No te veré morir de Muñoz Molina
tiene la extraña cualidad de que la mitad del libro se te hace largo porque te
explica todo tan ralentizando que llegas a la desesperación y la otra mitad se
te hace corta porque quedan tantas cosas colgando que te parece increíble que solo
te queden ocho o diez páginas para terminar.
El libro empieza con una sola
frase de setenta y tres páginas, como lo oís, con una sola frase que se va en
religando página tras página (ríete de Marías) y a la que disculpen mi tontuna
no le encuentro la mínima utilidad más allá de pasar al campeonato mundial de
frases largas.
Muñoz Molina siempre escribe
bien, pero no siempre escribe entretenido y esta es una de esas ocasiones en
las que la diversión no concurre. A mí me gustan mucho El jinete polaco y
Plenilunio y muchísimo Los misterios de Madrid que siempre los sabios del
babelia la relegan a libro de segunda cuando es un librito entretenidísimo y excelente.
Sin embargo, El invierno en Lisboa se me hizo bola como se me ha hecho ésta, no
es que esté mal escrito, es que no es entretenido, sin más.
Y no es que el libro no toque asuntos para darle a la mollera. Muñoz Molina tiene un especial arte para tratar
con mimo y profundidad los temas que toca (leed Todo lo que era sólido). Me imagino que cuando se llega a
los setenta que tiene el protagonista (incluso cuando estas en los 50), va de
sí reflexionar sobre todas las vidas que te has dejado por el camino
voluntariamente o no. La vida que te haces y la vida que te hacen o te han
hecho. Una vida que se vive como si alguien la hubiera preparado para ti y no hubieras
tenido valor para cambiarla. La vida que se elige a fuerza de renuncias. Y un día
te vas de Madrid y de repente han pasado cuarenta y siete años y has triunfado
en lo laboral y en lo familiar pero en lo personal convives con tus añoranzas
inconclusas para siempre. Esta novela podríamos decir, en plan intenso, que es la
novela de la elipsis. Unos zagales que a los veintitantos están enchochaditos,
pero que él se va a los eeuu y pasan cuarenta y tantos hasta que se
reencuentran.
Muñoz Molina nos presenta un
libro de apariciones y desapariciones sorpresivas. Cuando se cree que el padre
no va a aparecer más, resulta que aparece tras la guerra y sin embargo ese “hasta
pronto, enseguida volveré”, se convierte en un hasta siempre sin terminar de
explicar el porqué. Y el que espera desespera, como el narrador del segundo capítulo
que cae en la desidia vital. Y la convivencia necesaria con los recuerdos, a
veces, es el signo de cobardía de los que no se han atrevido a revivirlos para repararlos.
Las voces del narrador se
aparentan tramposas en no te veré morir, a medias testigo, a medias omniscente. Unas veces desde la primera persona y otras en contrapunto
a través de la narración que de mí hace una persona que me conoció (Coetzee
hacía algo así en Verano). Y lo más chocante a mi modo de ver, cuando te das
cuenta de que la manera de recordar a veces se convierte en una manera
mentirosa de reconstruir el pasado. No os creáis del todo al narrador, por muy
ilustre y confiable que resulte, porque a veces, solo repintando la memoria se
hace ésta soportable. Y muchas veces, las más de las veces, las cosas no tienen más explicación
que la escusa de no haberlo hecho y repensar es rayarse la cabeza sobre todo cuando difícilmente hay
una vuelta atrás.
Hay más temas como la
contraposición entre el Madrid sesentero y los eeuu soñados de entonces. El coñazo
de la vida académica y universitaria, la vacuidad de la filantropía a gran
escala y el aburrimiento de los salones de té en casa del señor embajador.
En fin un libro que como esos
exámenes de séptimo de EGB el profesor te ponía un seis y luego te decía no es
que no te merecieras un notable pero tu puedes hacerlo mejor.