martes, 19 de enero de 2010

Un cuento bloguérico: Perdiendo el avión.

Había perdido el avión o mejor dicho, el avión me había perdido a mi ,o bueno cualquier tipo de combinación entre perder el avión, dejar tirado y aerolíneas argentinas. La cuestión: Buenos Aires 14.00 horas. El hotel asignado por la línea estaba en la avenida 9 de julio o fecha parecida, justito frente al obelisco (por favor que al menos esté en el centro). Ya conocía San Telmo del último viaje y ya no eran horas para ir a Boca sin riesgo de perder órganos vitales. La calle Corrientes, Florida y sus librerías las había pateado a la ida en plan turista cultureta y las vacas de Puerto Madero se acojonarían si me veían llegar de nuevo dispuesto a devorarlas otra vez, así que gasté el bono comida en el mismo hotel y luego subí a la habitación que me recibió con una moqueta tipo criadero de ácaros, abrí la cama y me tumbé acompañado de un kilo de escrúpulos para poder ajustarme un sueño reparador. Me había levantado en Trelew a las 6.00 y a las 2.00 tenía el siguiente avión que me llevaría a Rio, estaba más cansado que un diia de cumpleaños con niños de la moli.


La habitacion del hotel era como una celda neo opusiana en donde hacer un poco de retiro espiritual (debo leer más el barullo en la herida).Se agolparon en mi cabeza mil sensaciones como que lo peor ya había pasado, quizá también lo mejor. Los hielos del calafate, el lago argentino y los glaciares de postal vividos en la soledad de un turista accidental. Un día pesado, digo pasado en Montevideo, el amargo sabor al mate y el abandono de un pueblo en ninguna parte de la Patagonía. Mis propias palabras repetidas mil veces en charlitas, en entrevistas oficiales disfrazadas de corbata (qué diría Viveiro en su blog anti ejecutivos) y sobre todo un empacho de yo que no me cabía en el cuerpo. Pensé no soporto las habitaciones de hotel sin ventanas y pensé también en mandárselo a amanita para la lista de cosas muy incómodas de su blog.


MIré al techo esperando que sucediera algo.Las novelas de polis ofrecen en cada viaje un asesinato o una historia de amor adultero o el golpe de estado que te pilla en medio o el alistamiento en alguna guerrilla pro maoísta que en principio te secuestran pero que luego pasas a liderar. Pero nada.


Y si de repente se oyeran dos disparos ¿Qué haría el viejo Méndez en aquella habitación con vocación de nido de ladillas? ¿Se estaría en ese momento cepillando Bevilacqua a la pija mileurista Chamorro escuchando alguna coplilla de Gardel (No mejor escuchando “el mar” de debussy como en la Habana de Cabrera Infante que les pega más? Plinio habría plegado cuidadosamente su traje y se habría acurrucado recordando a la Gregoria mientras veía achicarse el día porteño como se abrevian las tardes amoratadas en Tomelloso al tiempo de la vendimia. Petra Delicado se hubiera pintado los ojos, embutida en su traje ceñido, y hubiera abreviado una copa pensando en el profesor universitario que le había mirado (perdón admirado) al subir como primer sospechoso. (Debo leer menos el chico de la consuelo)


Falló el truco de contarme cuentos para amansar mis pensamientos. Lloré. Lloré como un hombre solo. Me sentía intrascendente, habitante trashumante, con odios contenidos por todas las cuchilladas laborales que había recibido, no muy comprendido en mi casa y agotado, con la luz encendida de la reserva, como viviendo una historia sin sentido o resentida, bebiendo cada segundo del viaje como un orzowei arrojado a la selva en un rito iniciático para que se lo comieran los leones. Sabía que estaba contruyendo en cada pensamiento futuros recuerdos, como dijo Sábato, aplazando la depresión para días más impares y haciéndome en definitiva un poco más mayor. También a mi me dolían las corvas por crecer de golpe como al preadolescente abducido del jardin de mis delicias.


Hay una tribu, dicen que descendiente de los primeros maories de Rotorua, que tenían fama de ser muy felices y que sin embargo una vez al año dejaban al descubierto un hueco profundo con el agua volcánica hirviendo y lanzas de punta, aquellas personas de la tribu que tenían pensamientos,rencores y remordimientos que les alteraban en su paz, se acercaban hasta el mismo borde del foso y realizaban un baile en el que llegaban a una situación de trance lanzándoles a los dioses, lengua fuera, sus más ocultos demonios mentales. Al amanecer muchos volvían ya limpios y dispuestos para empezar un nuevo ciclo feliz, otros se quedaban cabizbajos y se arrojaban al abismo para acabar allí sus días en la tierra. Nadie pedía explicaciones, era lo normal. Cuando escuché la historia en el viaje a Nueva Zelanda me quedé mucho tiempo dándole vueltas. Era como el día de la extrema libertad como si una vez al año la sociedad te brindaran no tanto la oportunidad de suicidarte como la de reafirmarte en quien eras para seguir viviendo sin remordimientos ni rencores Como un viaje en el que pudieras tomar la decisión de no volver jamás y del que sin embargo decidieras libremente volver.


3 comentarios:

  1. Joerrrr, los otros comentarios ya han desaparecido de la blogosfera.

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  2. Así tu coment es el primero...Tranqui Pseudo, que tengo los comentarios viejos guardados tras la muerte súbita de guindouslaif...
    entonces solo me leia viveiro y molinos y empezaba amanita.

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