Cuando Marcos Cifuentes escribió el libro de cuentos “El vagabundo y la princesa” a mi ni se me pasaba por la cabeza ser la persona afamada que soy ahora. Me presentó a su hija, una morena alta de cara fea y tipo imponente que se dedicaba a cantar baladas por los cafés de calle Miranda.
La tarde que os quiero contar, subió al escenario lentamente y no pude por menos que mirarle el culo. Era sin duda uno de los mejores culos que haya visto jamás. El tipo de al lado me descubrió babeando y quiso hacerse el gracioso: “Aprende lo que te voy a decir chaval, las feas son las que mejor follan, porque…” y antes de que acabara la frase, se encontró un botellazo en plena cara. Lo siento no es nada contigo, le dije, pero estoy cansado de puretas con ricitos engominados que van dando lecciones por los bares a gente que no conocen de nada. Me agaché a comprobar si me había pasado y si por desgracia se le había clavado algún cristal en la cara, vi que no, y aproveché el momento para darle un puntapié en los guebos que le hizo encogerse como un gusano al que le clavan una aguja.
Años después, a Cifuentes le dieron matarile los milicos y lo tiraron al Océano con una piedra al cuello y la boca llena de sus propias páginas y metáforas, fue en uno de esos paseos de la muerte que salían del comité central en las madrugadas heladas de la dictadura. El señor Begoglio, vivía al lado, y todavía recuerda los gritos y sollozos de los torturados, quizá fue una de las razones por las que luego se hizo cura. La hija de Cifuentes me lo contó en su apartamento de via cañete, el día que se cumplían diez años de la muerte de su padre, tras cantarme una canción de Zulema Ribera y echarme un polvo hermoso, triste y profundo. Yo ya era famoso.
Al final leí “El vagabundo y la princesa” que algunos críticos catalogan como la obra más representativa de la llamada “subvanguardia hispanoamericana pop”. Realmente no valía nada. Una vez más se demuestra que las corrientes literarias se forman sobre mitos inexistentes de escritores muertos prematuramente. El tipo del suelo resultó ser el Kimocho, al que quizá conozcáis ahora como actor de la tele, un buen tío. Aunque no os lo creáis llegamos a ser buenos amigos y hasta hace poco que cayó en el Alzheimer, aun me recordaba aquella noche de la calle Miranda cuando quiso explicarme que las feas eran las que mejor follaban. Nunca le pregunté el porqué.
