con odio, bueno mejor dicho, lo que hago es bajar la cabeza en silencio y lo que miro es con miedo mi traje de Bob Esponja que cubre mi AK47 aquella con la que en otros tiempos tiroteé, disfrazado con risa de fondo de mar, tanta reunión baldía y tanto salón de té.

Bueno disculpen ustedes el desahogo, disculpen los otros algunas tarrascadas del día a día, tampoco tengo en cuenta las que a mí me hicieron, para mí solo fueron lances del juego.

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