viernes, 8 de septiembre de 2017

Mi cocodrilo Manuel



Anteayer anduve treinta y seis horas paseando a mi cocodrilo por la calle, caminaba con sus patillas arqueadas como si fuera un policía local escocido; pero él, sin embargo, indiferente al qué dirán, se pavoneaba pincho y risueño como si no le importara nada. A mitad del camino se zampó a un chihuahua que es un perro ridículo donde los haya, tres gorriones que son el paradigma de la inutilidad urbana y le mordió el tobillo a una manifestante a favor de la contrariedad.
Mi cocodrilo es muy selectivo, le gustan las señoras maduras de piernas morenas y las presentadoras de televisión que tengan los ojos negros. Muchas veces le he pillado intentando el pecadillo de Onan con sus patillas torpes viendo a la presentadora de antena3 del mediodía. Yo le castigo y le azoto en los morretes por irrespetuoso, pero enseguida se me pasa cuando veo sus ojos saltones implorando perdón como seminarista tras día de fiesta.
Ser cocodrilo hace gracia, pero solo al principio, porque estás tan cerca del suelo que solo ves tobillos y dedos gordos asomando por las chanclas. “Mira, la luna llena” le he susurrando esta noche y el pobrecillo no la podía alcanzarla con su mirada. Esa es una de las penas de ser cocodrilo, el que te cueste tanto ver la cara de los sueños tras la luna, “¿Quién no se ha sentado frente al mar a la atardecida de los diecisiete y se ha imaginado un rostro imposible que riela en el mar como la luna del poeta?”.
Es mentira eso de las lagrimas de cocodrilo, ellos no lloran, solo pronuncian unos quejidos confundibles con un momo de desasosiego cuando escuchan una tertulia política. A los cocodrilos no les gusta la política solo las carrilleras del bona área regadas con sidra del eroski.
A mi cocodrilo Manuel le gusta mucho la poesía; sobre todo la que habla de batallas perdidas, de héroes derrotados y de banderas rotas. Me ha pedido que no incluya nombres de poetas concretos en este post para no granjearse enemigos. El sabe bien que no hay peor enemigo que un lector de un poeta preterido.
En el rincón sombrío del cuarto de la téle le he puesto una manta y allí se amodorra como esposa cincuentona en domingo. Se queda esperando con la boca abierta a que le lea fragmentos de alguno de los últimos libros que me haya terminado. Este verano ha sido Canada de Richard Ford, ese que habla de la vida como adaptación.
Mi cocodrilo se ha adaptado con gusto a la vida de ciudad, no como esos perros de los trineos que los sacan de Laponia y se vuelven agresivos aquí. Mi cocodrilo es pacifista por eso se ha tatuado en el lomo una pistola y una foto de Camarón. Nada de Hippies, nada de Beatles, nada de palomas que son ridículas como los chihuahuas y los gorriones; mi cocodrilo Manuel odia a las palomas y a la hija de puta de Yoko Ono.
Casi nunca sale a la calle. Solo los años bisiestos tiene el capricho de salir treinta y seis horas, solo treinta y seis, a dar una vuelta conmigo. Cuando regresa a casa está muy cansado pero feliz y para que termine su día como a él le gusta, le pongo La leyenda del tiempo a toda marcha y así se queda dormido con la babilla canela entre sus mil dientes.


2 comentarios:

  1. Já, qué bueno. Me ha recordado a mi varano del verano. Una historia de mi blog anterior. De cuando me ocupaba de llevar de verdad un blog.

    http://angelessobreberlin.blogspot.com.es/2010/08/que-hastio-de-estio-diario-del-varano.html

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  2. Pues sí sr NaN tu varano de verano tiene q ser amigo de mi cocodrilo Manuel.
    Excelente tu relato q no había leído.
    Abrazos.

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