jueves, 17 de septiembre de 2020

Crónica de un verano tranquilo.

A veces escribo de lo que leo, unas pocas de lo que vivo, otras muchas de lo que siento. Sin duda lo más fácil es escribir de esto último y de lo primero y lo más complicado escribir de lo del medio. Contar lo que va pasando requiere el esfuerzo de normalizar lo normal (que probablemente es lo más extraño) y enfrentarse a lo cotidiano como si fuera trascendente y a alguien le importara.

Este largo verano no he hecho nada, nada en su sentido más estricto, y quizá diga demasiado. Me he levantado muy pronto y sentado en mi orejero verde he visto amanecer tranquilo entre las montañas. Mis adolescentes que empiezan a encontrar los divertimentos y los peligros de las madrugadas regalaban a las mañanas las horas que les habían pedido prestadas a los trasnoches y hasta casi mediodía no daban señales de vida. Las abuelas guardaban silencio respetuoso y mi santa esposa, los días en que lo laboral le daba permiso para subir a vernos, prefería el solaz que el trasiego.

He leído ensayos de temas conocidos y libros largos. También algún clásico que tenían que leer mis hijos y alguna recomendación pendiente como la de Auster. Lo mejor El jinete polaco que se me había atragantado en anteriores intentos y me ha gustado bastante y varios libros de la segunda república ya en nivel avanzado. He preferido antes andar por los caminos que emprender excursiones, aunque es cierto que he subido al Ibon de Acherito que año tras año aplazaba para el siguiente y al fin lo he conseguido. He comido de manera desmedida (y muy bien) hasta el punto de ver peligrar la cifra del medio. (Sin perder mi atractivo cuerpo, por supuesto).





He intentado ver la tele lo menos posible para no sucumbir al odio contra los que nos gobiernan y no se merecen ni mi atención. Desconfianza es la palabra, mentira, descrédito, manipulación, ineptitud ¿Cómo podremos explicar a nuestros nietos que siendo los peor gobernados del mundo no haya pasado nada? ¿Qué tiene que suceder, acaso que mueran 50000 personas? Uy no, que eso ya ha pasado; ¿Que en una pandemia mundial tengamos los peores datos? Uy eso también. ¿Que se dejen de dar datos de evolución porque la gráfica quede fea? ¿Qué salga alguien en la tele diciendo que los 50000 muertos infectados se han podido morir por accidentes de tráfico? Todo eso ha pasado mientras las teles daban sálvame de luxe, una serie turca de amor o cómo el Zaragoza perdía una vez más la posibilidad de subir a primera. Circo, mucho circo, mientras resonaban todavía aplausitos desde el balcón y médicos protegidos con bolsas de basura.

Cansancio, un fuerte cansancio sin reporte de haber llegado. Como cuando paras a mitad de camino para tomar aliento y ves la cumbre lejos y la bajada complicada. Un verano entre paréntesis borracho de lentitud. Una apacible lentitud preludio de lo desconocido y la incertidumbre de lo que falta por llegar. Si a mi se me diera bien el andar por los caminos, hubiera andado mil leguas en línea recta, pensando, solo pensando, sin aspiraciones ni reproches. Algo parecido debe de sentir la gente que sabe meditar. Una felicidad vacía, sin aconteceres, sin anécdotas. Que sea más fácil escribir en el blog lo que siento  que lo que vivo.

He dejado el teléfono de trabajo enchufado conscientemente por si alguien podía requerir mi ayuda, como así ha sido, o tan solo porque alguien necesite hablar un rato y desaguar en tiempos de tormenta, que también. No es una cuestión de buenismo, sino de que la paz a veces también requiere de autocomplacencia y de poder estar satisfecho de uno mismo.

También he dejado a mis hijos hacer más o menos lo que querían (dentro de un orden, claro) y que mi mujer utilizara su tiempo sin programas ni obligaciones autoimpuestas típicas de época estival. Cada uno a su bola estando juntos cuando queríamos y disfrutando también de un silencio compartido. Respirar, necesitamos respirar. Todos juntos cada uno por su lado.

Los últimos días han sido de playa porque sin mar me muero. Me he bañado al anochecer, cuando ya solo quedaban sombras de colores pastel apenas diferenciadas tras mi  creciente miopía e intuyendo el sol morir en naranja. Este año hemos ido menos días porque en la playa la gente era bastante desobediente, pero suficiente como para quitarme el mono.

También me he cambiado el móvil que ya era hora, regalo de mi familia. Una vez más ha quedado postpuesto mi viaje a Nueva York. Cada vez que quiero ir pasa una tragedia por allí. Quizá la sabiduría de la edad sea eso, saber que determinadas cosas ya no las harás y que no te importe demasiado. 

Bueno que no os lo he dicho, pero es que este verano he cumplido 50 años.

3 comentarios:

  1. Vamos a por un otoño tranquilo lleno de cosas pequeñísimas que nos den tranquilidad y calma. Yo no he cumplido 50 pero mi verano se ha parecido al tuyo.

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  2. Muchas felicidades corassón :-) a mi me caen el año que viene, qué buena añada la nuestra.
    Mi verano también ha sido así y no he echado nada de menos.

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  3. Te veo muy zen en algunas frases, y tienes ese tempo para ejecutar un final de post casi literario, enhorabuena. Por los años no te felicito, porque siempre me has parecido más joven al leerte, aunque sé que la edad a veces es una anécdota, que lo importante en el mobiliario neuronal, y de eso vas bien surtido.
    Entiendo y comparto lo de alejarse del circo y la televisión, pero últimamente, no sé, siento que me arden la bilis en la garganta por la negligencia criminal de nuestros políticos. Sánchez se quito el ‘marrón’ y pasó la gestión del coronavirus a las comunidades autónomas, casi con una sonrisita arribista. Pero hacía falta un cierto control estatal que unificase políticas, algún tipo de liderazgo, alguna linea roja de contagios para empezar a actuar. Es increíble. Dos meses tirados a la basura sin contratar profesores, ni un plan de vuelta al colegio, ni rastreadores, ni médicos ni nada. Nuestros impuestos, el dinero que nos da Europa, ¿dónde va, en qué se invierte? Me siento tentado de hacer una entrada al día con todos los despropósitos que leo, pero sé que sería contraproducente. Qué asco, que lamentable; y yo tengo suerte, solo tengo que preocuparme por mi madre, ¿pero la gente con hijos pequeños, con un negocio? Bueno, me voy por las ramas, perdona el exabrupto. Me alegra que hayas tenido unas vacaciones tranquilas, y las lecturas; me he apuntado ese libro de poesía que apuntas como Obra Maestra… ya veremos.
    Un abrazo, te deseo lo mejor.

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