miércoles, 20 de marzo de 2024

Ochenta dias de verano

 

Aquellos días de verano, 

sin prisa, 

sin nada que hacer. 

Con el tiempo que pasaba lento,

sin dañar, 

construyendo futuros recuerdos.

Así era, exactamente así

el espacio donde yo vivía ochenta días al año

veinte años

y me siguen durando la vida entera.


domingo, 10 de marzo de 2024

Montero Glez "La vida secreta de Roberto Bolaño" Opinión y crítica

 

Los libros de Montero Glez como los buenos polvos piden volver a empezar en un segundo intento nada más acabar. Un segundo intento sin premura y sin ni siquiera tener la certeza de poder terminar, ¿para que vamos a ir con fantasmadas? Recrearse en el placer sin prisa y sin objetivo, detenerse en los detalles que la pasión inicial nos hizo pasar por encima. El embeleso de lo actual convertido en incierto; recrearnos en la lectura pura sin tiempo ni contratiempo argumental que despiste.

Juan Manuel de Prada tiene un libro recopilatorio reciente que me he leído y me ha gustado bastante que se titula “Tipos raros como yo” en su primera parte (la mejor porque luego decae mucho)  repasa escritores bohemios de principio de siglo en Madrid. La vida secreta de Roberto Bolaño es también un poco eso: tipos raros como él, como Montero Glez y otros como los que no quiere ser. Autores inventados, mejor dicho, autores reales invitados a formar parte de los cuentos que se relatan en una noche de borrachera larga con viento de poniente. Qué más da lo cierto o lo incierto si está tan bien contado. Metaliteratura en carne viva. Borroughs, Kerouac, Vila Matas o el empalagoso de Bolaño como protagonistas. Suprimir fronteras, abreviar el estrecho entre autores y personajes, como si entre Tanger y Tarifa no hubiera mar.

Montero Glez escribe un libro de literatura a través de cinco relatos, todos distintos todos enlazados, con el amor a la escritura y a la lectura como punto de encuentro. La vida de autores, pintores, cantantes de madrugada en el Madrid de los noventa. Montero disimula poco entre los que le caen mal y los que le caen bien. Marías, Bolaño, Vila Matas son de otro equipo; incluso Cercas y Reverte (Marsé es del suyo, claro, como lo es del mío). No penséis en agresiones, pensad en digresiones malvadas al hilo del cuento. “A Bolaño le faltaba el calambre de la metáfora”; “Marías escribía mucho para no contar algo”… ¿adivinad quien dice que es el hijo bastardo de Hemingway? Me parto. No es obligatorio coincidir con don Roberto para leer este libro con entusiasmo, hacedme caso. A mi Fiesta, por ejemplo, me encanta y a él parece que no.

A este libro se puede llegar por dos caminos: teniendo una base de cultura literaria, artística e incluso política ochentera bestial, que no es mi caso; o como he hecho yo, para qué engañaros, tras hacer una lectura inicial sin paradas, acometer una segunda lectura Wikipedia en mano. Montero Glez nunca escribe sin porqué, nunca inventa sin vivencia, otra cosa es que luego se recree en la tendencia hacia sus lugares comunes: el Madrid post transición, tan lejos de los reyes del pollo frito y tan cerca de los ceesepes, Garcia Alix, Ouka Leele y demás “tipos raros” que ya conocimos en “La imagen secreta”; en fin, la cara B de la movida promovida por el ayuntamiento; la cultura en los márgenes que no es lo mismo que la cultura marginal. Decía que regresa a sus lugares comunes en el sur del sur. “La vida secreta de Roberto Bolaño” nos miente desde el primer momento; bueno antes, porque nos miente desde el título y nos reencuentra con viejos conocidos sureños como el cuentista Luisardo en Cuando la noche obliga convertido en Chukri esta vez en Tanger en lugar de en Tarifa.

Es un libro iconoclasta, contra todo autor convertido en mito a fuerza de babelizarlo. Es un libro de libros que al mismo tiempo se separa de esos autores que hacen de su vida un libro o lo que es peor de sus novelas manuales ficticios de literatura. Hay libros que nacen minoritarios y este es uno de ellos. Nos dice Montero que “nunca quise ser escritor, tan solo quise escribir”. De eso va este libro de la pasión por escribir sin la etiqueta sobrevalorada de ser escritor. Un poco lo que os contaba en este post de hace años.

jueves, 29 de febrero de 2024

Añorar la rutina fria de otros febreros

Los inviernos ya no tienen febreros

se hacen bisiestos,

como si  una enfermedad sin nombre

atenazara los años.

Cuesta respirar y las toses congestionan

los autobuses urbanos

mientras las personas bajan sus cabezas sumisas

a las aspas del guasap.

Cada mañana se parece a la anterior

en una rutina perezosa y cómoda

y es que,

conforme avanzan los años 

se aprecia más el valor de lo mismo

y la añoranza de los días iguales. 





jueves, 22 de febrero de 2024

Josep Pla y Victor Erice o el elogio de la lentitud.

La descripción de la lentitud solo está reservada a los genios, a quienes saben utilizar palabras e imágenes con pincel fino, a quienes no necesitan de lo trepidante para tenerte absorto en la página o la secuencia. Me he terminado el primer año 1918 del Cuaderno gris de Josep Pla (Traducido por Ridruejo y su esposa Gloria de Ros). Y casi sin querer y a un tiempo me he visto Cerrar los Ojos de Victor Erice.

Erice es un maestro de la luz y la lentitud, que no siempre coincide aunque también con el primer plano. Cada mueble, cada doblez de un paño, cada reflejo en una cara, cada cosa que aparece en la imagen está pensada y repensada para construir un cuadro. Me ha recordado al primer Sorrentino a aquel de Las consecuencias del Amor y también al posterior, al de los Papas (especialmente el de Malkovich) donde la belleza sobrepasaba el argumento. 

 

Josep Pla se encandila en los colores y los olores, en los vientos que soplan y en los recuerdos que vuelven, un diario que se inicia con el cierre de la universidad por la pandemia (de gripe del 18) y que se va demorando durante un año contando la vida de sus amigos, de su familia; reflexionando sobre lo días frios e impares de un febrero cualquiera en su Ampurdán vivido como un libro. Y sobre todo sabiendo a sus veinte años que escribir es lo que va a hacer toda su vida, nada menos.

Y a la delicia de Pla, hay que sumarle la traducción de casi 900 páginas de Ridruejo buscando y encontrando el adjetivo perfecto en español que encaja en el puzzle de cada frase, el verbo que te lleva en brazos, la descripción que acuna dulce y lenta de fondo. Dice Jose Luis Garci, otro maestro de la lentitud, que El Cuaderno gris es uno de sus libros favoritos, no me extraña. Es como esos cuadros en los que se puede acariciar el olor a leña, la bruma de mañana, el viento tibio del atardecer rojizo frente al Mediterraneo.


Erice pinta un lienzo, lo hace equilibrado, ordenado aunque sea del desorden. Que belleza la primera imagen abriendo las ventanas y luego cuando nada más se necesita aparecen los personajes y los diálogos pausados y las caras que todo lo reflejan. Que maravilla el reencuestro de Manolo Solo con Soledad Vilamil ( El secreto de sus ojos) todo lo que se dice y lo que no en ese espacio a medio iluminar lleno de recuerdos y explicaciones pendientes. Qué maravilla la aparición de Coronado, esa proyección final en el Cinema Paradiso queriendo recordar, digo olvidar, tantas vidas que han quedado por el camino.

Y es que al final el momento que evoca prevalece sobre el relato explícito. Y la elipsis forma parte presente entre lo que se muestra. Los años que no se ven se recrean en el espectador y el lector como si los hubieran contado. Y al final cada página, cada encuadre es una obra maestra.

(Me tengo que ir pero seguiré contando)



martes, 6 de febrero de 2024

No te veré morir. Muñoz Molina. Opinión y crítica

 

No te veré morir de Muñoz Molina tiene la extraña cualidad de que la mitad del libro se te hace largo porque te explica todo tan ralentizando que llegas a la desesperación y la otra mitad se te hace corta porque quedan tantas cosas colgando que te parece increíble que solo te queden ocho o diez páginas para terminar.

El libro empieza con una sola frase de setenta y tres páginas, como lo oís, con una sola frase que se va en religando página tras página (ríete de Marías) y a la que disculpen mi tontuna no le encuentro la mínima utilidad más allá de pasar al campeonato mundial de frases largas.

Muñoz Molina siempre escribe bien, pero no siempre escribe entretenido y esta es una de esas ocasiones en las que la diversión no concurre. A mí me gustan mucho El jinete polaco y Plenilunio y muchísimo Los misterios de Madrid que siempre los sabios del babelia la relegan a libro de segunda cuando es un librito entretenidísimo y excelente. Sin embargo, El invierno en Lisboa se me hizo bola como se me ha hecho ésta, no es que esté mal escrito, es que no es entretenido, sin más.

Y no es que el libro no toque asuntos para darle a la mollera. Muñoz Molina tiene un especial arte para tratar con mimo y profundidad los temas que toca (leed Todo lo que era sólido).  Me imagino que cuando se llega a los setenta que tiene el protagonista (incluso cuando estas en los 50), va de sí reflexionar sobre todas las vidas que te has dejado por el camino voluntariamente o no. La vida que te haces y la vida que te hacen o te han hecho. Una vida que se vive como si alguien la hubiera preparado para ti y no hubieras tenido valor para cambiarla. La vida que se elige a fuerza de renuncias. Y un día te vas de Madrid y de repente han pasado cuarenta y siete años y has triunfado en lo laboral y en lo familiar pero en lo personal convives con tus añoranzas inconclusas para siempre. Esta novela podríamos decir, en plan intenso, que es la novela de la elipsis. Unos zagales que a los veintitantos están enchochaditos, pero que él se va a los eeuu y pasan cuarenta y tantos hasta que se reencuentran.

Muñoz Molina nos presenta un libro de apariciones y desapariciones sorpresivas. Cuando se cree que el padre no va a aparecer más, resulta que aparece tras la guerra y sin embargo ese “hasta pronto, enseguida volveré”, se convierte en un hasta siempre sin terminar de explicar el porqué. Y el que espera desespera, como el narrador del segundo capítulo que cae en la desidia vital. Y la convivencia necesaria con los recuerdos, a veces, es el signo de cobardía de los que no se han atrevido a revivirlos para repararlos.

Las voces del narrador se aparentan tramposas en no te veré morir, a medias testigo, a medias omniscente. Unas veces desde la primera persona y otras en contrapunto a través de la narración que de mí hace una persona que me conoció (Coetzee hacía algo así en Verano). Y lo más chocante a mi modo de ver, cuando te das cuenta de que la manera de recordar a veces se convierte en una manera mentirosa de reconstruir el pasado. No os creáis del todo al narrador, por muy ilustre y confiable que resulte, porque a veces, solo repintando la memoria se hace ésta soportable. Y muchas veces, las más de las veces, las cosas no tienen más explicación que la escusa de no haberlo hecho y repensar es rayarse la cabeza sobre todo cuando difícilmente hay una vuelta atrás.

Hay más temas como la contraposición entre el Madrid sesentero y los eeuu soñados de entonces. El coñazo de la vida académica y universitaria, la vacuidad de la filantropía a gran escala y el aburrimiento de los salones de té en casa del señor embajador.

En fin un libro que como esos exámenes de séptimo de EGB el profesor te ponía un seis y luego te decía no es que no te merecieras un notable pero tu puedes hacerlo mejor.