martes, 26 de marzo de 2024

Reflexión en el primer día tras la tormenta.

 Nunca se deja nada del todo. Los cambios llevan en la mochila el tesoro de la experiencia. Somos lo que somos porque hemos sido. 

Estas últimas semanas he convivido con excelentes técnicas y técnicos de treinta y tantos en los que me he visto reflejado a mi mismo hace veinte años hoy que doblo cansino el folio de la cincuentena.

Y me pregunto, si no seremos nosotros ahora esa generación tapón a la que acusábamos de inmovilista, burócrata y aprovechada. 

Igual no hace falta irse, pero sí echarse a un lado. Que tomen las riendas ellos, que nos saquen los colores por tanta política y actuación de pladur en estos tiempos de corchopan y letras copóreas que acaban en la basura.

Animemoslés a que si les hacemos falta, se sientan cómodos pidiendo nuestro criterio, sin miedo a que les reprochemos sus opiniones.

Nunca se deja nada del todo. Pero no podemos seguir siendo los viejos gordos que se conocen, se odian pero no se matan, dejando que treintañeros se quemen en el campo de batalla.

No sé, pero ultimamente tengo una necedidad de tomar pausa y aliento, no para pararme, todo lo contrario, sino para contribuir a empujar y poner en contacto a tanta gente joven que sumada multiplica.

Que tentación de poner estos pensamientos en el linkedin con corbata y a cara descubierta y no en el trastero de jack malloy con la cara de mr floppy en el blog



miércoles, 20 de marzo de 2024

Ochenta dias de verano

 

Aquellos días de verano, 

sin prisa, 

sin nada que hacer. 

Con el tiempo que pasaba lento,

sin dañar, 

construyendo futuros recuerdos.

Así era, exactamente así

el espacio donde yo vivía ochenta días al año

veinte años

y me siguen durando la vida entera.


domingo, 10 de marzo de 2024

Montero Glez "La vida secreta de Roberto Bolaño" Opinión y crítica

 

Los libros de Montero Glez como los buenos polvos piden volver a empezar en un segundo intento nada más acabar. Un segundo intento sin premura y sin ni siquiera tener la certeza de poder terminar, ¿para que vamos a ir con fantasmadas? Recrearse en el placer sin prisa y sin objetivo, detenerse en los detalles que la pasión inicial nos hizo pasar por encima. El embeleso de lo actual convertido en incierto; recrearnos en la lectura pura sin tiempo ni contratiempo argumental que despiste.

Juan Manuel de Prada tiene un libro recopilatorio reciente que me he leído y me ha gustado bastante que se titula “Tipos raros como yo” en su primera parte (la mejor porque luego decae mucho)  repasa escritores bohemios de principio de siglo en Madrid. La vida secreta de Roberto Bolaño es también un poco eso: tipos raros como él, como Montero Glez y otros como los que no quiere ser. Autores inventados, mejor dicho, autores reales invitados a formar parte de los cuentos que se relatan en una noche de borrachera larga con viento de poniente. Qué más da lo cierto o lo incierto si está tan bien contado. Metaliteratura en carne viva. Borroughs, Kerouac, Vila Matas o el empalagoso de Bolaño como protagonistas. Suprimir fronteras, abreviar el estrecho entre autores y personajes, como si entre Tanger y Tarifa no hubiera mar.

Montero Glez escribe un libro de literatura a través de cinco relatos, todos distintos todos enlazados, con el amor a la escritura y a la lectura como punto de encuentro. La vida de autores, pintores, cantantes de madrugada en el Madrid de los noventa. Montero disimula poco entre los que le caen mal y los que le caen bien. Marías, Bolaño, Vila Matas son de otro equipo; incluso Cercas y Reverte (Marsé es del suyo, claro, como lo es del mío). No penséis en agresiones, pensad en digresiones malvadas al hilo del cuento. “A Bolaño le faltaba el calambre de la metáfora”; “Marías escribía mucho para no contar algo”… ¿adivinad quien dice que es el hijo bastardo de Hemingway? Me parto. No es obligatorio coincidir con don Roberto para leer este libro con entusiasmo, hacedme caso. A mi Fiesta, por ejemplo, me encanta y a él parece que no.

A este libro se puede llegar por dos caminos: teniendo una base de cultura literaria, artística e incluso política ochentera bestial, que no es mi caso; o como he hecho yo, para qué engañaros, tras hacer una lectura inicial sin paradas, acometer una segunda lectura Wikipedia en mano. Montero Glez nunca escribe sin porqué, nunca inventa sin vivencia, otra cosa es que luego se recree en la tendencia hacia sus lugares comunes: el Madrid post transición, tan lejos de los reyes del pollo frito y tan cerca de los ceesepes, Garcia Alix, Ouka Leele y demás “tipos raros” que ya conocimos en “La imagen secreta”; en fin, la cara B de la movida promovida por el ayuntamiento; la cultura en los márgenes que no es lo mismo que la cultura marginal. Decía que regresa a sus lugares comunes en el sur del sur. “La vida secreta de Roberto Bolaño” nos miente desde el primer momento; bueno antes, porque nos miente desde el título y nos reencuentra con viejos conocidos sureños como el cuentista Luisardo en Cuando la noche obliga convertido en Chukri esta vez en Tanger en lugar de en Tarifa.

Es un libro iconoclasta, contra todo autor convertido en mito a fuerza de babelizarlo. Es un libro de libros que al mismo tiempo se separa de esos autores que hacen de su vida un libro o lo que es peor de sus novelas manuales ficticios de literatura. Hay libros que nacen minoritarios y este es uno de ellos. Nos dice Montero que “nunca quise ser escritor, tan solo quise escribir”. De eso va este libro de la pasión por escribir sin la etiqueta sobrevalorada de ser escritor. Un poco lo que os contaba en este post de hace años.

jueves, 29 de febrero de 2024

Añorar la rutina fria de otros febreros

Los inviernos ya no tienen febreros

se hacen bisiestos,

como si  una enfermedad sin nombre

atenazara los años.

Cuesta respirar y las toses congestionan

los autobuses urbanos

mientras las personas bajan sus cabezas sumisas

a las aspas del guasap.

Cada mañana se parece a la anterior

en una rutina perezosa y cómoda

y es que,

conforme avanzan los años 

se aprecia más el valor de lo mismo

y la añoranza de los días iguales. 





jueves, 22 de febrero de 2024

Josep Pla y Victor Erice o el elogio de la lentitud.

La descripción de la lentitud solo está reservada a los genios, a quienes saben utilizar palabras e imágenes con pincel fino, a quienes no necesitan de lo trepidante para tenerte absorto en la página o la secuencia. Me he terminado el primer año 1918 del Cuaderno gris de Josep Pla (Traducido por Ridruejo y su esposa Gloria de Ros). Y casi sin querer y a un tiempo me he visto Cerrar los Ojos de Victor Erice.

Erice es un maestro de la luz y la lentitud, que no siempre coincide aunque también con el primer plano. Cada mueble, cada doblez de un paño, cada reflejo en una cara, cada cosa que aparece en la imagen está pensada y repensada para construir un cuadro. Me ha recordado al primer Sorrentino a aquel de Las consecuencias del Amor y también al posterior, al de los Papas (especialmente el de Malkovich) donde la belleza sobrepasaba el argumento. 

 

Josep Pla se encandila en los colores y los olores, en los vientos que soplan y en los recuerdos que vuelven, un diario que se inicia con el cierre de la universidad por la pandemia (de gripe del 18) y que se va demorando durante un año contando la vida de sus amigos, de su familia; reflexionando sobre lo días frios e impares de un febrero cualquiera en su Ampurdán vivido como un libro. Y sobre todo sabiendo a sus veinte años que escribir es lo que va a hacer toda su vida, nada menos.

Y a la delicia de Pla, hay que sumarle la traducción de casi 900 páginas de Ridruejo buscando y encontrando el adjetivo perfecto en español que encaja en el puzzle de cada frase, el verbo que te lleva en brazos, la descripción que acuna dulce y lenta de fondo. Dice Jose Luis Garci, otro maestro de la lentitud, que El Cuaderno gris es uno de sus libros favoritos, no me extraña. Es como esos cuadros en los que se puede acariciar el olor a leña, la bruma de mañana, el viento tibio del atardecer rojizo frente al Mediterraneo.


Erice pinta un lienzo, lo hace equilibrado, ordenado aunque sea del desorden. Que belleza la primera imagen abriendo las ventanas y luego cuando nada más se necesita aparecen los personajes y los diálogos pausados y las caras que todo lo reflejan. Que maravilla el reencuestro de Manolo Solo con Soledad Vilamil ( El secreto de sus ojos) todo lo que se dice y lo que no en ese espacio a medio iluminar lleno de recuerdos y explicaciones pendientes. Qué maravilla la aparición de Coronado, esa proyección final en el Cinema Paradiso queriendo recordar, digo olvidar, tantas vidas que han quedado por el camino.

Y es que al final el momento que evoca prevalece sobre el relato explícito. Y la elipsis forma parte presente entre lo que se muestra. Los años que no se ven se recrean en el espectador y el lector como si los hubieran contado. Y al final cada página, cada encuadre es una obra maestra.

(Me tengo que ir pero seguiré contando)