jueves, 17 de diciembre de 2020

La fuerza del optimismo y la tranquilidad aprendida: los ratones de Richard GM Morris, los perritos de Seligman y las golosinas de Mischel

Leo en el libro La fuerza del optimismo de mi adorado Rojas Marcos la importancia de ser optimista para conseguir ganar la tranquilidad vital que te permite vadear ríos y solventar mejor problemas. 

Podría resumirse en que si estas nervioso, pensando en que no lo vas a conseguir, braceas más rápido y te ahogas, si estás tranquilo, con la confianza de que otras veces los has logrado, nadas a ritmo y sin chapotear y terminas la mayoría de las veces pasando.

Dicho de otra manera "la gente que está acostumbrada a que las cosas le vayan bien es más proclive a que las cosas le vayan bien"  porque afrontan los retos con tranquilidad, en tanto que aquellos que no han tenido la oportunidad privilegiada de probar antes, cualquier reto les genera la paralisis de la incertidumbre que al final lleva al fracaso.

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Pero esto, con ser cierto tiene a mi modo de ver tiene una trampa. Pienso en “el espíritu emprendedor de los niños ricos” que como los ratoncillos de Morris (os copio al final el texto) han visto que en las anteriores ocasiones que han intentado la aventura de cruzar el rio, cuando la cosa iba mal había un pedrusco en el que apoyarse. Ahora que apuestan sin saber si hay pedrusco o no confían en que lo siga habiendo, por ello no se ven en la necesidad de bracear a lo loco que es justo lo que a los otros ratoncillos noveles les hace terminar en el fondo.

Imaginemos que dos crios se van a montar en una montaña rusa. El uno es el hijo del dueño y sabe que si estás tranquilo no pasa nada incluso el riesgo te divierte; el segundo por contra es la primera vez que monta y cuando el cacharro enpieza a funcionar se pone tan nervioso que se pone de pie para ise y se cae. 

El riesgo conocido hace que en el siguiente intento los ratones privilegiados estén tranquilos ya que saben a lo que se atienen (en el viaje por la charca de Morris naden más distendidos lo que les permite llegar a la orilla). Se han habituado y han podido conocer el riesgo real. Mientras tanto si nunca antes han entrenado, la primera apuesta del “ratoncillo pobre” lo más lógico es que el emprendedor esté nervioso. Y alguien nervioso es más proclive a cagarla, nadar peor, y ahogarse. Quien ha podido pasar por la experiencia previa afronta mejor el reto en la siguiente vez y no se pone nervioso. No te preocupes por ir a juicio es una chorrada dice el abogado a su cliente (será para ti que vas todos los dias, para mi que es la primera vez, estoy atacado y sabe dios lo que contestaré nervioso al juez y la terminaré fastidiando)

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Ya sabemos, por tanto, que quien tiene una visión positiva de las posibilidades tiene más posibilildades de que le vaya bien que quien afronta el reto atenazado y al que el propio miedo al fracaso le genera el fracaso. Por contra también existe el habito pesimista porque en otras ocasiones anteriores te ha ido mal y te habituas a que siempre vaya a ser así. La indefensión aprendida de los perros de Saligman. (También pongo el texto al final). Si al tocar el comedor me da una descarga cada vez que lo intento, asumiré mi impotencia para los sigientes intentos aunque ya no esté electrificado el comedor.

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El tercer caso es el de la gratificación demorada de las golosinas de Mischel. (Este ejemplo es conocido: se encierra a un niño con una chocolatina y se le dice que si espera un rato sin comersela le darán dos) Y me da por pensar en lo que sucede a los niños que sienten que les hacen promesas sociales incumplidas (a veces incumplibles). Si te sacrificas con el estudio conseguirás mañana  un nivel retributivo mayor; si eres dócil en tu trabajo conseguirás en un par de años un ascenso; pero poco a poco van aprendiendo que eso no va a ser así y que las veces anteriores se han sacrificado infructuosamente. Entonces a la tercera vez se zampan las golosinas a lo que pueden y que le den pol culo a Mischel y a la gratificación doble demorada.

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Desde un punto de vista ex ante es cierto que el rico no hace trampas. No hay piedras de apoyo para ninguno dirá en este caso concreto; pero su “tranquilidad aprendida” le da ventaja sobre el novato que está tan nervioso que se atenaza o al acojonado derivado de que siempre que lo ha intentado antes le han electrocutado. El ratón rico aunque no haya piedras de apoyo (no haya privilegios para él) no se ahogará presa de su nerviosismo o su sobrecautela. El ratón pobre sin embargo, muere (no porque no haya apoyo para él) sino porque el miedo le atenaza ya que lo cree imposible porque nunca antes lo ha sabido factible. La siguiente vez se comerá las chuches a la primera que pueda o se retraerá siquiera antes de intentar cruzar el rio. Me como lo que puedo y ya me las apañaré para conseguir otra chuche luego. (Intuye que alguien le hace trampas y es así).

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En definitiva los ratones de Morris están acostumbrados a ganar, en tanto que los perros de Saligman están acostumbrados a perder y piensan que lo normal es que así siga sucediendo. Es la creencia en que las cosas seguirán pasando como han venido pasando; "la creencia del pavo de acción de gracias" que cree que siempre le seguirán dando de comer sus dueños hasta que llega el día inesperado que se lo comen a él.

¿Pero esto puede ser inducido por uno mismo? Hay una serie de autores Watzlawick, Nardone y alguno más que hablan de la fuerza de "actuar como sí..." o "el autoengaño positivo" que hace que en situaciones como las descritas se sustituya la duda por una seguridad (aun sabiéndola ficticia). Una certeza aunque sea ponerse en lo peor, evita el miedo paralizante previo que evita la incertidumbre que provoca lo temido. Personas celosas que hacen la vida imposible a su pareja, provocando que le ponga los cuernos (confirmando la hipotesis previa del celoso) porque no lo soporta un segundo más. (Hipotesis causantes e hipótesis negativas autocumplidas).

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Compraos La fuerza del Optimismo pero no os copreis el nuevo libro de Rojas Marcos “Optimismo y salud” es un refrito del primero. Luego se quejan de que los lectores hacemos trampas pirateando pero lo de sacar refritos navideños para hacer caja también tiene su aquel. Yo soy tan fanático que me compro absolutamente todo de Rojas Marcos pero ese es mi problema.

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TEXTOS de Morris, Saligman y Mischel.

1.- Los conejos de Morris

Richard G.M. Morris, profesor de Neurociencia de la Universidad de Edimburgo, interesado en la memoria de los roedores, llevó a cabo en su laboratorio un experimento que constaba de dos pruebas consecutivas. Previamente había escogido al azar dos docenas de conejillos de Indias o cobayas. En la primera prueba introdujo la mitad en un estanque de agua enturbiada con un poco de leche, para que no vieran unos cuantos montículos que había colocado en el fondo. Éstos eran los cobayas “con suerte”, porque mientras braceaban para flotar se podían apoyar y descansar temporalmente en los promontorios ocultos antes de proseguir su marcha en busca de una salida. A la otra docena de cobayas los metió en un estanque de aspecto similar pero sin montículos. Estos conejillos “desafortunados” no tenían más remedio que nadar sin descanso para no ahogarse. Después de un buen rato, Morris sacó a todos los exhaustos animalitos del agua para que se recuperaran.

A continuación el investigador echó a los veinticuatro cobayas a un estanque de agua, también enturbiada con leche, sin isletas donde descansar. Mientras los cobayas del grupo “con suerte” nadaban a un ritmo tranquilo, el grupo de cobayas “desafortunados” chapoteaba desesperadamente sin rumbo. Justo en el momento en que las puntiagudas narices de los agotados conejillos de Indias desaparecían bajo el agua, Morris los rescató de uno en uno y, después de apuntar el tiempo que habían nadado, los devolvió a sus jaulas extenuados y probablemente sorprendidos de estar vivos.

Cuando Morris calculó los minutos que los cobayas se habían mantenido a flote, descubrió que los del grupo “con suerte” habían nadado más del doble de tiempo que los “desafortunados”. Su conclusión fue que los conejillos “con suerte” nadaron más tranquilos y durante más tiempo porque recordaban las invisibles isletas salvadoras de la primera prueba, lo que les motivaba a buscarlas con la “esperanza” de encontrarlas. Por el contrario, los cobayas que durante la primera prueba no habían encontrado apoyo alguno, tenían menos motivación para nadar y hasta para sobrevivir.

2-. Los perritos de Seligman

Mientras tanto, en un laboratorio de la Universidad de Pensilvania, el profesor Martin Seligman estudiaba con un método parecido el comportamiento de perros que habían sido expuestos a diversas situaciones estresantes. En el experimento más conocido, Seligman formó dos grupos de canes elegidos al azar. Acto seguido, metió a un grupo en una jaula de metal en las que los animales recibían molestas descargas eléctricas cada poco segundos. Estos pobres perros, hiciesen lo que hiciesen, no podían escapar. Al otro grupo lo introdujo en una caja metálica igualmente electrificada pero de la que los canes escapaban empujando con el morro un panel que tenían enfrente. En un segundo experimento, puso a todos los perros juntos en una jaula electrificada de la que podían salir saltando una pequeña pared. Mientras que el grupo de canes que en la primera prueba había logrado controlar los calambres se liberaba en pocos segundos, los perros que en la primera prueba fueron incapaces de escapar de los molestos choques eléctricos permanecieron inertes y no hacían esfuerzo alguno por huir de la tortura.
Seligman calificó de indefensión la reacción de estos perros pasivos sufridores, y pensó que los animales habían aprendido en el primer experimento a sentirse indefensos y, como consecuencia, en situaciones posteriores de adversidad no consideraban la posibilidad de controlar su suerte. En cierta manera, se habían convertido en perros desesperanzados, recordaban lo ocurrido en la primera prueba y daban por hecho que sus respuestas no servirían para nada, por lo que ¿para qué intentarlo? Seligman también observó que estos canes “pesimistas” con el tiempo sufrían más enfermedades físicas y morían antes que los perros que no habían experimentado la situación de indefensión.

3-. Las golosinas de Mischel

Un niño recibe una golosina y una instrucción clara: se puede comer la golosina de inmediato, o esperar cinco minutos y comerse dos golosinas: El experimento requería observar desde una ventana con espejo semitransparente el comportamiento de esos niños a la suculenta propuesta. Y luego proseguía con el intento de identificar bajo que premisas unos niños lograban controlarse y otros se abalanzaban sobre el dulce. Y sobre todo como actuarían años después los niños que en su vida habían adquirido el habito de la gratificación demorada.



2 comentarios:

  1. ¿Y cómo actúan años después los niños?.
    Porque la diferencia entre los animales y nosotros es que los humanos tenemos casi veinte años para aprender a base de observar a unos y otros antes de tirarnos al agua.

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  2. Pues en mi opinión, cada vez veo más claro que somos gentes de hábitos y nos acostumbramos a lo que nos pasa y aprendemos a sobrevivir con referencia a lo que nos va sucediendo. Que los psicologos anticonductistas me perdonen. Tenemos una esperanza, muchas veces infundada pero util, en que las cosas pasarán como vienen pasando.
    Cuando anda como un pato, nada como un pato y vuela como un pato nos terminamos acostumbrando a que realmente sea un pato y no un cocodrilo; el pavo de acción de gracias sigue creyendo que sus dueños le seguirán alimentando toda su vida como han venido haciendo todo el año sin que pase por su cabeza que en llegando noviembre se lo zampen, y si elinvestigador de cisnes ha visto quie los cisnes han sido toda la vida blancos, se hace un concepto de cisne ligado a lo blanco sin tener en cuenta que la ausencia de evidencia en contrario no es evidencia de ausencia.
    Por eso si los niños van comprobando como los ratoncillos, que ante opciones de riesgo al final hay una red o una piedra de apoyo, adoptarán decisiones más arriesgadas que a su vez les reportan más satisfacciones y reconfirmación de sus teorías positivas. En tanto que los niños a los que la vida les acostumbra a que los saltos mortales suelen acabar con huesos rotos seguramente adoptaran menos opciones arriesgadas.
    Por eso, en mi opinión, las teorías de gratificación demorada, tienen que tener en cuenta los antecedentes e historial de apuestas precedentes. El niño al que no le han dado previamente las golosinas que le prometieron al esperar, la siguiente vez que le pongan en la tesitura se zampara todas las golosinas en cuanto las tenga delante auqnue le prometan darle el triple si espera.
    Nunca me ha gustado esto de las golosinas, por supuesto que la paciencia puntua muchas veces más que la impulsividad, pero efectivamente no podemos esperar veinte años para saber si la vida es justa con nosotros y premia nuestra espera.
    Besos

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