miércoles, 7 de septiembre de 2022

Juan Diego Botto Una noche sin luna. En defensa del teatro y la discrepancia.

 

Mira querido lector, me la suda, si tú, como yo, estás en contra de los subvencionados de la ceja dando lecciones de honradez, del podemismo de “verdad única” disfrazada de memoria ahistórica; de la superioridad moral de la izquierda; de aquellos que confunden ser buenos interpretes con pertenecer a la cultura, de que nos metan los huesitos de Lorca hasta en la sopa; de errores y amnesias voluntarias y torticeras sobre la segunda república. Repito me la suda si apagas la tele solo con ver a los bardem, almodovar y similares con sus lecciones morales en twitter o la sexta… pero serás un idiota de tomo y lomo, el más idiota del mundo, creo yo, si por esos prejuicios, no vas a ver y disfrutar de Una noche sin luna de Juan Diego Botto, una de las más sensacionales, estupendas, brillantes, emotivas y grandes obras de teatro y actuación que haya visto jamás en mi medio siglo de vida.

En eso consiste Una noche sin luna. En reivindicar que se alce el telón, aunque discrepes absolutamente de la moral (ina) que la obra transmite y del dramaturgo que la crea. El telón tiene que subir siempre como acto de libertad, compromiso e irreverencia en el tiempo que sea. Qué otra forma hay para echar discursos a quien no quiere escucharlos, que otra forma de decir e implicar a las minorías a viva voz.

Y es que no siempre ha sido así en nuestro país, ni siquiera lo es ahora, cuando puedes llamar capullo al rey pero no discrepar del discurso piji oficial en sus chabacanas interpretaciones históricas de la segunda república, su ecologismo de salón o sus peregrinas teorías sobre educación cooperativa pseudoigualitaria. El derecho a que el titiritero te cruce la cara es un derecho irrenunciable (creas que tiene razón o no) y termómetro democrático que conlleva de contrario, claro, que también se la puedan cruzar a él sin que seas tildado de facha.

Tanto Sergio Peris-Mencheta (director) como Juan Diego Botto (Autor y actor) ya demostraron que juntos son unos genios con Un trozo invisible de otro mundo obra sencillamente maravillosa que pudimos ver a esta orilla del Ebro hace años; lo de ayer con Una noche sin luna fue todavía mejor, si cabe. Una actuación magistral en una obra ya de por sí magistral. Si somos sinceros por muy gafapasta que seamos ver a Lorca tira para atrás. (Incluso adaptaciones geniales como La novia a ratos se intensa) pero esta no es una obra de Lorca sino sobre Lorca y sobre todo sobre el teatro y vida de Lorca y por encima de todo ello sobre el teatro en general y su defensa en estos tiempos de imagen efímera siliconada. Y sobre todo de libertad.

Juan Diego Botto juega solo, en un reto cara a cara con el público, con una obra milimetrada en su aparente espontaneidad. Que genialidad los minutos iniciales en los que pasa sin solución de continuidad de botto a lorca, ver como se va amanerando como cambia el ahora por el entonces, como sube de la platea al escenario, como modula la voz hasta hacerse otra cosa, cada gesto, cada mirada. Y una hora después lo mismo, pero en inverso con la misma brillantez.

Una puesta en escena aparentemente sin nada, pero con todo. Llena de simbolismo en cada elemento que aparece y desaparece, cada tabla que se retira, cada objeto que surge desde lo profundo como la realidad de las cosas, como las verdades que se desentierran al cabo de los años. La iluminación y el sonido sincronizados de manera perfecta con la emoción de cada momento, con cada silencio, con cada paso esquivando pozas y cunetas. Metaliteratura y poesía en carne viva teñida de actualidad e historia. Metateatro, que habla del teatro

En muchos momentos me recordó al Brujo, en su excelente obra Dos tablas y una pasión de la que ya hablamos aquí, pero esta obra tiene más peso, más hilo, todo más atado, no como subyugado sino como más repensado, argumentado. Aquí nada es improvisado ni hay hilván suelto, todo está cosido, armado, previsto encajado a la perfección detallista del ensayo mil veces repetido.

Lorca, juan diego, nos cuenta porqué lo mataron en el 36, por qué le censuraron sus obras, porque le llamaban maricón y señorito cuando él quería ser obrero del campo. El mono de curro tendido, las botas desenterradas, su amaneramiento remarcado para subrayar lo que reclama y declama en la libertad de ser suave porque le da la gana serlo, escribir poesía, dar discursos. Granada, el ruralismo mal entendido, el españolismo de bandera pero no de corazón, la hipocresía con alzacuellos, el derecho a besar a quien te plazca. La libertad en tiempos de entreguerras y fanatismos.

Reta a los espectadores a implicarse a aplaudirle, casi a afiliarse a sus ideologías cuando sube al cajón y arenga. Y sin que nadie se dé cuenta nos da el cambiazo para dejar de ser Lorca y vuelve a ser Juandiego y hablar de hoy, de sus ideas del siglo xxi y hasta nos convence que es justo que los actores y directores de su chupipandi guarden sus ahorros en un offshore en Bahamas. Qué grande, que brillante. En varios momentos he tenido esa sensación de emoción de saber que estaba viendo una interpretación sublime como pocas.

El teatro es la palabra a quemarropa, el tiempo de escena sin red. ¿Qué pensaría usted si los que mandan no le dejaran ver esta maravillosa obra? ¿Hasta dónde llegaría su pasividad de feliz espectador ante la injusticia? La obra se cierra como se empieza, cuestionando, provocando, cogiendo de la pechera al espectador para que no olvide lo frágiles que son sus derechos.

El teatro es más teatro cuando se posiciona, el teatro en toda su razón de ser, agitando conciencias, facilitando discrepancias, ha habido un imbecil entre el público que se ha levantado insultando al actor por militante; bueno, igual era un actor también o igual juandiego desdoblado. No me extrañaría que mañana fuera al juzgado o escribiera una carta al director como grupo de ofendidos.

No dejéis que nadie baje el telón, defended las buenas obras con las que discrepáis, y aplaudid como esta noche hemos hecho los zaragozanos durante casi quince minutos a Juan Diego Botto y su obra Una noche sin luna.

Gracias al Teatro de las esquinas que hace de mi pueblo un lugar más teatral o sea un lugar más libre.

viernes, 2 de septiembre de 2022

LOS DETECTIVES SALVAJES Roberto Bolaño. Opinión y crítica. Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto.

 

Recuerdos, solo somos recuerdos que se evaporan cuando nos olvidan. Cada uno tiene derecho a construirse su pasado, a rehacer su historia intranscendente para convertirla en épica y en creerse protagonista de hechos memorables cuando no son sino anécdotas triviales de juventud, esa etapa borracha de sueños a flor de piel, ganas de follar y ansias de transcendencia.

Y es que cuando no seamos nada solo seremos, y quizá no por mucho tiempo, lo que cuenten los demás que fuimos y no quedará de nosotros sino un apellido confundido en una lápida de Sonora, un libro perdido en la mudanza, el relato de un arquitecto loco en una casa de orates, o el personaje desconocido de una foto en una guerra tribal en Liberia. O sea, nada. Y de esto (y de otras muchas cosas, pero sobre todo de esto) van Los detectives salvajes de Bolaño.

El argumento es sencillo: una relación de recortes y recuerdos de distintos personajes los unos sobre los otros y que todos en conjunto dibujan un cuadro más abstracto que figurativo de lo que fue un presunto movimiento literario de los setenta en Mexico llamado realismo visceral. Las cosas como son: con este argumento, hay que echarle muchas, pero que muchas ganas para engullirse 600 páginas con párrafos de hoja y media y veinte nombres por página de gentes que aparecen y desaparecen sin saber cómo ni por qué.

Y entramos en esa pseudo religión llamada bolañismo en el que el chileno es dios y Vila-Matas su profeta y que hace que uno vague por sus libros creyéndose gilipollas por no terminar de verle toda la gracia a tanta borrachera de frases e intensidad literaria. Historias y relatos amontonados, despedazados, tortilla deconstruida que el lector va montando a su antojo para pillarle el gusto, como los informes de las maquiladoras asesinadas en 2666. Literatura mucha literatura hablando de sí misma, onanismo intelectual, gente viviendo del cuento (bueno de la poesía) en países lejanos y polvetes por aquí y por allá de todos con todos. Bueno, es cierto, también hay reflexiones buenas, pero en este como en 2666 todo parece un exceso en el que la torrentera de palabras impide el baño tranquilo.

Entre los cuarenta o cincuenta personajes hay cuatro que parece que se repiten más: García Madero, Ulises Lima, Arturo Belano y una poetisa desaparecida a la que idolatran estos zagales llamada Cesarea Tinajero. A mitad de libro me enteré, no sé dónde, que Arturo Belano era más o menos el propio Bolaño y que el rarito de Ulises Lima era un, dicen que, poeta mexicano al que no leía ni su prima. Me enteré de que toda la peña de los realistas viscerales son una cuadrilla de poetillas mexicanos con ínfulas iconoclastas que se daban importancia llamándose infrarrealistas en la vida real (o pseudo real) y que odiaban a Octavio paz (sic) con la misma intensidad que idolatraban a poetisas desconocidas.

Mira por dónde, cuando supe que era una especie de medio biografía ilustrada de los juveniles amiguetes de Bolaño me empezó a gustar más. Y es que el chileno no sé por qué me cae simpático y empecé a ver que detrás del onanismo mental que abarrota el libro, existe también una carga de ironía, autocrítica y cachondeo sobre estos presuntos revolucionarios de la poesía que querían mover el mundo y quedaron en nada, como tantas banderas rotas olvidadas en los altillos.

El que yo no sea devoto, ni mucho menos, del bolañismo no lleva a que no le reconozca cierto mérito a la cosa. Es un poco como el profe que dice: joder, con lo que se lo ha currado este chaval que me ha metido una chapa de 600 páginas no voy a suspenderlo ahora, pero el libro no fluye. Como puse en el blog de la Dtra Di hace años “con Bolaño hay que estar todo el rato empujando la lectura porque por sí sola no corre” y entonces es complicado pillarle el ritmo y conseguir acabarlo se convierte más en un empeño que en un disfrute.

Ya sé que el libro hay que leerlo disfrutando de las distintas voces sin buscar la linealidad, igual que en 2666 eran las distintas voces de la violencia aquí lo es de la literatura como vida, tan importante para los protagonistas en su día y tan trivial cuando nada queda. Me ha gustado mucho esa manera final de matar a los mitos tanto el encuentro con Octavio Paz como el encuentro con Tinajero, donde los odiados y los amados adquieren forma humana cuando están cerca y pierden toda la intensidad de amor y odio para hacerse cotidianos y mortales.

Y sobre todo el olvido en donde nadie recuerda del todo, pero nadie olvida del todo y donde nadie es albacea exclusivo de los recuerdos de los demás, ni puede imponer como se les recuerda a los demás. Qué ironía cuando al fallecimiento de Bolaño (esto en la realidad) su viuda y madre de sus hijos emprende batallas judiciales contra todos los que recuerdan y ponen por escrito que Bolaño tuvo otra pareja los últimos años de su vida. Se querella contra críticos, contra editoriales que dan carta de validez a la existencia de esa pareja (no es la típica pelea por derechos económicos que nadie discute), más bien la ironía final que contradice los detectives salvajes en la que alguien quiere hacerse con el monopolio del recuerdo colectivo, con la “memoria histórica única”, en lugar de con un calidoscopio de visiones. Y es que eso que ahora se llama “memoria histórica oficial” está llamada al fracaso porque la vida y la historia no deja de ser como en los detectives salvajes una acumulación de relatos inconexos de unos y otros y la verdad oficial solo la defienden los dictadores y los idiotas.

Le recomiendo este libro a los que les gustó 2666 y a los lectores de Vila-Matas al resto de mortales que quieran conocer a Bolaño mejor que empiecen por “Estrella Distante”.

jueves, 11 de agosto de 2022

Montero Glez, Carne de sirena Opinión y crítica.

 

Cuando allá por abril Montero Glez me contestó en un twitter que acababa de descubrir a Ray Pollock, no me lo podía creer, pero tras leer Carne de Sirena estoy seguro de que era broma y que ese desconocimiento era una vacilada del maestro Montero. ¿Cómo no va a conocer Knockemstiff si es el lugar donde se desarrolla Carne de Sirena?

Dejaos de homeros y sirenitas, dejaros de itacas y de carontes, fariñas y planeadoras, olvidaros de Ismael intimando con Queequeg en la posada de Nantucket… Carne de Sirena se desarrolla en Knockemstiff, ese pueblo infernal en la hondonada, en las hondonadas de muchas existencias. 



Montero habla en Carne de sirena de la muerte y de la vida o más bien de esa línea indeterminada que separa la vida y la muerte. Los 21 gramos de mi adorado Iñarritu. La vida como se vive en determinados infiernos cercanos a nosotros, tan similares a la muerte. La infancia como ese lugar oscuro para los protagonistas que explica lo tenebroso de sus biografías y de la levedad de su muerte como una intranscendencia más dentro de ellas. La propia vida como una tragedia con cartas marcadas que te llevan a tener la partida ya perdida al poco de empezar. Como esos personajes que no pueden marcharse del pueblo de Ray Pollock donde vivir es una cuenta atrás hacia la muerte entre el asco y la crudeza. En ocasiones veo muertos que le decían a Bruce.

Montero Glez es un genio. Ya no se puede hablar de un autor nuevo que te sorprende, mucho menos de esa memez de “autor de culto”, aquí hay que venir ya leído, follado y confesado; porque si vienes de ursulina virginal pueden empalarte a la segunda frase y no es cuestión. A Montero glez no se puede ir como seminarista a burdel aquí se viene con los condones compraos. Podrás encontrarte con lo mejor o con algún gatillazo que también lo hay en su itinerario; pero ya no se viene a mirar, se viene a disfrutar de uno de los grandes.

La historia se cuenta en cuatro frases como las grandes historias: Marinero curtido que se ve en medio de un ajuste entre traficantes, bueno entre subalternos de traficantes (esta es una novela de secundarios) y una posada donde se van contando a modo de cuentos las vidas de todos que se unen y se separan en un solo día. Y entre medio el gran Montero Glez en toda su plenitud.

Lo de siempre en Montero. El arte de contar cuentos con unas frases de orfebre que suenan naturales en su brutalidad. El Luisardo de cuando la noche obliga, aunque aquí no haya relente suave que endulce la noche del sur.  Aquí solo hay frio amortajado con aguardiente ilegal gallego, humedad y olor a pescado pasado.

En las novelas de montero glez, también en esta, la gente folla a lo bestia, que no significa mucho, aunque también, sino en el sentido del sexo animal, desgarrado, buscando más fuerte y más adentro. El sexo entendido como una lucha de clases, la revancha ante la injusticia de la vida, el sexo como la venganza libertaria de los oprimidos. Más bien de las oprimidas. Una forma de respirar en las vidas claustrofóbicas de personajes del submundo propio de Montero.

Cada uno lee las novelas como le da la gana y en el orden que le da la gana. Los libros de don Roberto yo los leo mientras los releo; doy un paso adelante y vuelvo cuatro atrás, porque cada paso hacia delante da explicación a dos capítulos anteriores y tres por venir. Y releo otra vez cada capitulo como un cuento suelto, como si en lugar de una novela fuera un libro de relatos que se dieran sentido los unos a los otros. No es justo decir que no hay linealidad, la hay, pero como en la vida la historia va perdiéndose mientras busca atajos en sus renglones torcidos que nos llevan a lugares inexplicables donde lo oscuro se mezcla con la realidad. Vamos caminando por una ciudad en línea recta por una de sus avenidas, nos despistamos y de repente nos vemos en el barrio perdido con bidones encendidos, miradas amenazantes y grupos de jóvenes desarrapados que nos acojonan. Intentamos volver a la avenida principal pero cada vez estamos más dentro de la zona prohibida. De repente aparecemos sin saber como en nuestro destino, pero joder que mal lo hemos pasado. Esa es la linealidad a la que nos invita Montero.

¿Es como he leído por ahí, un libro solo para sus seguidores? Sí, es un libro para sus seguidores, pero no sé si para todos sus seguidores. Para que nos entendemos aquellos que somos fieles de la prelatura personal de Montero Glez: en mi propia clasificación sus libros los divido en dos grupos: Sus libros de historias: Pólvora negra, sed de champan, el carmin y la sangre, talco y bronce, pistola y cuchillo y sus libros de sueños (y pesadillas): Cuando la noche obliga, Huella jonda del héroe, Manteca colorá. Esta Carne de sirena estaría en los segundos. No es que unos sean mejores que los otros hay obras maestras en ambos grupos es por ubicar.

Si no conocéis a Montero Glez empezad por Pólvora Negra y Sed de Champan y cuando ya estéis atrapados dejaos llevar por maravillas como Carne de Sirena, Cuando la noche obliga o La Huella jonda. 

Pues eso, un excelente libro que me ha costado un montón leerlo de tanto releerlo.

 PS-. La nuera de la consuelo: "menos mal que ya lo has acabado, estaba hasta las narices de ver la cara del feo ese de la portada encima de la mesilla. Escribe tus chorradas en el blog y guárdalo donde no lo vea más."

lunes, 1 de agosto de 2022

LA HIJA DEL ITALIANO Elena Laseca Opinión: UN LIBRO DE MUJERES, PERO NO SOLO PARA MUJERES.

Cuando uno hace una reseña de escritores que conoce casi siempre acaba en un aprieto. En este caso no. Digo sin sonrojo que tengo tres libros anteriores de Elena Laseca comprados y sin leer y que ninguno me ha enganchado como éste, se podría ver como demérito de los anteriores yo lo veo como gran mérito de este La hija del Italiano.

Para quienes acostumbramos a ensortijarnos en palabras y barroquismos la sencillez siempre es un valor que apreciamos sobremanera. Elena Laseca ha escrito un libro sin alardes que no es exactamente lo mismo a un libro sencillo. Ella no rebusca palabras, sino que juega con las que tiene y las hace frase normal y cotidiana para mandarnos el mensaje que quiere regalarnos. Recuerdo hace unos años que le envié como felicitación de navidad un microrrelato por guasap y que ella me contestó: “me ha gustado, pero demasiado rebuscadas las palabras” y ahora entiendo lo que quería decir y lo que es para ella escribir. 

“La hija del italiano”, con una edición impecable por parte de Imperium. (Me encanta la portada que tanto dice cuando acabas el libro) no es la primera novela de Elena, aunque estoy seguro de que será una novela de las destacadas en su itinerario.

Si conocéis a Elena, de indudable militancia feminista, es inevitable esquivar lo que presientes que serán sus tramas y sus temas, pero voy a discrepar de algunas reseñas y solapas si pretenden etiquetarla y prejuzgarla como escritora feminista. La hija del italiano es un libro con mujeres y de mujeres, pero no un libro para mujeres (o solo para mujeres). En otros rincones de este blog hemos discutido sobre la literatura llamada “feminista”, este sería un buen libro para abrir de nuevo el debate sobre ello. Las protagonistas son prioritariamente mujeres que en muchos casos hablan de problemas muy concretos de mujeres o desde un enfoque muy de mujer, pero eso no significa que los hombres no podamos meternos en los personajes y vivirlos en primera persona. Para lograr eso es necesario contar historias interesantes como ésta y no quedar solo en un manifiesto reivindicativo. Es cierto que a Elena se le ve el forro político (que por otra parte no disimula) y que algunas veces cae en el tópico: el padre malo es militar, los coles de monjas son el infierno y cosas así, pero tampoco chirrían en el argumento.

Vamos a imaginarnos finales de los sesenta y principios de  los setenta, vamos a imaginarnos un pueblo aragonés, vamos a imaginarnos un microcosmos de moral claustrofóbica y vamos a preguntarnos por qué una joven adelantada en el vestir, en el pensar y hasta en el nombre, Asmara, decide ir a vivir allí. Vamos a imaginarnos otra joven del pueblo, Isabel, dependienta de la tienda familiar donde vive con sus padres y su tía.

Elena Laseca se inicia con la atracción de la protagonista, Isabel, por ese personaje rompedor en el pueblo, Asmara, y al tiempo rechazado por la sociedad carca local. Y se centra en las dudas que siente Isabel en una sexualidad recién aprendida, los colegios de monjas, la vecindad cerrada, amores desaconsejados, el grandísimo personaje de la tía que hace de ventano por donde respirar en un ahogo familiar de una monotonía tediosa. ¿Qué hace que Asmara se interese por la familia tan tradicional de Isabel, qué hace que Isabel se interese tanto por Asmara?

Decía que la historia es a finales de los sesenta o principios de los setenta. En un momento determinado el libro se hace generacional setentero y en cierto modo muy actual: se meten las drogas recién descubiertas, el sexo descrito en abierto (qué difícil me parece siempre encajar las escenas de sexo en una narración y qué bien lo hace Elena), la salida del pueblo para ir a la ciudad y mujeres pidiendo la palabra en lo político, en lo personal y en lo social.

El libro cambia de ritmo a lo largo de su lectura: al principio suena a cuento alargado, descriptivo, demorándose en una historia interesante, bien escrita y descrita, de juventud rural y sin embargo conforme pasas las páginas se te va quedando corto y se va enredando y añoras que siga muchas páginas mas de las que tienes en la mano y te da rabia que termine siendo una novela corta. La trama se bifurca de manera emocionante tomando distintos caminos y opciones y termina enlazándose en las páginas finales donde todo encuentra su lógica y su razón de ser.

 En algún momento me ha venido a la cabeza el Magina de Muñoz Molina (El jinete polaco) y esa lucha entre irse o quedarse del pueblo, la sociedad cerrada de Moncada en Camino de sirga y la historia que se entremezcla con el presente en los pueblos de esas novelas y aquí también en la Hija del italiano. Es un libro de mujer en el medio rural, un libro que describe a personajes que buscan la puerta de salida, que conviven con sus pasados y que retan a sus futuros. Describe la Transición, pero una transición no solo en lo político sino también en lo personal de cada mujer a su manera. 

En resumen un buen libro (no sé si cuento largo o novela corta) que os recomiendo que os compréis y leáis.

lunes, 30 de mayo de 2022

Entre la desidia y la tozudez

Sostenía hace cinco minutos en el ricon de Speedy que la permanencia en los blogs es un bonito devenir entre la tozudería (pormisgüebosquenolodejo) y la desidia (chicotoestopaqué). Y es que ultimamente muchas de las cosas de las que vivo se columpian entre lo uno y lo otro. Uno va viendo la brevedad de lo cotidiano, lo efimero de lo importante y la trivialidad del titular impostado y te entran unas ganas tremendas de como Bartleby, negarte a todo con un "preferíría no hacerlo" y esconderte en un rincón a la espera de que escampe.

Me reprochaba, no sin falta de razón la Dtra Di, mi empeño absorvente en hacer un master que se me ha comido las horas del último semestre y que da tan solo migajas de satisfacción a mi ego avejentado. ¿De verdad te compensa? me pregunta también la nuera de la consuelo cuando me ve dedicarle mis escasas, humeantes y alcoholizadas neuronas al t de student y al chi cuadrado. Pues por mis güebos que sí. No voy a hacer solo las asignaturas que me resulten faciles. Si me he metido es para sacarlo todo. Y no se lo digais a nadie pero cuando al final me aprueban estas asignaturas (dios quiera) siento una extraña satisfacción de polvo cincuentón sin necesidad de pastillica azul (todavía).

Lo mismo en el trabajo... tras más de veinte años, de verdad son necesarias algunas cosas. Yo que soy especialista en aguantar tonterías, egos desmedidos, tontipijos venidos a más, yo que siempre he pensado que el agradecimeinto de mis usuarios compensa casi cualquier cosa... de un tiempo a esta parte miro con envidia a los prejubilados mentales y a los reyes del escaqueo a los que antes despreciaba. ¿no será mejor caer en la desidia laboral que retarte con empeños quijotescos que te desgastan sin contraprestación? mañana te da un jamacuco y a tomar pol culo. Le mandan tus pertenencias a tu viuda, poemas derogados a tus amantes y un mail informativo a tus enemigos por si quieren celebrarlo con una copa de champán y aquí paz y después gloria.

Fijate tú Domingo Villar, ahí estaba su último libro en mi mesilla desde hace un par de años sin leer. El otro día abro el periódico y veo que habia fallecido altobajo a mi edad, así de repente, y me dio una pena terrible, tanta pena que me he leido El último barco en tres dias (y son 700 páginas), no está mal pero me gustó más Ojos de agua, este es un poco como La playa de los ahogados publireportaje de Vigo pero un poco superficial. (Espero que si hacen pelicula del último barco sea mejor que la de los ahogados). No puedo evitar darle al magín con estas cosas, yo creo que si alguien tuviera pensado hacerme una putada, confiara en ello su empeño de los últimos meses y se muriera el día de antes a acuchillarme, aun así me daría pena. Entre el empeño y la desidia. Tanto pa qué.

Y qué hago ahora mismo desaguando mis insomnios a las tres de la mañana en un blog deshilado. Chico dejalo morir poco a poco y si eso escribes algo de tanto en tanto para espantar spams de curanderos y guarrillas rusas de instagram. Hablando de instagram, tengo una cuenta ideal en la que favoriteo solo cosas bonitas como paisajes montañosos o australianas de buen ver (puffffff Laura Dundovic y Natalie Roser), sin profundidad solo entretenimiento vacio. También frases en alemán de esas de calendario para refrescar un poco  mi alemán olvidado en la punta del pie.

Bueno, pues eso, que vamos dejando correr la semana y los meses sin escribir y esto se desalienta. En cuanto que viene algo a la cocotera hay que sentarse a la tecka que luego se diluye. Tenía un post medio escrito sobre los libros que me recomendó Esther de Ernesto Calabuig. El de Frágiles Humanos me ha encantado, el de la playa y el tiempo también pero menos. A medio camino entre el cincuentismo y los recuerdos ochenteros, hay historias como la de los abuelos que se sientan en el parque a ver la luna roja que es sensacional. se agradece la recomendación.

Estoy cansado muy cansado. Una extraña sensación de vulnerabilidad. Como si la menor mirada me hiciera mella, como si a su vez, yo mismo provocara oleajes con mis chapoteos irrelevantes. Llegan tiempos de mudanzas laborales y convivo con la incertidumbre de guardarlo todo para coser recuerdos o tirarlo todo a la basura para que quede tan solo el humo mortecino del ascua sin fuego. ¿Dar importancia a las cosas o trivializarlas ya para siempre?. Un sentimiento a medio camino entre la desidia de dejarse ir y la tozudez de tirar pa lante.